rente al origen de la actual crisis,
con epicentro en Wall Street, el escritor confesó ayer sentir cierto
"desgarro" entre sus principios liberales y la realidad. Hasta llegó a
afirmar que quizá sea necesario revisar algunos de los pilares de esta
doctrina económica, como aquel que sostiene que "cuanto menos Estado,
mejor para la sociedad". Así, consideró indispensable el intervencionismo
estatal -si bien lo deseó momentáneo- para salvar el sistema de la quiebra
y rescatar a los "náufragos". Aunque eso obligue a readaptar algunos
conceptos, porque, tal como subrayó, "un liberal jamás debería aceptar que
los pobres contribuyentes salven a las empresas codiciosas de su ruina".
Pero el escritor no ve otra solución y no entiende que algunos se
diviertan con lo que está pasando, porque si cae el capitalismo
-argumentó-, los primeros que sentirán los golpes serán los pobres, los
parados, los pensionistas... Es decir, los ajustes no sólo alcanzan al
parqué bursátil, sino que están en marcha en el mundo de las ideas
establecidas.
Lo que no tiene matices es su adhesión al controvertido Manifiesto
para la unidad de la lengua castellana, de cuyos firmantes es uno. "No
lo he escrito yo, pero creo en todo lo que dice de principio a fin",
señaló, además de alegrarse por que haya gente en Barcelona que salga a la
calle para defender el "principio constitucional" de que los padres puedan
elegir la lengua en la que se educa a sus hijos. En su opinión, aquí "la
lengua castellana está limitada, por no decir discriminada". Acto seguido,
eso sí, resaltó la gratitud y el cariño que siente por Cataluña y
Barcelona, ciudad en la que vivió unos años y que tiene un protagonismo
central en el éxito del boom de la literatura latinoamericana. "A
Barcelona le debo buena parte de lo que soy, a sus editores y críticos
literarios", remachó para que no quedaran dudas de su posicionamiento.
El autor de Conversación en La Catedral hizo estas
consideraciones en un encuentro con la prensa celebrado horas antes de la
conferencia que pronunció en Caixafòrum bajo el título Sueño y realidad
de América Latina. Con los periodistas ya desplegó algunas de las
armas con las que Vargas Llosa encandila al oyente: sobre todo su
elegancia, su dominio del lenguaje y su pasión narrativa. Esta última
provoca que cuando habla parezca que esté escribiendo un libro que te
atrapa al instante. Si el rol principal, como así sucedía, lo copa
Latinoamérica, el resultado no tiene desperdicio. Para el novelista, en el
imaginario occidental se encuentran dos Américas Latinas: la histórica, la
real, y la mítica, utópica, ficticia o legendaria que asoma ya con la
llegada de los europeos, porque Colón no vio delante de él un continente
desconocido, sino la soñada Asia. Dice Vargas Llosa que siempre le ha
producido un gran placer leer las crónicas de los primeros descubridores,
gente ruda y sin cultura que, sin embargo, dejó un importante testimonio
de su experiencia. Son los mismos que para describir el nuevo mundo tenían
que recurrir a leyendas europeas, que a veces creían encarnadas en
sus vastas selvas y altiplanos. Como la de la fuente de la eterna juventud
o la del célebre El Dorado.
Vargas Llosa citó algunas obras maestras de la literatura que
contribuyeron siglos después a difundir esa imagen mítica de América
Latina, como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
(obviada en la conferencia); El reino de este mundo, de Alejo
Carpentier, y Bajo el volcán, de Malcolm Lowry.
Fuera del ámbito de las letras, el escritor recordó ante los
periodistas que Latinoamérica ha sido escenario recurrente de utopías
europeas tanto de la derecha como de la izquierda radicales. Como ejemplo
puso la atracción que todavía ejerce entre muchos intelectuales
occidentales la revolución cubana o rocambolescas aventuras como aquella
de la hermana de Nietzsche, que quiso fundar en Paraguay una colonia
racialmente pura muy a la centroeuropea y acabó, tan racista ella, comida
por los bichos.
A medida que se acercaba al presente, era inevitable que Vargas Llosa
se refiriera a algunas de sus piñatas favoritas: Evo Morales, Hugo
Chávez e Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique. Al
primero lo aventó en breve después de lamentar que todavía encuentre
informaciones en las que se alude a él como el primer presidente indio de
Bolivia, aunque sea mentira porque, entre otros peros, es sólo "el típico
criollo" que "ni siquiera habla los idiomas indígenas que quiere imponer a
los bolivianos". A juicio del escritor, lo más catastrófico que ha hecho
Morales es agravar el conflicto racial de su país. "Está acabando con
Bolivia, pero lo de Chávez es peor", agregó, tras acusar al mandatario
venezolano de cargarse cuatro décadas de democracia venezolana, que si
bien imperfecta, era mejor que la dictadura. Y para concluir, a Ramonet lo
retrató como el izquierdista que no está dispuesto a que la realidad le
estropee el mito. "Es de los que no saben que nos cuentan un cuento". Y
punto, porque hay cosas que no cambian.