(IAR
Noticias)
23-Septiembre-08
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En Gonaives, la mitad de la población perdió sus casas y
deben dormir en centros de ayuda. |
Gonaives fue la ciudad más castigada. Hasta allí llega la ayuda
argentina con los Cascos Blancos.
Por
Carolina Brunstein - Clarín
El aire es pegajoso. El sol pega sin piedad, aunque ya son las cuatro de la
tarde y en dos horas será de noche. El olor golpea. Mezcla de aguas estancadas,
montañas de basura y animales muertos. Gonaives, la tercera ciudad en
importancia en Haití, sigue inundada tras el paso de dos huracanes y una
tormenta tropical en el último mes. Las aguas tardan en bajar y en algunas zonas
se convirtieron en un lodazal. Se estima que cerca de 100.000 personas, casi la
mitad de la población de esta ciudad, siguen evacuadas. Las más afortunadas
sobreviven sobre los techos de sus casas, si es que la furia del agua no las
derribó. Pero no tienen nada. Su único consuelo son las bolsas de alimentos que
empezaron a llegar de la mano de organizaciones internacionales. Aquí, aunque
pase la inundación, nunca se termina el hambre ni la pobreza.
Primero fue el huracán Gustav, los últimos días de agosto. Pero fue la tormenta
tropical Hanna, el 2 de septiembre, la que golpeó con más violencia a esta zona
postergada del país más pobre de América, donde el 80% de la población vive en
la miseria más profunda. Casi toda Gonaives quedó bajo más de un metro y medio
de agua. Las lluvias y vientos que provocó el huracán Ike, días después, terminó
el trabajo de destrucción. El balance oficial habla de 360 muertos, aunque otros
señalan que podrían ser hasta 600, ya que habría cientos de cuerpos bajo el
lodo.
El centro de esta ciudad donde Haití declaró su independencia de Francia el 1°
de enero de 1804, y donde comenzó a gestarse, en febrero de 2004, la violenta
revuelta popular que derribó al gobierno del ex "cura de los pobres" Jean
Bertrand Aristide, está prácticamente intransitable. Los pobladores, casi todos
de una delgadez extrema, caminan con el agua a la cintura. Los únicos vehículos
que circulan son los camiones militares de la Minustah, la fuerza de la ONU para
el mantenimiento de la paz en este país, creada en esos meses caóticos tras la
caída de Aristide. Son, ahora, los encargados de escoltar a las organizaciones
humanitarias que intentan apaciguar el hambre y dar algún tipo de atención
médica a los miles de haitianos que apenas subsisten vendiendo fruta o pan.
El gobierno de René Préval, debilitado por una crisis política, no parece tener
capacidad para atender a la emergencia. El Estado está casi ausente y parece
descansar sobre los organismos internacionales. En uno de los camiones blancos
de la ONU llegaron a Gonaives 3 médicos y 3 logistas argentinos, todos
especialistas en emergencias, en una misión de Cascos Blancos, que trabajará
junto con un grupo de la Organización Panamericana de la Salud.
"Fue un llamamiento de Naciones Unidas. En los próximos días vendrá además un
cargamento de pastillas potabilizadoras de agua y medicamentos", explica a
Clarín Carlos Villalba, el coordinador general de esta misión de Cascos Blancos,
una entidad dependiente de la Cancillería argentina, que trabaja bajo el
paraguas de la ONU. El grupo se aloja en el batallón Gral. San Martín, la base
de la Minustah en Gonaives, a cargo de los más de 400 militares argentinos que
integran esta fuerza. Este predio enorme poblado de barracas militares se salvó
en gran parte de la inundación porque está en la parte alta de la ciudad.
Los médicos salieron ayer antes de las 7 de la mañana, bajo un sol violento y
cargados de repelente -imprescindible aquí- en una caravana de cuatro camiones
del Programa Mundial de Alimentos de la ONU que llevó bolsas de arroz, porotos y
latas de aceite para repartir entre unas 2.000 personas en Luciné, una localidad
en las afueras de Gonaives. El cargamento fue custodiado por cinco camiones con
militares argentinos y bolivianos, armados para hacer frente a intentos de
saqueos.
"Acá está tranquilo porque es una zona rural. Pero en la ciudad ya nos dieron
vuelta tres camiones. La gente se pelea por la comida. Es terrible el hambre que
hay", dice a esta enviada uno de los soldados a cargo del reparto.
En Luciné, donde las casitas de adobe o ladrillo a medio construir se pierden
entre la vegetación, una fila interminable de mujeres espera para recibir su
ración. Tienen vestidos coloridos y pañuelos en la cabeza. Casi todas están
descalzas. "Perdí todo. El ciclón se llevó mi casa, los animales. No hay
comida", se lamenta Séneyal ante esta enviada, mientras espera su bolsa de
arroz. Otras mujeres asienten, se llevan las manos a la cabeza en un gesto de
desesperación.
"Vinimos a ver qué atención médica necesitan estas personas. Tienen avidez de
contar qué les pasa, de ser atendidos. Muchas nos dicen que tienen dolores de
pecho, angustia y otros síntomas desde el día del ciclón. Una me contó casi
llorando que el agua se llevó a su abuelo", comenta a Clarín la doctora Viviana
Luthy, coordinadora médica del SAME porteño, quien estará diez días trabajando
aquí. Las mujeres sonríen al salir con su paquete, que llevan con elegancia
sobre sus cabezas. Por un momento son felices.
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La pobreza, entre escuelas y peluquerías
El camión vuelve a sacudirse. Las ruedas se sumergen en un agua marrón, un
batallón de moscas verdes invade el vehículo. Al costado del camino -de lo que
quedó de él- decenas de personas miran la caravana. Unas pocas saludan. La
mayoría mira con cara de pocos amigos, gritan monosílabos o frases cortas en creóle. Uno hace un gesto inconfundible, con el dedo mayor extendido. Desde la
entrada a Gonaives se nota el estrago que hicieron los huracanes, y la bronca
de los pobladores. Recorrer los poco más de 160 kilómetros que separan esta
ciudad de la capital de Haití, Puerto Príncipe, no resulta sencillo. No lo es
habitualmente, y mucho menos cuando gran parte del camino, de tierra en casi
toda su extensión, está bajo el agua. El único modo es en camión o 4x4. Clarín
llegó el sábado al atardecer, con un equipo de Cascos Blancos argentinos,
después de una travesía de ocho horas en la caja de carga de un camión
manejado por dos militares bolivianos que integran la Minustah. Adelante y
atrás, dos camionetas de esa fuerza, como custodia. La seguridad es una
preocupación de los militares y diplomáticos aquí. Hace pocos meses hubo
revueltas violentas por el aumento del precio de los alimentos, y con la
crisis humanitaria generada por los huracanes, cualquier extranjero puede ser
blanco de robos. El sol golpea sobre el camión. La temperatura supera los
treinta y pico de grados. Con una carpa, los expertos en logística arman una
suerte de toldo. El camino atraviesa varios pueblos. De a ratos se ve, muy
cerca, el Caribe con su color esmeralda. Pero el mar de postal choca con la
pobreza que lo rodea. Se ven mujeres cargando fuentes con frutas o panes sobre
la cabeza. Cada tanto pasa un Tap Tap, camionetas convertidas en transporte
público, donde decenas de personas viajan hacinadas. Las construcciones son
precarias, muchas sin techo, o con chapas oxidadas. Chicos de brazos flacos y
panzas hinchadas corretean por el barro. Muchos están desnudos.Hay, además,
innumerables colegios. También se ven casas de lotería y cantidades de
peluquerías. En medio de la pobreza más absoluta, los haitianos son instruidos
y coquetos.
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