Cerca de 3.500 soldados del ejército y de la
marina fueron movilizadas para ocupar favelas (barrios pobres y
hacinados) bajo control de las llamadas "milicias", grupos ilegales
en general comandados por policías o ex policías, o bandas de
narcotraficantes.
El objetivo es asegurar a los candidatos en campaña condiciones para
visitar esas áreas.
El plan prevé la ocupación de 27 favelas durante tres días, o según
las necesidades del momento, hasta el 26 de octubre, cuando se
realizará la segunda vuelta electoral si ninguno de los candidatos a
alcalde triunfa por mayoría absoluta el 5 de octubre.
Las encuestas anuncian que el balotaje es la alternativa más
previsible.
La concejala Andrea Gouveia Vieira, quien pertenece al opositor
Partido de la Socialdemocracia Brasileña y procura su reelección,
considera que los comicios son "ilegítimos", pues "casi mitad de la
población vive en territorios cerrados", sin condiciones de votar
libremente ante la coerción de grupos armados ilegales.
Se estima que 1,7 millones de personas, 28 por ciento de la
población de Río, viven en favelas donde las milicias ejercen algún
control. De esa influencia resultó la elección de varios concejales
y diputados en comicios anteriores, lo que dejó en evidencia las
ambiciones políticas de esos grupos.
Pero, aunque contaron con la tolerancia de gobiernos anteriores, han
visto a algunos de sus líderes caer en la cárcel desde el año pasado
y se enfrentan con una renovada persecución legal por parte de la
policía y la justicia.
El caso emblemático es de la familia Guimarães, que ya tuvo cuatro
miembros detenidos, acusados de encabezar la milicia autodenominada
Liga de la Justicia.
La familia reparte sus lealtades entre tres fuerzas políticas, desde
el gobernante Partido de los Trabajadores (PT) hasta dos de la
oposición. Al concejal Jerónimo Guimarães, preso desde diciembre, le
siguieron dos de sus hijos y su hermano, el diputado estadual
Natalino Guimarães, encarcelado en julio.
Pero la hija, Carmen Guimarães, del PT, quien reemplazó su apellido
por el apodo más popular de su padre, Jerominho, sigue impulsando su
propia candidatura como concejala desde la cárcel, donde se
encuentra desde el 29 de agosto.
Otro concejal, Josinaldo da Cruz, conocido como Nadinho, considerado
el líder de la más antigua milicia, que surgió en los años 80 en el
barrio Río das Pedras, estuvo detenido apenas un día, acusado de
ordenar el asesinato de un policía que sería su rival en ese grupo
irregular. Pero sigue activo en la política local.
En su testimonio ante la Comisión Parlamentaria de Investigación
sobre las milicias, en la Asamblea Legislativa del estado de Río de
Janeiro, el 9 de septiembre, Nadinho reveló que tres diputados
fueron elegidos con apoyo de esos grupos.
Si se comprobara la veracidad de la denuncia demostraría la
penetración de la criminalidad en la cumbre policial. Un diputado
federal acusado, Marcelo Itagiba, fue secretario de Seguridad
Pública del estado de Río de Janeiro, y otra legisladora implicada,
Marina Magessi, fue jefa de importantes comisarías de la policía
civil.
El tercer diputado mencionado por Nadinho, Alvaro Lins, fue jefe de
la policía civil del estado y resultó elegido legislador estatal en
2006, aunque sus pares lo destituyeron ese mismo año, dados los
fuertes indicios de su vínculo con milicias y otras bandas
criminales.
Las condiciones en que se disputan las elecciones en Río de Janeiro
no son alteradas por la presencia militar, que protege a los
candidatos permitiéndoles que hagan su campaña en las favelas
durante tres días. Pero la población queda luego a merced del crimen
organizado, dijo a IPS la concejala Gouveia Vieria.
La población "sigue constreñida y ni puede aprovechar el momento
para hablar" por temor a las represalias, agregó.
Sin embargo, la iniciativa de involucrar a las fuerzas armadas es
"un primer paso" importante, porque representa "una toma de
conciencia de las instituciones públicas" de que la situación en
esas comunidades es grave y merece atención especial, afirmó.
Ahora es necesario "liberar esos territorios", que la Justicia
Electoral bloquee la candidatura de delincuentes, que el Congreso
legislativo cambie la legislación con ese mismo objetivo y que los
partidos rechacen postulaciones de quienes tienen "antecedentes
sucios", señaló Vieria.
Y si todo eso falla, dijo la concejala, se requerirá a los
ciudadanos que "no voten a quienes están relacionados con el
crimen".
La presencia militar tiene "importancia simbólica", como señal de
que "el proceso electoral no será sometido a la lógica" que
contaminó a parte de la policía, la justicia, el mercado y las
relaciones personales en Río de Janeiro, declaró a IPS Silvia Ramos,
coordinadora del Centro de Estudios de Seguridad y Ciudadanía de la
Universidad Candido Mendes.
Es un golpe adicional contra las milicias, agregó, que son el blanco
principal porque se organizaron para asumir un creciente poder
político.
Esto se suma a las pérdidas que ya sufrieron por el encarcelamiento
de algunos de sus líderes y la decisión del actual gobierno estatal
de no tolerarlas, a diferencia de la gestión anterior, agregó.
Las milicias, que al inicio obtuvieron apoyo popular como "mal
menor" frente a los narcotraficantes, se volvieron más brutales
imponiendo sus negocios, como venta de gas de cocina y "protección",
aterrorizando la población. El resultado de las elecciones indicará
si perdieron respaldo por ese cambio de actitud, dijo Ramos.
Para Itamar Silva, coordinador del no gubernamental Instituto
Brasileño de Análisis Sociales y Económicos, la ocupación militar de
las favelas "nada resuelve" y molesta a los candidatos que deben
presentarse al lado del ejército. La población no puede ver "los
tanques en la plaza como signo de libertad", aseguró.
Candidatos vinculados a las milicias hacen campaña desde la prisión
y siguen con sus planes a largo plazo de conquistar más poder, que
no serán afectados por la presencia militar de dos o tres días,
afirmó Silva.
"Lo más perverso", se lamentó, es que contraponer una fuerza armada,
aunque legal, a grupos irregulares también militarizados no promueve
la organización interna de la comunidad, sino todo lo contrario.
Quitar la "hegemonía" a un jefe miliciano de esa forma sólo abre las
puertas a otro, no a "nuevas voces comunitarias, todas sofocadas",
concluyó.