Henchidos de esperanzas, nuestros pueblos timonean ya su propia
arca de Noé, navegando hacia puertos seguros donde se cree que la vida sin
capitalismo salvaje es posible. En el horizonte algunos nubarrones indican
lo contrario. Pero si enfocamos el catalejo con precisión, veremos que los
vientos históricos soplan a favor.
En la nave los tripulantes debaten acerca de cómo será el nuevo mundo.
Mas no el rumbo estratégico a seguir. Prueba de ello es que los piratas del
viejo mundo andan preocupados: el lastre deficitario de su descomunal fuerza
militar, junto con la irracionalidad de la doctrina de “guerra infinita”
(fase superior, delirante y terminal del “libre mercado”) son también prueba
de su intrínseca debilidad política.
Así cayó el imperio romano, cuando los Césares sólo atinaban a ofrecer
pan y circo, a más de indiscriminadas y brutales represiones en masa.
De perfiles frágiles y caóticos en apariencia, la carta de navegación de
los pueblos indica el camino a seguir: o echamos ancla o naufragamos todos
por igual, incluyendo a los condenados por la justicia divina.
Frente al demoledor y funesto mensaje de los medios, razonable es creer
que tal como están las cosas no habría motivos para guardar esperanza de
emancipación social alguna: esa increíble acumulación de riquezas en manos
de 20 por ciento de la población mundial; aquel gasto militar suicida e
incapaz de mantener su propio orden represivo; esta depredación ambiental en
los cuatro puntos de la tierra; la descontrolada violencia que se ejerce so
pretexto de la “inseguridad”, el “narcotráfico”, el “terrorismo”; esta
terrible sensación de zozobra global.
Nada de eso intimida a los pueblos. Hasta hace pocos años podíamos seguir
con atención a los periódicos y medios electrónicos que, por sobre sus
ideologías, guardaban cierto respeto por sus lectores, radioyentes y
televidentes. Con antelación, por ejemplo, nos dieron a saber que Vietnam
ganaría la guerra contra la piratería internacional, y que el mundo colonial
se derrumbaba como un castillo de naipes. Las polémicas del Congreso
imperial, inclusive, nada más dejaban entrever.
Situación distinta es la de hoy. La casi totalidad de los portavoces
mediáticos se han convertido en propagandistas de la mentira y el
pensamiento cero. Se niegan a reconocer que el imperio ha perdido la guerra
en Afganistán y en Irak; que el cálculo geopolítico no cierra en Irán y el
entorno geográfico ruso; que el mundo árabe y Palestina ocupada combaten sin
descanso; que la sociedad consciente de Estados Unidos (¡mucha atención con
ella!) no se cruzará de brazos frente al marasmo universal.
Las luchas que “por abajo” y “por arriba” se libran en América Latina, ya
no responden a gobiernos soberanos de corto vuelo, o a reducidos grupos de
patriotas alzados en armas. En todos y cada uno de nuestros países, los
movimientos políticos y sociales calientan progresivamente el escenario.
Revisemos lo realizado en los últimos cuatro años:
• Humillación de George W. Bush en la cumbre de presidentes de Argentina
que acabó con el ALCA,
• creación de la Unión de Naciones del Sur (Unasur), que busca la unión
común de aduanas, moneda y pasaportes,
• fundación del Banco del Sur, con sede en Venezuela,
• propuesta de crear un Consejo de Seguridad subregional, sin Estados
Unidos,
• salida de la base militar de Manta por decisión soberana del gobierno
ecuatoriano.
• Nueva Constitución participativa y popular de Ecuador, en ciernes de
ser aprobada,
• rechazo unánime a los planes guerreristas de Colombia en la subregión
andina,
• apoyo de Nicaragua y Honduras a la iniciativa bolivariana del Alba,
• creciente combatividad del movimiento contra el neoliberalismo en Costa
Rica,
• victoria de Fernando Lugo en Paraguay,
• posible triunfo del FMLN en El Salvador,
• fracaso de las maniobras desestabilizadoras del imperio en Bolivia,
• fortalecimiento de las relaciones de Argentina con la Unión Europea,
China y Venezuela.
• vigoroso movimiento en defensa del petróleo en México, a más de las
luchas de los electricistas, maestros y de los pueblos de Oaxaca y Chiapas.
Un informe reciente del Consejo sobre las Relaciones Exteriores de
Washington asegura que Estados Unidos está perdiendo su hegemonía en la
región y que hace falta “una nueva dirección”. Textualmente dice: “Si alguna
vez hubo una era de hegemonía estadounidense en América Latina, se acabó”.
Un despropósito, claro. Aunque en sintonía con la ciega racionalidad de
la piratería global, tan distinta a la de hace 500 años, cuando siquiera con
un solo ojo se dio mañas para entender algo de la realidad, separándola de
la imaginación.