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Amigos: Philip Goldberg, (centro) embajador de EEUU en Bolivia;
acompañado por Gabriel Dabdoub, presidente de la Cámara de
Comercio (derecha) y John Jairo Venegas, colombiano actualmente
preso por pertenecer a una banda de ladrones. . |
En otro pico de la crisis boliviana, no es aventurado decir que este es
el momento más complicado en mucho tiempo para la relación de Estados Unidos con
América del Sur.
Por
Oscar Raúl Cardoso -
Clarín
Pronósticos Estratégicos Inc. (Stratfor), un servicio de inteligencia privado
usado generalmente por empresas, describió así a sus abonados la situación que
los más recientes choques entre autoridades nacionales y la oposición
separatista en Bolivia: "Esto puede no haber sido el comienzo de una guerra
civil pero si la situación se agrava puede terminar siendo una guerra civil".
Esta es la forma en que muchos análisis han interpretado la más reciente ola de
violencia en Pando y Tarija -dos de los cuatro departamentos del Oriente del
país que buscan la autonomía completa de La Paz- que dejó una decena de muertos.
Es llamativo, porque Bolivia estaría modificando su tradición: desde la
concreción de su independencia en 1825 el país ha conocido muchos instantes de
violencia generalizada, pero nunca se asomó al precipicio de una guerra civil.
Es difícil saber si esta oportunidad también logrará zafar, pero lo cierto es
que el presidente Evo Morales -primer presidente de origen étnico original y
también primero en ser electo por más del 50% de los votos- convocó al prefecto
(equivalente a un gobernador) de Tarija, Mario Cossio, una de los dirigentes de
la oposición secesionista, a negociar en La Paz para detener la escalada.
Pero las respectivas posiciones del gobierno nacional y de sus oponentes auguran
una muy difícil aproximación de las partes, si se concreta.
Brasil ofreció el envío de una misión trinacional -la Argentina y Colombia la
integraban también- para mediar en el litigio, pero Morales rechazó el gesto del
presidente Luis Ignacio da Silva ("Lula") y el grupo que iba a conducir Marco
Aurelio García, asesor del mandatario brasileño, abortó antes de iniciarse. En
cualquier caso es interesante notar la premura con la que Brasilia respondió a
los sucesos y aceptó que lo de Bolivia es más que una crisis nacional, es una
crisis regional en ciernes que no se desarrolla aislada sino como en un trazo de
espiral que reúne otros elementos.
Por cierto, está el suministro de gas; cuando los grupos rebeldes tomaron
control y alteraron una válvula de seguridad de un gasoducto en las proximidades
de Yacuiba, Brasil -que recibe el 40% del gas natural que consume desde Bolivia-
vio como el suministro de esa cañería caía de 17 millones de metros cúbicos a
tan solo tres millones. Esto cuando el invierno austral no ha terminado aún de
pasar. La Argentina se vio también afectada, pero en una medida mucho menor.
La especulación de los analistas de energía es que si los secesionistas tomaran
control efectivo de la industria energética seguirían enviando gas a Brasil,
pero no a la Argentina porque es un país "menos poderoso" que puede ser
desafiado con relativa facilidad.
Pero este es apenas un giro en la espiral. Morales expulsó al embajador
estadounidense de su país y otro tanto hizo el venezolano Hugo Chávez según
declaró en "solidaridad con Morales".
Con pocas horas de diferencia la Cancillería argentina dio a conocer un durísimo
texto criticando a la Justicia estadounidense y al FBI -que depende del poder
ejecutivo- por las presuntas revelaciones sobre una contribución venezolana a la
campaña presidencial de Cristina Kirchner en 2007.
En Caracas, la prensa opositora ha insistido que la decisión de Chávez está más
ligada a las denuncias sobre aquella contribución que a la solidaridad con
Morales en su hora difícil. Cualquiera sea la verdad, no es aventurado decir que
este es el momento más complicado en mucho tiempo para la relación de Estados
Unidos con América del Sur, que tampoco la mayoría de los gobiernos de la región
desean dejar que este malestar aumente.
Lo cierto es que hay signos ominosos por doquier. En Venezuela Chávez acaba de
denunciar una vez más un golpe de Estado en cuya planificación estarían
involucrados militares retirados y en actividad.
En Bolivia algunos medios han insistido que Morales criticó a los militares por
dejar que los enfrentamientos se multiplicasen, reinstalando la versión según la
cual la oposición secesionista habría logrado cooptar a algunos mandos militares
para llevar a cabo una sublevación contra el gobierno central.
Y por si esto fuese poco, un hecho militarmente insignificante, la presencia en
bases venezolanas, de dos TU-160 -los más modernos bombarderos estratégicos
rusos- ha alarmado políticamente a Washington. Los aviones regresarán a Rusia en
unos días, pero el desafío de Moscú que supone este envío simbólico se suma al
anuncio de los juegos de guerra ruso-venezolanos previstos en aguas del Caribe
para noviembre próximo.
Es imposible no leer la prensa boliviana del pasado año y no reconocer que hay
elementos que respaldan la denuncia del presidente Morales sobre la forma en que
la Embajada de Estados Unidos parece haber cumplido un rol político partisano
con los secesionistas bolivianos.
Pero el problema no es ya las medidas punitivas contra una o más embajadas
estadounidenses en la región, sino hacia dónde llevan esas decisiones y qué
consecuencias pueden tener en un futuro mediato.