El encuentro previsto para el lunes entre los presidentes de Brasil,
Argentina y Venezuela estará marcado por las asimetrías evidenciadas en las
negociaciones comerciales.
Por Oscar Raúl Cardoso -
Clarín
Luiz Inácio "Lula" da Silva estará mañana en Buenos Aires para analizar con
sus colegas de Venezuela, Hugo Chávez, -otro visitante de estas horas- y de la
Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, tanto la evolución del Mercosur como
el fracaso en Ginebra de la llamada Ronda Doha de la Organización Mundial de
Comercio (OMC) que terminó en derrota colectiva la semana pasada luego de ser
puesta en marcha en el 2001.
Lo de la frustración de la ronda es relevante como indicador de los tiempos que
corren y sus dificultades para elaborar consensos. La agenda de cuestiones
comerciales que el director de la OMC, Pascal Lamy, había puesto ante los
negociadores tenía un total de 20 puntos que cubrían desde el intercambio
internacional de productos agropecuarios hasta el de los más sofisticados
servicios. En 18 de esas 20 cuestiones se logró el consenso buscado o poco
menos, cuentan ahora participantes de las negociaciones.
El punto 19 -los mecanismos de protección de los agricultores de los países en
desarrollo contra el surgimiento de las importaciones- detuvo en seco la rueda
de Doha y el ítem 20 -un acuerdo para el algodón- ni siquiera se negoció.
Brasil, China y la India -con la Argentina adherida a la estela del cometa de
las nuevas potencias internacionales- tuvieron mucho que ver con que el norte
opulento, léase Estados Unidos y la Unión Europea, no pudieran imponer sus
condiciones; aunque se considera que el grueso del poder estuvo en Beijing y
Nueva Delhi.
Lo sucedido es muestra de cómo los mundos unipolares y bipolares están
estallando, como las pompas de jabón del poema de Antonio Machado, y siendo
reemplazados por una geopolítica donde el poder no está ya donde solíamos
buscarlo con gesto reflejo. El traspié de la ronda no es tan crítico, sostienen
algunos, y si ésta hubiese llegado al éxito hubiera añadido unos 70.000 millones
de dólares, poco más que un puñado de arena en la playa del comercio
internacional.
Para los sudamericanos es posible que lo significativo esté en otro lado. En la
forma en que Brasil se está perfilando como usina de poder en la economía
mundial. Mientras la esencia misma del Mercosur -concebido como mucho más que un
acuerdo comercial- salta del optimismo de las declaraciones a la inviabilidad de
sus conflictos no resueltos y de los agujeros negros en su estructura
institucional, la realidad sugiere que aun para la Argentina las asimetrías con
Brasil pueden hacer perder peso a la idea de la integración regional.
Veamos cómo los economistas veían a Brasil hace seis años -menos de uno antes de
que Lula obtuviese su primer mandato- y como está hoy. El Instituto de Economía
Internacional con sede en Washington aseguró en un estudio publicado en el 2002
que Brasil tenía un 70% de posibilidad de incurrir en una cesación de pagos como
la de la Argentina ya sea que Lula se transformara en presidente -lo que hizo- o
lo hiciera José Serra su principal rival.
No hay que recordar que nada de esto sucedió y que, por el contrario, Brasil se
transformó en el primer país de la región -luego siguió la Argentina- en
cancelar su deuda con el Fondo Monetario Internacional. En verdad Lula ha
mostrado una sensibilidad y respeto por el mercado financiero que pocos creyeron
antes que estuviese a su alcance.
No sólo esto; en lo social Brasil ha conocido también el progreso. Entre el 2001
y el 2006 el 10% más rico de la sociedad vio crecer sus ingresos en un siete por
ciento; el 10% más pobre escaló los suyos en un 58%, según los cálculos del
Centro para Políticas Sociales de la Fundación Getulio Vargas. El Banco Mundial
estima que Brasil redujo desde el 2001 la regresividad en la distribución de su
ingreso en un seis por ciento. Es en este sensible rubro que finalmente habla de
la inclusión social donde Brasil tiene el mejor desempeño de América latina.
Esto solo ha obligado a los inversores a reconsiderar un mercado de más 180
millones de consumidores potenciales que está dejando de atrapar a vastos
sectores en la pobreza. Es interesante notar, además, que en un marco
internacional en que se aguarda un dilatado y profundo período recesivo, los
economistas especulan con que Brasil podría ser uno de los países menos
afectados por el infierno tan temido. La dependencia brasileña de los mercados
estadounidenses y europeos como destino para sus exportaciones ha decrecido
notoriamente.
El ensayo de este lunes --el funcionamiento de una "minicúpula" (Brasilia,
Buenos Aires, Caracas) del Mercosur-- quizá no sea el mejor de los formatos ya
que podría aumentar el recelo de los socios más pequeños del emprendimiento
(Uruguay y Paraguay), un sentimiento que ha crecido en los últimos tiempos. Lula
llegará --según algunos-- como una suerte de Santa Claus de mitad de año con 600
millones de dólares de inversión.
El Gobierno haría bien en limitar la forma en que presentará este gesto
brasileño porque está, desde el vamos, limitado a las empresas brasileñas que
operan en este país. Y ya hay experiencia que viene de la gestión de Néstor
Kirchner con el anuncio de una andanada de dólares de las reservas chinas que,
por supuesto, nunca se materializó.