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Alan García ante el Congreso. |
Después de haber iniciado su gobierno con un respaldo que bordeaba el 60
por ciento, la aprobación de la gestión de García es ahora de solamente el 26
por ciento, según una encuesta de Apoyo.
Por
Carlos Noriega - Página 12
Con un rechazo a su gestión que supera el 70 por ciento, Alan García
cumplió ayer dos años de gobierno en un ambiente de crispación social, marcado
por una sucesión de huelgas y protestas antigubernamentales, y un
endurecimiento de las leyes represivas. A pesar del descontento social y del
creciente aislamiento del gobierno, García dio un discurso triunfalista ante
el Congreso. En su mensaje anual, que duró una hora y 45 minutos y que fue
elogiado por los empresarios pero criticado por los sindicatos, el presidente
peruano destacó el crecimiento de nueve por ciento que tuvo el país en 2007 y
aseguró que este año el crecimiento será del ocho por ciento, basado
fundamentalmente en la minería. Con estas cifras, puso al país como un ejemplo
para el resto de América latina. Pero la realidad está muy lejos del optimismo
exhibido ayer por García y muestra, por el contrario, un presidente en caída
libre en las encuestas y un recalentamiento de la calle.
Después de haber iniciado su gobierno con un respaldo que bordeaba el 60
por ciento, la aprobación de la gestión de García es ahora de solamente el 26
por ciento, según una encuesta de Apoyo. En algunas zonas del interior, como
el sur y la región andina, su aprobación apenas bordea el 10 por ciento. En
los sectores populares la caída de García es dramática. De acuerdo con una
encuesta del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica realizada
en Lima, la plaza más fuerte de García, en los sectores de mayor pobreza el
respaldo a su gestión ha bajado en dos años del 51 por ciento al 15 por
ciento, mientras que en el grupo de mayor nivel económico lo apoya el 46 por
ciento.
García atribuyó el descontento de la población a los efectos del alza
internacional del precio del petróleo y de los alimentos, que, aseguró, son la
causa de un aumento de la inflación, que en el último año llegó al siete por
ciento, luego de haber estado alrededor del uno por ciento. “Nadie puede
evitar esta conmoción general”, dijo, eludiendo la responsabilidad de su
gobierno en los problemas que enfrenta el país. En diálogo con PáginaI12,
Fernando Tuesta, director del Instituto de Opinión Pública de la Universidad
Católica, expresó su discrepancia con lo dicho por García. El alza del precio
de los alimentos puede reforzar el descontento, pero no lo explica. El
descontento se debe a que la mayoría no ve los beneficios del crecimiento, que
favorece solamente a los sectores altos. Esto hace que la mayoría se sienta
frustrada”, señaló.
En los últimos seis años el país creció 53 por ciento, pero los sueldos
aumentaron en ese mismo período solamente el tres por ciento. En su campaña
electoral García ofreció cambiar este modelo económico, pero en estos dos años
lo ha afianzado. “El crecimiento económico se da sobre la base de una política
del cholo barato y sin derechos. Esto explica el gran descontento que hay en
el país. Esta política no es sostenible”, afirmó Mario Huamán, secretario
general de la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP), el principal
gremio sindical del país.
García ha consolidado el giro a la derecha que dio luego de ganar las
elecciones de 2006. La aplicación de una política económica neoliberal, que
como candidato había criticado con dureza, el otorgamiento de una serie de
beneficios a las transnacionales que explotan los recursos naturales, el
alineamiento con Washington y su alianza con el movimiento político del
encarcelado ex presidente Alberto Fujimori, han marcado la línea del gobierno.
Su alianza con el fujimorismo le ha permitido a García controlar el Congreso,
a pesar de no tener mayoría propia. Fujimori, por su parte, recibe un trato
privilegiado del gobierno, lo que lo ha convertido en un prisionero VIP desde
su extradición al Perú en 2007 para ser juzgado por violaciones a los derechos
humanos y corrupción.
En el segundo año, el gobierno firmó un Tratado de Libre Comercio (TLC) con
Estados Unidos, celebrado por los empresarios y cuestionado por los sindicatos
y los gremios agrarios; permitió el ingreso de tropas norteamericanas a
Ayacucho, una región dominada por el narcotráfico y la guerrilla; y emitió
leyes para promover la venta de las ancestrales tierras de las comunidades
campesinas indígenas y para dar en concesión a empresas privadas grandes
extensiones de la Amazonia. Estos hechos gatillaron las protestas.