Vale la pena repasar la crónica de los acontecimientos. El año pasado el
entonces presidente argentino Néstor Kirchner creyó hacer una hábil maniobra y
“puentear” a su conflictivo partido peronista, cooptando dirigentes de la
Unión Cívica Radical y del Partido Socialista, que le sirvieron para reforzar
la mayoría electoral que eligió presidenta a su esposa y para controlar
algunas provincias.
Por Guillermo Almeyra -
La Jornada, México
Como estaba seguro de tener mayoría en ambas cámaras del
Congreso y no le atribuía ningún papel a éste –la asignación y distribución de
fondos públicos había sido delegada al Ejecutivo y éste gobernaba emitiendo
decretos–, Kirchner ni pensó en que el Congreso podría ser obligado a dirimir
una cuestión política importante. Ya en el gobierno su esposa Cristina
Fernández, Kirchner intentó controlar a su partido y dejó a su suerte a esos
“transversales” K socialistas o radicales expulsados, como el vicepresidente
Cobos. Pero para disputarle el Partido Justicialista se coaligaron todas las
derechas peronistas. La cosa no era muy grave, aunque el ex presidente Duhalde
se apoya en un tejido mafioso (policía, droga, clientelismo político) en la
provincia de Buenos Aires, el gobernador de San Luis tiene una fuerte base
clientelar al igual que el de Córdoba y los ex gobernadores menemistas
mantienen sus aparatos policiales.
El antiperonismo visceral de radicales, socialistas y conservadores de todo
tipo que integraban la oposición impedía la unión entre ambos sectores, y
Kirchner creyó poder contrabalancear al grueso de la derecha de su partido con
otra parte de esa derecha, o sea, con dirigentes sindicales burocráticos y
corrompidos de la Confederación General del Trabajo, cooptando a parte de los
líderes de la Central de Trabajadores Argentinos y de los grupos piqueteros.
Mientras, para aumentar las exportaciones fomentó el cultivo de soya, que se
cuadruplicó durante su mandato, y dio toda clase de apoyos y facilidades a los
grandes exportadores de granos y al capital financiero. Trató también de
mantener caro el dólar para favorecer las exportaciones argentinas y, con
fondos estatales, subsidió transportes, combustibles, servicios públicos y
hasta grandes supermercados para mantener bajos los precios. Su política
económica buscaba utilizar los ingresos provenientes de las exportaciones y de
los impuestos para subsidiar y desarrollar la industria e impedir la subida de
los salarios reales con el propósito de aumentar las ganancias de los
industriales, confiando en que las tasas chinas de crecimiento económico
permitirían seguir reduciendo la desocupación (cercana a 10 por ciento) y
ampliar el mercado interno.
Pero su esposa asumió el poder cuando comenzaba el periodo de las vacas
flacas –caída del dólar a escala mundial, grave situación económica en
Estados Unidos, aumento enorme del precio de combustibles y, por ende, de
fertilizantes y plaguicidas, inflación importada–, que hace cada vez más
difícil mantener esa política. Para obtener más ingresos, Cristina Fernández
pensó en un gravamen a las ganancias extraordinarias de los exportadores de
soya que, de paso, redujese la tendencia a abandonar los cultivos alimentarios
y la ganadería, con el consiguiente aumento de los precios al consumo. La
medida era necesaria y justa, pues el Estado tiene derecho y obligación de
impedir que los precios del mercado internacional determinen los precios
internos al consumo y de evitar que se extienda el monocultivo de una
forrajera que daña los suelos y en su avance elimina alimentos, vacas,
campesinos, pueblos, bosques.
Pero la resolución fue adoptada con torpeza, ignorancia y prepotencia, sin
consultas previas y sin prever consecuencias. Además, según la Constitución,
es el Parlamento el que debe determinar los impuestos y no el Poder Ejecutivo.
La imposición del mismo gravamen para productores grandes y pequeños, para
quienes producen en tierras buenas y cerca de los puertos, con altos
rendimientos, y quienes lo hacen en tierras marginales, unió, detrás de los
especuladores del gran capital y de los grandes terratenientes y exportadores,
a pequeños productores, arrendatarios y rentistas, que se convirtieron en masa
de maniobra política de aquéllos. Detrás de pequeños y grandes capitalistas
rurales se alinearon de inmediato las clases medias de los pueblos y a ellas
se sumaron la oposición visceralmente racista y antiperonista que grita contra
el gobierno”de los negros y los vagos” y la derecha peronista. El kirchnerismo
logró así unificar el antisolidarismo y el conservadurismo con la reacción y
el racismo. Agregando la soberbia a la torpeza esperó además 90 días de cortes
de rutas y desabastecimiento en las ciudades para inventar una motivación para
esta justa retención de la ganancia extraordinaria de los soyeros y dejó pasar
cien antes de dejar la aprobación de su proyecto al Parlamento, como
correspondía desde el primer día. En las Cámaras pagó también el precio de su
autoritarismo pues, por no haber sido escuchados, consultados ni convencidos,
diputados y senadores peronistas votaron junto con la oposición y por los
grandes grupos cerealeros. Para colmo, los radicales y socialistas K, y entre
ellos el vicepresidente Cobos, cuando sugirieron modificar la medida para
separar a los pequeños productores de monopolistas y desmontar la protesta
fueron vapuleados y marginados. En la discusión parlamentaria, naturalmente,
se diferenciaron del gobierno y el voto del vicepresidente y presidente del
Senado, Julio Cobos, fue decisivo para enterrar no sólo el gravamen sino
también la entera política del gobierno. Ahora la derecha está unida, a la
ofensiva y encontró el candidato a presidente que le faltaba nada menos que en
el vice de Cristina Fernández. El partido transversal también pasó a
mejor vida y Kirchner deberá defender su mayoría en el partido peronista. El
gobierno está desprestigiado y ha perdido su mayoría absoluta en ambas Cámaras
y el Parlamento ha comenzado a funcionar y le exigirá que explique por qué no
tomó medidas contra los grandes exportadores que defraudaron más de mil 200
millones de dólares al fisco y robaron a arrendatarios. La economía ha
recibido un gran golpe y los subsidios no podrán ser tan cuantiosos como hasta
ahora. El barco argentino acaba de entrar sin timonel en un mar agitado y
lleno de escollos.