"No nos dejan sembrar", protesta
Leonila Costa Pontes, rebelándose contra leyes que exigen una
autorización ambiental para su pequeña roza. "Sin quemar no da
nada", sostiene sobre el fuego con que se prepara la tierra en la
agricultura tradicional de Brasil.
Por Mario Osava - IPS
Cuando la autoridad ambiental concede la licencia, "ya pasó el tiempo de
sembrar", acota Pontes, de 59 años y tres hijos, pobladora de Abobral, un
quilombo aún no reconocido en las orillas del río Ribeira de Iguape. Así, muchas
familias siguen dependiendo de la canasta de alimentos donada por el gobierno,
lamenta.
Su protesta se sumó a otras de los 60 participantes del Seminario
Ciudadanía Quilombola, realizado el 27 de junio en Registro, la mayor ciudad del
Valle del Ribeira, una cuenca montañosa con casi 80 por ciento de sus bosques
protegidos, como una pequeña Amazonia de 28.506 kilómetros cuadrados, entre las
áreas metropolitanas de São Paulo y Curitiba, en el sur.
La "quema" sin un plan de manejo aprobado, que prevenga daños y
descontrol, es un delito ambiental, explica Luciana Bedeschi, abogada del
Instituto Socioambiental (ISA) que coordinó el seminario.
Esto ejemplifica los frecuentes conflictos entre las leyes y la tradición
quilombola, entre la protección ambiental y el derecho al uso de la tierra,
"ambos legítimos", y por eso debe exigirse una "ponderación equilibrada",
especialmente cuando se trata de la supervivencia y la seguridad alimentaria de
comunidades tradicionales, comenta Bedeschi a IPS.
Intrusos
Las actuales comunidades "quilombolas" de Brasil son remanentes de los "quilombos",
antiguos enclaves de esclavos africanos. El fenómeno, conocido bajo nombres como
palenques, se repitió en varias regiones de la América colonizada por europeos.
La mayor amenaza para estas comunidades son los problemas de la propiedad
de la tierra.
En el Valle del Ribeira, donde se identificaron por lo menos 59
comunidades, sólo 15 fueron reconocidas y seis tienen título de propiedad. Pero
incluso éstas aún esperan el desalojo de "terceros", no quilombolas, que se
apoderaron de parte del territorio y ahora deben ser indemnizados por el
gobierno para desocuparlo.
En cualquier momento puede ocurrir "una tragedia anunciada" en la
comunidad Pedro Cubas de Cima, pues se están intensificando las agresiones de
esos "terceros" a niños quilombolas, así como las ofensas y amenazas, denuncia
Edivina Braz da Silva.
Osvaldo dos Santos amenaza con "poner fuego en una hacienda aunque resulte
encarcelado", ante la omisión de las autoridades agrarias para sacar a siete
terratenientes irregulares de su quilombo, Porto Velho. "Somos demasiado
pasivos", por eso ellos se quedan, "deforestan, cortan el agua, queman nuestros
pastizales y cultivos", justifica Dos Santos.
Estas comunidades descienden de quilombos formados por esclavos africanos
del siglo XVI, obligados por entonces a trabajar en la minería del oro, y luego
abandonados a su suerte, pero también de afrodescendientes que se refugiaron
aquí para escapar al reclutamiento forzado durante la Guerra del Paraguay
(1865-1870).
La esclavitud en Brasil fue abolida en 1888, y 100 años después la
Constitución nacional reconoció el derecho de los remanentes de quilombos a la
"propiedad definitiva" de las tierras que ocupaban.
Las comunidades en el Valle del Ribeira empezaron a ser reconocidas en
1998, paso inicial del largo proceso administrativo y judicial para formalizar
esa propiedad, que es colectiva, en nombre de la asociación comunitaria.
Desde 2006, el ISA asesora a 14 comunidades quilombolas para promover su
desarrollo y acompañar y proponer políticas públicas volcadas a las poblaciones
tradicionales de la cuenca. Son quilombos pequeños, los mayores con cerca de
cien familias dispersas en una gran superficie, a veces con un poblado central
de unas decenas de casas.
PARADOJA AMBIENTAL
Una primera batalla fue convertir el Parque de Jacupiranga, creado por el
gobierno estadual de São Paulo en 1969, en el Mosaico de distintas formas de
preservación ambiental. Fue la manera de superar el conflicto entre los derechos
de los quilombos allí ubicados desde mucho antes y el mismo parque, zona de
protección absoluta donde se prohíbe cualquier actividad humana.
El Mosaico, aprobado a fines de 2007, comprende reservas extractivistas
ambientalmente protegidas, donde los pobladores tradicionales extraen productos
forestales de manera sustentable, y reservas particulares del patrimonio
nacional (RPPN) áreas privadas de protección.
"Por primera vez" una comunidad quilombola tendrá su RPPN, celebra Nilto
Tatto, coordinador del Programa Valle del Ribeira del ISA.
Reconocidos como ejemplos de buena convivencia con la naturaleza, junto
con los indígenas y otros pueblos tradicionales, los quilombolas se sienten
castigados por cuestiones ambientales.
En su caso se suma la Ley del Bosque Atlántico, aprobada hace dos años,
con reglas específicas para el ecosistema más alterado de Brasil, que ya perdió
93 por ciento de su cobertura forestal y en el que el Valle del Ribeira es una
excepción.
Esa ley es "demasiado restrictiva", pues no permite aprovechar "leña
muerta" ni construir carreteras indispensables para mejorar la vida en la
comunidad Nhunguara, según uno de sus pobladores, José França.
Muchos quilombolas son condenados por actividades como caza y tala de
árboles en zonas de preservación, para la construcción o para abrir nuevas rozas
que sustituyan el campo antes cultivado, una forma tradicional de siembra por
rotación.
Los jueces en general proponen penas alternativas a la multa o la
detención, como presentarse periódicamente ante una autoridad o prestar
servicios comunitarios, si el acusado "reconoce el delito ambiental". Pero el
ISA se opone a esa solución, y prefiere "que el proceso siga", informa Bedeschi.
Sucede que en esos casos "no hay delito", pues esas personas viven aquí
desde antes de crearse las áreas protegidas, y las "actividades de subsistencia
y por necesidad no son delictivas", acota. Ése es "un campo del derecho aún en
construcción", que requiere "flexibilidad y sensatez", reconoce.
El Valle del Ribeira enfrenta desafíos ambientales más graves. La
preservación de 80 por ciento de su cobertura vegetal contrasta con la
desaparición de "cerca de 60 por ciento" de los bosques "ciliares" o de galería,
que protegen las orillas de los ríos, evitando la erosión, la sedimentación y la
reducción de peces, señala Tatto.
La campaña "Cejas del Ribeira", iniciada el año pasado por el ISA, otras
organizaciones ambientalistas, escuelas, comunidades tradicionales y órganos
gubernamentales, busca recomponer 120 hectáreas de bosques ciliares en dos años,
meta modesta en relación a las 11.000 hectáreas destruidas.
Otra amenaza son cuatro centrales hidroeléctricas previstas para el río
Ribeira. Una de ellas, Tijuco Alto, ya autorizada, se construiría para alimentar
de energía a una industria de aluminio, pese a la resistencia de varios
sectores. Su impacto afectará la agricultura y la pesca, que son fuentes de
proteínas para buena parte de la población local, evalúa Tatto.
DESARROLLO
La vida de los quilombos está cambiando también por el desarrollo de
alternativas económicas fomentadas por el ISA. Los quilombolas dependen mucho de
la asistencia del gobierno, como la Beca Familia, las canastas de alimentos y la
jubilación rural.
El banano es la principal fuente de ingresos monetarios, porque "nace y
crece en cualquier lugar, resiste las malezas y se puede vender directamente al
consumidor o el comercio", además de no requerir replantación anual, justifica
Antonio Cristino Pedroso, de 62 años y cuatro hijos, poblador del quilombo
Ivaporunduva.
El arroz, en cambio, exige sacar las malezas, descascar, seleccionar y
envasar, lo que pone al agricultor en manos de intermediarios "que compran a
bajo precio", compara. Por eso el arroz, así como frijoles, maíz, mandioca,
frutales y hortalizas son cultivados para consumo propio.
Pero el mercado hoy "demanda calidad, compra más por el ojo", por la buena
apariencia, que por el sabor, y exige un cultivo con cuidados, incluso del
banano, contrarresta Reinaldo Ribeiro, técnico del ISA que asiste directamente a
las comunidades quilombolas.
Además, con la llegada de la plaga sigatoka negra al Valle, creció la
necesidad de agroquímicos. El banano orgánico, adoptado por muchos quilombolas
como forma de obtener mejores precios y eludir la competencia de grandes
productores, obliga a "redoblar los cuidados", como limpiar siempre el terreno y
espaciar los bananeros para una ventilación que evite altas temperaturas
favorables a ese hongo, explica Ribeiro.
La información, la capacitación y la creación de una "marca" de este
banano son necesarias para disputar el mercado, acota.
Los quilombolas aprovechan el turismo local, atraído por sus propias
comunidades y por las numerosas cuevas cercanas, para difundir sus productos,
como artesanías y miel, además del banano orgánico y sus derivados.
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