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El presidente Lula da Silva en la
inauguración de la plataforma petrolera P-50, ubicada 120 kilómetros mar
adentro de las costas del estado de Río de Janeiro. |
En pocos meses se descubrieron en las costas brasileñas
yacimientos petrolíferos con 50.000 millones de barriles de reservas. Esto
convierte a ese país en un nuevo líder en energía del mundo. De qué manera se
logró ese avance.
Por Gustavo Sierra - Clarín /
Ver
segunda y
tercera nota
Sube hacia el
éxito. La valla de metal se cierra y el ascensor recubierto de alambre tejido
avanza lentamente por los siete pisos de la cubierta de la plataforma
petrolera P-51. Sube hasta la torre principal. El lugar desde donde antes de
fin de año comenzarán a fluir 180.000 barriles de petróleo y seis millones de
metros cúbicos de gas por día. Este monstruo de 48.000 toneladas, equivalentes
a 1.200 boeings 747, se está terminando de construir en los astilleros Bras-Fel
de Angra dos Reis (tres horas al norte de Río). Una verdadera pequeña ciudad
que necesita 100 megavatios de electricidad para operar, algo así como toda la
energía eléctrica que consume una población de 300.000 habitantes. Un proyecto
de casi mil millones de dólares que terminará en seis meses flotando sobre las
aguas del mar brasileño a unos 150 kilómetros de Río de Janeiro para sacar
parte de los 33.000 millones de barriles de crudo que fueron descubiertos hace
tres meses en el campo Carioca/Pan de Azúcar de la Cuenca de Santos. La
energía que puede transformar definitivamente a Brasil y convertirlo en lo que
siempre quiso ser: "o pais mais grande do mundo".
Los 4.800 operarios que trabajan contra reloj para terminar de armar la P-51
antes de septiembre parecen multiplicarse por varios miles más en los angostos
pasillos plagados de tuberías de todos los tamaños y colores. Un enjambre de
gente pasa con sus cascos blancos y las casacas anaranjadas. Todos, siempre,
con la bandera verde-amarilla muy bien expuesta. Este es territorio de
Petrobras, una de las petroleras más destacadas del mundo controlada por el
Estado brasileño. "Esto representa ante todo la autosuficiencia. Hasta ahora,
las plataformas venían de Noruega o Singapur pero esta es la primera que
podemos hacer totalmente brasileña. Y eso indica que tenemos el conocimiento y
ahora podemos ser nosotros líderes en el mundo", explica Altamira Da Motta, el
Project Manager de la P-51 mientras avanzamos por un pasillo en el que varios
operarios están colocando una barra de acero que servirá de soporte del
helipuerto.
Hay aquí un orgullo que nadie quiere ocultar. El logro máximo lo obtuvieron en
18 días en abril cuando realizaron la operación de "mating", el armado de las
dos estructuras básicas de la plataforma. El 12 de abril comenzó el traslado
por agua de la parte superior de la plataforma que había sido construida como
piezas de un rompecabezas en varios astilleros ubicados en los alrededores de
Río de Janiero. Seis días más tarde sacaron a las aguas profundas de la bahía
de Angra la parte inferior (deck box) y la hundieron varios metros. El 24 de
abril lograron colocar una parte sobre otra y ambas emergieron para mostrar la
plataforma en todo su esplendor. Cinco días más tarde estaba nuevamente en el
astillero para realizar los trabajos finales de la red de computadoras que
controlan cada movimiento de la extracción y el envío del petróleo por 150
kilómetros de tuberías hasta la costa. Y no serán sólo tuberías y motores.
Antes de septiembre estarán terminados el cine con capacidad para 200
personas, los camarotes de primer nivel y la canchita de papi-fútbol para que
los obreros que trabajarán allí en turnos de 7 días por 21 de descanso no se
vayan a olvidar de la gran pasión popular brasileña.
Este éxito petrolero tiene sus raíces en los años 60 cuando se instaló en la
sociedad brasileña el concepto del desarrollo. Es por eso que se preservaron
las industrias estratégicas como la del petróleo. La búsqueda de una
autosuficiencia energética sobrevino con las crisis a partir de fines del 90.
Petrobras, que siempre se mantuvo como una empresa del Estado lideró la
búsqueda asociada a otras grandes empresas energéticas del mundo. El resultado
es ahora esta euforia petrolera que puede llevar al país a salir del
subdesarrollo. "Estamos en un momento bisagra. Podemos, finalmente,
convertirnos en una potencia o despilfarrar todo como ya lo hicieron otros
países. Hay que recordar que con petróleo uno puede ser Nigeria o Noruega.
Depende de lo que hagamos con esa riqueza", advierte el profesor André de
Mello e Souza, de la Universidad Católica de Río.
La reciente "épica" petrolera comenzó hace 20 años cuando Brasil decidió
apostar por la autosuficiencia energética. Desde entonces se hicieron
exploraciones en la costa y en varios puntos del territorio, incluida la
Amazonia. En el 2006 Petrobras anunció que iba a comenzar la prospección de la
cuenca marina de Campos con una extensión de 800 kilómetros entre Sperito
Santo y Santa Catarina. No lo hacía sola, sus socias eran la inglesa British
Gas y la española Repsol-YPF. El 8 de noviembre del año pasado sobrevino la
primera gran noticia: se encontró el campo de Tupí a 240 km. de la costa de
Río de Janeiro con una reserva calculada en unos 8.000 millones de barriles.
Esto elevaba las reservas brasileñas en un 50%. No habían pasado dos meses que
en enero, cuando Río rebasaba de turistas, que aparece en la prensa la noticia
de que muy cerca de Tupí se había hallado un campo de gas natural enorme que
podría abastecer todas las necesidades de ese fluido en el país. Lo bautizaron
como Júpiter.
La gran sorpresa la dio el director de la Agencia Nacional de Petróleo,
Haroldo Lima, cuando en un simposio sobre energía lanzó una verdadera bomba de
espeso crudo. "Puedo adelantar que en forma oficiosa fui informado por
Petrobras del hallazgo del que puede ser el tercer mayor campo de petróleo del
mundo", dijo Lima y la noticia corrió por las canaletas informativas como si
se hubiera producido un derrame. Era el 14 de abril y el descubrimiento era el
campo Carioca/Pan de Azúcar, a unos 220 km. de la costa de Río de Janeiro, con
unas reservas estimadas en 33.000 millones de barriles. Esto colocó a Brasil
en el octavo lugar en la lista mundial de productores de crudo y las acciones
de Petrobras hicieron explotar el Bovespa de San Pablo. La petrolera brasileña
se convertía en la tercera empresa más grande de las Américas y superaba
largamente, por ejemplo, a Microsoft con un valor estimado en los 200.000
millones de dólares.
El 30 de abril, el gobierno de Lula recibió un regalo inesperado que le creó
el envoltorio perfecto al nuevo productor petrolero. La agencia de
calificación de riesgo Standard & Poor's le elevó al país su nota de grado de
inversión (investment grade), lo que le permite ingresar en el grupo de
naciones consideradas de bajo riesgo para inversiones externas. "Esto
demuestra que este es un país serio", lanzó Lula. Y agregó: "Es una conquista
del pueblo brasileño que esperó por esto durante tantos y tantos años. Es el
aval de que pasamos a ser dueños de nuestra propia nariz, y podemos determinar
la política que creamos conveniente".
Y cuando todos creían que ya no podía haber más sorpresas y descubrimientos el
13 de junio apareció un nuevo yacimiento, el de Guará, ubicado a 310
kilómetros de la costa de San Pablo y a 5.000 metros de profundidad, debajo de
la denominada capa de pre-sal. No se informó del potencial de esta zona pero
fuentes privadas sumaron otros 8.000/10.000 millones de barriles a las
reservas. "Estamos sorprendidos. Hubo otro fantástico descubrimiento de
petróleo. Nuestra industria de etanol es extremadamente avanzada y el
potencial hidroeléctrico es extraordinario. Todo esto nos capacita para
convertirnos en una potencia energética en 10 años", decía feliz el ministro
de Desarrollo Miguel Jorge.
En el astillero de Angra dos Reis festejan como si el "oro negro" fuera a
salir ahí en ese momento. "Es que aquí vamos a tener trabajo por mucho tiempo.
Cuando terminemos la P-51 ya tenemos en puerta otra plataforma similar, la
P-56 y si seguimos encontrando petróleo vamos a llegar hasta la P-5000", dice
exultante el técnico Joao Barroso en una oficina repleta de ingenieros con sus
cascos blancos y camisas anaranjadas, listos para saltar de la computadora a
la sala de máquinas de la plataforma.
Aunque la historia, como siempre, no es tan rosa como la cuentan alrededor de
la P-51. Peter Wells que es el director de una de las empresas de
asesoramiento en temas petrolíferos del mundo, la Neftex Petroleum Consultants,
y ex gerente de exploraciones de la Royal Dutch Shell, asegura desde Londres
que "los costos de sacar este petróleo de alta mar va a superar los 240.000
millones de dólares, es decir unos 100.000 millones más que el yacimiento más
caro de explotar en el mundo que hasta ahora era el de Kashagan, en Kazajistán".
De todos modos, Wells no ve ningún problema para una inversión de ese tipo si
continúan los valores actuales del barril de petróleo a unos 140/150 dólares.
"Imagínese que lo que tienen ahí debajo de esos 10 kilómetros de agua, roca y
sal tiene un valor de al menos 6 billones de dólares. Esto puede colocar a
Brasil entre los 10 grandes productores de petróleo del mundo y en menos de
una década en una de las tres potencias que pueden dominar la economía
global", explica Wells.
Pero para Daniel Yergan de la Cambridge Energy Research Associated "este
petróleo no va a ser rentable si el precio baja de los 100 o 110 dólares el
barril". Stephen Ellis, de la consultora Morningstar de Chicago, una de las
líderes en el mercado petrolero, cree que "el problema básico para Brasil será
encontrar ahora todos los elementos necesarios para sacar todo ese petróleo lo
antes posible. Sólo entienda que se están alquilando en el mundo plataformas
de alta mar por 600 millones de dólares por día. Pero para Candida Scott,
también de la Cambridge Energy, la ecuación va a funcionar si junto al crudo
se aprovecha el gas que hay allí debajo. "Tupí es un 80% petróleo y un 20%
gas. Por cada barril de crudo se pueden sacar entre 700 y 1.000 pies cúbicos
de gas. Y esto es un gran negocio".
Todo esto coloca a Brasil en una nueva situación como nación y por ende en su
relación con sus vecinos. "Desde ya consolidará su liderazgo regional y podrá
enfrentar con su modelo de izquierda moderada de Lula al
populismo-revolucionario del venezolano Hugo Chávez", explica María Regina
Soares del Instituto Universitario de Pesquisas de Río de Janeiro (IUPERJ). "Y
esto va a traer expectativas. Por un lado, temor por la supuesta
hegemonización brasileña y por el otro, cómo un país tan rico no va a ayudar a
sus vecinos pobres como Bolivia o Ecuador". Soares aclara que "a Itamaraty
(cancillería) le interesa una estrategia de largo plazo en la que haya un
crecimiento regional. La región, y sobre todo Argentina, es muy importante
para las exportaciones y la internacionalización de las empresas brasileñas".
La gran pregunta que se hacen ahora los brasileños es si esos oleoductos y
gasoductos van a pasar por el patio de sus casas dejando algunas de las
enormes ganancias. Y aquí hay un consenso generalizado en la dirigencia
brasileña de que no va a ocurrir lo que sucedió en la Venezuela de los 80 en
la que se dilapidó la riqueza del petróleo, o los países árabes donde una
pequeña elite se queda con todos los beneficios. "Hoy Lula tiene un gran
apoyo. Las encuestas le dan casi el 60% en este momento. Y también creemos que
si no está Lula en el poder ya será muy difícil que se puedan revertir las
políticas redistributivas que puso en práctica este gobierno. Si no es Lula y
es Serra (el socialdemócrata gobernador de San Pablo) o quien sea, creo que
acá ya no vamos a cambiar de rumbo", explica, optimista, Tiao Santos,
representante de organizaciones de residentes en favelas de la ONG Viva Río.
Tiao se refiere, por ejemplo, al programa Bolsa Familia que beneficia a 11
millones de brasileños y reciben mayores subsidios si envían a sus hijos a la
escuela o los vacunan. De acuerdo a un trabajo de la encuestadora Observador/Ipsos,
en los dos últimos años 23 millones de personas dejaron la marginalidad para
ascender a una escala social más alta. Pero al mismo tiempo, Brasil padece una
epidemia de dengue inédita; en las favelas se instaló una nueva condición que
se denomina "pobreza con falta de libertad" a causa del accionar de los
narcotraficantes; y la deforestación de la Amazonia continúa rampante.
En el astillero Bras Fel de Angra dos Reis suena una larga sirena que marca el
fin del turno de la tarde y el comienzo del de la noche. Miles de trabajadores
entran y salen de entre las estructuras tubulares de la P-51 con tanto
movimiento como si alguien hubiera pateado un hormiguero. A un costado, del
lado de la administración, hay otros cientos que aguardan en una fila
interminable con papeles en la mano. Son los que ya se agolpan para cuando
abran las oficinas mañana por la mañana. Buscan un puesto entre los 14.000
nuevos trabajos que se están creando. Quieren ser parte directa de este
milagro brasileño.