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Ingrid Betancourt junto al presidente Uribe,
el día de su rescate. |
La rápida toma de distancia por la que optó la antigua rehén de las
FARC Ingrid Betancourt respecto del presidente Alvaro Uribe es apenas uno de
los síntomas de las enormes dificultades que presenta un futuro proceso de
pacificación del país, si el grupo guerrillero estuviera dispuesto a abandonar
el camino de la lucha armada.
Por Oscar Raúl Cardoso - Clarín
Betancourt hizo un pedido a Uribe, pero también a la clase política colombiana
para que redujeran su "lenguaje de odio, radical, extremista" contra las FARC
porque de otro modo cualquier intento de negociación, dijo, estará condenado
de antemano.
Desde el comienzo del primer mandato de Uribe, el gobierno ha buscado despojar
a las FARC de toda connotación aceptable o "romántica". Uribe se indigna si
alguno de sus interlocutores llama al grupo "guerrilleros" y no "terroristas".
El problema no es esta adjetivación común en muchas partes sino que acompaña a
amenazas de aniquilamiento. Esto se da de bruces con los llamados del propio
Uribe y de sus ministros para que las FARC depongan las armas y se reintegren
a la sociedad.
Seguramente tras la reciente liberación de 15 rehenes –incluida la propia
Betancourt--, Uribe no tiene el oído afinado a las advertencias de la ex
rehén. La más reciente encuesta le da al presidente un 98% de aprobación. Con
este porcentaje la posibilidad de una segunda reelección –hoy vedada por la
ley-- se le ha colocado al alcance de la mano.
Por cierto que estas dificultades tienen precedente. En 1985, el entonces
presidente Belisario Betancourt puso en marcha una negociación con las FARC
que llevó a una desmovilización parcial de la organización e incluso ésta puso
en marcha un partido político, Unión Patriótica. Pero el experimento pronto
naufragó. Los dirigentes, afiliados y simpatizantes de Unión Patriótica
sufrieron numerosas bajas en operaciones de asesinato que fueron atribuidas a
narcotraficantes y también a paramilitares.
En 1999, otro presidente, Andrés Pastrana, concedió a las FARC una amplia
porción de territorio en el cual estarían a salvo de los ataques del Ejército.
Este ensayo caducó en el 2002 y dejó evidencia de que las FARC usaron el
"territorio liberado" para reagruparse y rearmarse.
Un dato adicional de lo complejo del problema es que se han vuelto a instalar
las versiones sobre lo ficticio del relato oficial colombiano sobre el
operativo de liberación. El diario francés Mediapart aseguró que el
rescate no fue producto de un operativo militar sino de una "larga
negociación" entre Bogotá y las FARC en la que colaboraron Israel y Estados
Unidos.