Los gremios agropecuarios de Argentina
"no pueden ejercer el papel de oposición", una "representación que
no les fue asignada" en forma democrática y que los llevaría al
"fracaso", como ocurrió con los medios de comunicación en Venezuela
cuando intentaron lo mismo, estimó el politólogo Aníbal Pérez-Liñán
en una entrevista con IPS.
Entrevista de Diana Cariboni - IPS
A pesar del conflicto, la presidenta Cristina
Fernández presenta por ahora "una posición más o menos segura" en
los tres frentes que pueden desencadenar algún tipo de final
anticipado de su mandato: una cadena de escándalos mediáticos, una
movilización popular amplia y un Congreso dispuesto a enfrentar al
Poder Ejecutivo, opina el experto, que ha estudiado las crisis
presidenciales de distinto signo en América Latina.
Doctorado en la Universidad de Notre Dame y profesor asociado de
ciencia política en la Universidad de Pittsburgh, Pérez-Liñán
publicó el año pasado el libro titulado "Presidential Impeachment
and the New Political Instability in Latin America" (Juicio político
presidencial y la nueva inestabilidad política en América Latina).
En ese trabajo analiza 58 crisis en 19 países de la región entre
1950 y 2004, pero el foco está puesto en los procesos posteriores a
1980, marcados por la notoria caída de las intervenciones militares.
Esas crisis, que pueden acabar o no con un "impeachment" (o juicio
político en un sentido amplio), se vinculan a una marcada caída de
la popularidad presidencial, generalmente asociada a problemas
económicos, reformas neoliberales impopulares y escándalos
mediáticos. Pero la forma en que estos factores aparecen e
interactúan obedece a ciertas mecánicas expuestas por Pérez-Liñán.
Por ejemplo, el papel que su análisis asigna a la prensa, que puede
verse o no incentivada a investigar escándalos, según la marcha de
la economía y el grado de popularidad del gobierno.
En las últimas semanas, Argentina vivió por momentos el espejismo de
la inestabilidad que acabó con la huida del presidente Fernando de
la Rúa a fines de 2001, cuando sólo había cumplido la mitad de su
mandato de cuatro años.
El conflicto se desató en marzo entre el gobierno de Fernández y las
asociaciones agropecuarias por el aumento de un impuesto a las
exportaciones, y se agudizó con rutas bloqueadas, desabastecimiento
y protestas en varias ciudades. Según encuestas publicadas en junio,
la presidenta sufrió una pérdida de popularidad de 26 por ciento.
A continuación, fragmentos de la entrevista sostenida por correo
electrónico.
IPS: --¿En qué aspectos se acerca la actual situación al modelo de
juicio político que se propone en su libro?
ANÍBAL PÉREZ-LIÑÁN: --La situación típica parece reunir tres
elementos: una cadena de escándalos que erosiona la posición del
gobierno, una movilización popular que integra a varias clases
sociales en contra del presidente, y un Congreso legislativo
dispuesto a enfrentar al Poder Ejecutivo. A pesar de la crisis,
Fernández parece presentar una posición más o menos segura en estos
tres frentes.
Los escándalos no son sólo producto de la corrupción, indican además
la disposición y capacidad de la prensa para difundir esos actos,
así como la reacción del público frente a esas noticias.
Cuando la economía funciona bien, las noticias de corrupción tienden
a tener menor impacto, las fuentes tienen menos interés en hablar, y
los editores tienen menos interés en investigar y enfrentar al
gobierno a través de sus publicaciones.
En cambio, si la economía está en crisis, la opinión pública tiende
a tornarse más sensible y moralista, las fuentes tienden a filtrar
más información, y los editores tienen más oportunidades e
incentivos para investigar. Esto puede generar un círculo vicioso.
Hasta ahora, el crecimiento económico y la popularidad que acarreó,
así como un manejo muy estricto de la política mediática para evitar
filtraciones, han protegido bastante al gobierno de los escándalos
de corrupción, pero hay señales claras de que la inflación es un
problema insoluble y de que la prensa se está tornando más hostil,
lo que podría anticipar un ciclo de escándalos.
La protesta popular parece ser decisiva cuando se forma una
"coalición callejera" de múltiples sectores sociales que buscan la
caída del presidente. Los cacerolazos recientes han representado un
desafío, pero se han concentrado en la clase media urbana y no se
han extendido a los sectores populares de la periferia de las
grandes ciudades.
Estos sectores son castigados por la inflación, y por eso no puede
descartarse su movilización en el futuro. Por ahora está en parte
controlada por los punteros peronistas (dirigentes de base del
gobernante Partido Justicialista), de modo que el gobierno lleva
cierta ventaja en esto frente a la administración de De la Rúa.
La lealtad del Congreso parece garantizada a menos que el peronismo
se fragmente y abandone el barco del gobierno.
Esto no sería fácil, salvo que se produjese una amplia movilización
popular contra el gobierno, lo que llevaría a ciertos líderes a
distanciarse para salvar su futuro. Una inflación incontenible y una
secuencia de escándalos podría llevar a esto, pero tal situación
parece improbable en el futuro inmediato.
--A fines de junio, después de 100 días de conflicto, la presidenta
decidió presentar un proyecto de ley que contiene la medida
administrativa que desencadenó el conflicto, dando por primera vez
una voz al parlamento en la crisis. ¿Usted cree que el Congreso
puede jugar ese papel de "escudo" del Poder Ejecutivo que plantea en
su libro?
--Lo que está en juego en este momento no es la supervivencia del
gobierno, sino su capacidad para imponer políticas en forma
unilateral. Por ende, el Congreso no tiene necesidad de escudar a la
presidenta. Pero sí podría escudar al gobierno en el sentido de
legitimar la política no negociada de retenciones.
No resulta claro que los legisladores, excepto los muy vinculados al
Poder Ejecutivo, tengan incentivos para darle semejante poder a la
presidenta.
--Una particularidad de Fernández es que, por primera vez, un
presidente peronista no es a la vez jefe del gobierno y del partido.
¿Le atribuye alguna importancia a eso?
--No mucha. Creo que la Casa Rosada (sede del gobierno) va a tener
un control más o menos firme de las redes peronistas mientras la
economía funcione y no haya descontento generalizado.
Pero los líderes de la confederación peronista son implacables
cuando anticipan el fracaso. Al igual que en el Imperio Romano, el
fracaso del jefe supremo prueba que su legitimidad se ha perdido y
que debe comenzar la lucha por el poder.
--El antecesor de Fernández, su marido Néstor Kirchner, asumió la
presidencia en 2003 con algo más de 20 por ciento de los votos, y
dejó el cargo con una gran popularidad. A ella le ha pasado lo
contrario, obtuvo 46 por ciento de sufragios y hoy su imagen está
deteriorada. ¿Cómo explica usted este fenómeno?
--Quizás sea mejor tomar los períodos de Néstor y Cristina como
ciclos de una misma administración.
El porcentaje de los votos en la elección de Kirchner estuvo muy
influenciado por la fragmentación del peronismo en 2003. El gobierno
explotó el momento de prosperidad económica y cosechó los réditos
con la "reelección" de 2007, pero ahora comienza a enfrentar las
consecuencias de las malas decisiones y de su estilo poco
negociador.
La trayectoria parece similar a la de (Carlos) Menem (presidente por
dos períodos consecutivos entre 1989-1999), y el momento quizás
sería comparable a 1996-1997, pero con un ciclo de caída más
acelerado, porque este gobierno apostó al conflicto desde el
comienzo.
Movilización y oposición
--Usted se manifiesta pesimista sobre el papel de las movilizaciones
populares que acabaron con caídas presidenciales, en su capacidad de
mejorar la calidad de la democracia. Desde esa perspectiva, ¿qué
papel cree que están jugando las protestas de los gremios
agropecuarios?
--Mi interpretación de las movilizaciones no es pesimista, sino de
preocupación. La política basada en las movilizaciones y los
piquetes (bloqueos de caminos) indica que las instituciones, y los
líderes políticos que ejercen esos roles de poder, son incapaces de
anticipar y responder las demandas de la sociedad.
La movilización también indica que los ciudadanos están dispuestos a
reclamar al Estado, lo que en sí mismo es una buena señal para la
democracia.
Pero no es claro que las movilizaciones por sí mismas resuelvan el
problema de fondo, la incapacidad del Estado para identificar las
cuestiones sociales críticas y formular soluciones de consenso.
De hecho, una de las respuestas del gobierno frente a este problema
ha sido la cooptación clientelar de los movimientos sociales, lo que
a largo plazo atenta contra la misma capacidad del Estado para
generar políticas igualitarias.
En segundo lugar, a diferencia de la representación electoral, que
pone a todos en condiciones de igualdad, la participación a través
de piquetes premia a los movimientos sociales con mayor capacidad de
organización.
Sin embargo, no es claro que estos movimientos tengan capacidad de
representar a toda la sociedad y tampoco se espera que lo hagan. Y
por ende la política de las movilizaciones puede generar una
competencia por la distribución de los recursos públicos en la que
la mayoría no organizada queda en condiciones desventajosas.
--En los últimos meses la prensa planteó el conflicto en términos de
"gobierno versus campo", casi como si el "campo" ejerciera el rol de
opositor. ¿Cree que los sectores agropecuarios están ocupando un
papel que corresponde a la oposición?
--El problema de la representatividad está claramente expuesto en el
caso de la movilización del campo. En una lectura nacional-popular
muy tradicional, la movilización de los piqueteros es legítima
porque representa al "pueblo", mientras que la movilización del
campo no lo es porque representa a la "oligarquía".
Pero el mecanismo de participación política es el mismo, los
ciudadanos de uno y otro grupo están utilizando una forma de acción
política que fue legitimada por la crisis de 2001.
Los productores agropecuarios, sin embargo, no pueden ejercer el
papel de oposición; eso sería reclamar un grado de representación
ciudadana que no les fue asignado por ningún procedimiento
democrático y que, creo, los llevaría al fracaso político, algo
similar a lo que ocurrió con los medios de comunicación en Venezuela
cuando intentaron ejercer el papel de oposición al gobierno de Hugo
Chávez.
La movilización del campo solamente puede alcanzar cierto grado de
éxito en la medida en que su reclamo tenga un objetivo muy preciso y
moderado.
Sin duda las consecuencias de este proceso para el sistema político
pueden ser más amplias, por ejemplo, se están agudizando las
divisiones en el partido de gobierno, pero esto está más allá del
papel específico del campo y queda fuera de su control.