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.Luz, cámara, Chávez

 
 

(IAR Noticias) 17-Junio-08

 “Aló, Presidente” no es más que un ejercicio de comunicación, instrumento del deseo revindicado de una “hegemonía” ante el terrorismo de los medios de oposición.

Tribuna política por excelencia, “Aló, Presidente” deja en claro que Hugo Chávez es el productor y estrella de un programa que ha roto los esquemas tanto por su inmediatez, contenido y duración.

Por
Jean-Pierre Langellier
- Le Monde

Primero está la decoración. Un austero escritorio de madera plantado frente a la cámara.

Arriba, un pequeño bote con lápices y plumas; un vaso de agua y una taza de café; tarjetas cubiertas de notas, mapas, archivos, libros y la constitución. Al fondo, una fábrica.

Después está el público, todo vestido de rojo. Seleccionado cuidadosamente y debidamente fichado. Algunos cientos de militantes, sentados prudentemente y siempre dispuestos a aplaudir en un ambiente bien portado. Los obreros llevan puesto su casco de trabajo. Madres de familia meritorias y al parecer fascinadas de estar allí.

Las autoridades locales en pleno, en este caso, las del estado de Falcón, en el noreste de Venezuela, y un ramillete de militares en uniforme. En primera fila, uno o dos ministros y los invitados de nota: el embajador de China, el del “valiente pueblo anti-imperialista” de Irán, y la embajadora de Argentina, que lleva una chaqueta militar.

En fin, y sobre todo, detrás del escritorio está el personaje principal del espectáculo, a la vez actor y director: Hugo Chávez, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Lleva una camiseta y una camisa bermejas. Como Fidel Castro, su modelo, Chávez es un brillante comunicador, un orador infatigable. Claro, pedagógico, cálido y en ocasiones divertido. Utiliza el lenguaje simple y directo del pueblo.

Proclamas y maniobra

Son las 11 de la mañana del domingo 11 de junio. Ya puede comenzar el episodio número 312 del folletón político dominical “¡Aló, Presidente!”. Se transmitirá en vivo por VTV, la cadena pública de televisión y por las ondas de la Radio Nacional.

Chávez aviva el auditorio con algunas frases selectas. En dirección de Estados Unidos: “¡Yankis, go home! Gringos, ¡somos libres!”. O a la atención de Castro, a quien envía “un abrazo profundo”: “Fidel, ¿dónde estás?” Evoca al “Che” Guevara, el “gigante argentino”. Chávez le presenta después al público a la gente que cuenta. Eso lleva un buen tiempo. El micrófono circula de mano en mano, mientras cada quien expresa sus agradecimientos.

Se pasa a la lección de historia, ilustrada con una breve película. El tema del día: vida y obra del mariscal Antonio José de Sucre (1795-1830), teniente del Libertador Simón Bolívar. Honor supremo otorgado por Chávez al glorioso difunto: Sucre era “socialista”.

Regreso a la actualidad. Un enlace por satélite con la ciudad de Puerto Cabello le permite a un oficial explicar, mapa en mano, las maniobras aeronavales que permitieron el lanzamiento, dos días antes, de los primeros misiles a partir de un patrullero y de cinco aviones Sukhoi 30. Los pilotos recibieron la orden de “hacer fuego a discreción, por la dignidad de Venezuela”. Una secuencia muestra la organización de la defensa civil en las playas, en caso de ataque marítimo. Después llega el plato fuerte político, el que estará en primera plana al día siguiente. Chávez le exige a la guerrilla colombiana que libere a todos los rehenes y deponga las armas.

Después pasa a las realizaciones concretas de “la patria socialista”. Y primero a esta fábrica de “piedra molida”, donde se muele la roca para convertirla en arena. El “batallón” de obreros se pone de pie. Chávez se permite una agudeza a costillas de George W. Bush, a quien quisiera ver “pasar por la trituradora”.

Toma unos marcadores y, con la mano izquierda, traza las líneas en primer plano sobre los esquemas de producción, promesa de una porvenir grandioso. Ese es su lado mitad instructor, mitad estratega en campaña. Pasa enseguida a los trabajos prácticos, montándose a horcajadas por unos minutos en una bicicleta atómica, el más reciente producto de la cooperación con Irán.

Plataforma comunicacional

 “Aló, Presidente” no es más que un ejercicio de comunicación, instrumento del deseo revindicado de una “hegemonía” ante el “terrorismo” de los medios de oposición. Es un acto de Gobierno en el que Chávez anuncia decisiones importantes: la movilización de sus tropas a la frontera colombiana a principios de abril; la estatización de una empresa; la expropiación de una granja; la destitución de un ministro.

Es esta tribuna desde donde interpela a tal comentarista o a tal caricaturista “Entonces, ¿cuánto has recibido del imperio?”- o a tal ministro: “Me caes bien, pero si no haces tus cosas, tendré que reemplazarte”.

Esquivando la administración, la proverbial ineficacia, que él deplora, Chávez lleva directamente al pueblo las buenas nuevas, puntuadas de lemas, lejos del palacio presidencial.

La gran mayoría de esos programas se desarrollan en provincia, en una escuela, una explotación agrícola, un parque nacional, una planta petroquímica, una academia militar o incluso en un sitio arqueológico precolombino. Y en ocasiones en el extranjero, como ante el mausoleo del Che, en Santa Clara, lugar santo de la revolución cubana.

La segunda parte del programa es un diálogo entre el Presidente y los asistentes, que le hacen preguntan sobre diversos problemas de la vida cotidiana. Chávez ya está en su segundo café. Cada media hora le llevan una taza de guayoyo, un café ligero y muy azucarado.

Cuando termina el programa, Chávez lanza una vez más el lema de moda: “¡La patria, el socialismo o la muerte!”, e invita a la asistencia a cantar alegremente, mientras hace su aparición una orquesta. Este domingo, el maratón presidencial duró alrededor de seis horas. Aún no se ha roto el récord impuesto el 23 de septiembre de 2007, de ocho horas y ocho minutos.

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