Tribuna política por excelencia,
“Aló, Presidente” deja en claro que Hugo Chávez es el productor y estrella
de un programa que ha roto los esquemas tanto por su inmediatez, contenido y
duración.
Por
Jean-Pierre
Langellier - Le Monde
Primero está la decoración. Un austero escritorio de madera plantado frente a
la cámara.
Arriba, un pequeño bote con lápices y plumas; un vaso de agua y una taza de
café; tarjetas cubiertas de notas, mapas, archivos, libros y la constitución. Al
fondo, una fábrica.
Después está el público, todo vestido de rojo. Seleccionado cuidadosamente y
debidamente fichado. Algunos cientos de militantes, sentados prudentemente y
siempre dispuestos a aplaudir en un ambiente bien portado. Los obreros llevan
puesto su casco de trabajo. Madres de familia meritorias y al parecer fascinadas
de estar allí.
Las autoridades locales en pleno, en este caso, las del estado de Falcón, en
el noreste de Venezuela, y un ramillete de militares en uniforme. En primera
fila, uno o dos ministros y los invitados de nota: el embajador de China, el del
“valiente pueblo anti-imperialista” de Irán, y la embajadora de Argentina, que
lleva una chaqueta militar.
En fin, y sobre todo, detrás del escritorio está el personaje principal del
espectáculo, a la vez actor y director: Hugo Chávez, Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela. Lleva una camiseta y una camisa bermejas. Como Fidel
Castro, su modelo, Chávez es un brillante comunicador, un orador infatigable.
Claro, pedagógico, cálido y en ocasiones divertido. Utiliza el lenguaje simple y
directo del pueblo.
Proclamas y maniobra
Son las 11 de la mañana del domingo 11 de junio. Ya puede comenzar el
episodio número 312 del folletón político dominical “¡Aló, Presidente!”. Se
transmitirá en vivo por VTV, la cadena pública de televisión y por las ondas de
la Radio Nacional.
Chávez aviva el auditorio con algunas frases selectas. En dirección de
Estados Unidos: “¡Yankis, go home! Gringos, ¡somos libres!”. O a la atención de
Castro, a quien envía “un abrazo profundo”: “Fidel, ¿dónde estás?” Evoca al
“Che” Guevara, el “gigante argentino”. Chávez le presenta después al público a
la gente que cuenta. Eso lleva un buen tiempo. El micrófono circula de mano en
mano, mientras cada quien expresa sus agradecimientos.
Se pasa a la lección de historia, ilustrada con una breve película. El tema
del día: vida y obra del mariscal Antonio José de Sucre (1795-1830), teniente
del Libertador Simón Bolívar. Honor supremo otorgado por Chávez al glorioso
difunto: Sucre era “socialista”.
Regreso a la actualidad. Un enlace por satélite con la ciudad de Puerto
Cabello le permite a un oficial explicar, mapa en mano, las maniobras
aeronavales que permitieron el lanzamiento, dos días antes, de los primeros
misiles a partir de un patrullero y de cinco aviones Sukhoi 30. Los pilotos
recibieron la orden de “hacer fuego a discreción, por la dignidad de Venezuela”.
Una secuencia muestra la organización de la defensa civil en las playas, en caso
de ataque marítimo. Después llega el plato fuerte político, el que estará en
primera plana al día siguiente. Chávez le exige a la guerrilla colombiana que
libere a todos los rehenes y deponga las armas.
Después pasa a las realizaciones concretas de “la patria socialista”. Y
primero a esta fábrica de “piedra molida”, donde se muele la roca para
convertirla en arena. El “batallón” de obreros se pone de pie. Chávez se permite
una agudeza a costillas de George W. Bush, a quien quisiera ver “pasar por la
trituradora”.
Toma unos marcadores y, con la mano izquierda, traza las líneas en primer
plano sobre los esquemas de producción, promesa de una porvenir grandioso. Ese
es su lado mitad instructor, mitad estratega en campaña. Pasa enseguida a los
trabajos prácticos, montándose a horcajadas por unos minutos en una bicicleta
atómica, el más reciente producto de la cooperación con Irán.
Plataforma comunicacional
“Aló, Presidente” no es más que un ejercicio de comunicación, instrumento
del deseo revindicado de una “hegemonía” ante el “terrorismo” de los medios de
oposición. Es un acto de Gobierno en el que Chávez anuncia decisiones
importantes: la movilización de sus tropas a la frontera colombiana a principios
de abril; la estatización de una empresa; la expropiación de una granja; la
destitución de un ministro.
Es esta tribuna desde donde interpela a tal comentarista o a tal
caricaturista “Entonces, ¿cuánto has recibido del imperio?”- o a tal ministro:
“Me caes bien, pero si no haces tus cosas, tendré que reemplazarte”.
Esquivando la administración, la proverbial ineficacia, que él deplora,
Chávez lleva directamente al pueblo las buenas nuevas, puntuadas de lemas, lejos
del palacio presidencial.
La gran mayoría de esos programas se desarrollan en provincia, en una
escuela, una explotación agrícola, un parque nacional, una planta petroquímica,
una academia militar o incluso en un sitio arqueológico precolombino. Y en
ocasiones en el extranjero, como ante el mausoleo del Che, en Santa Clara, lugar
santo de la revolución cubana.
La segunda parte del programa es un diálogo entre el Presidente y los
asistentes, que le hacen preguntan sobre diversos problemas de la vida
cotidiana. Chávez ya está en su segundo café. Cada media hora le llevan una taza
de guayoyo, un café ligero y muy azucarado.
Cuando termina el programa, Chávez lanza una vez más el lema de moda: “¡La
patria, el socialismo o la muerte!”, e invita a la asistencia a cantar
alegremente, mientras hace su aparición una orquesta. Este domingo, el maratón
presidencial duró alrededor de seis horas. Aún no se ha roto el récord impuesto
el 23 de septiembre de 2007, de ocho horas y ocho minutos.