Por Guillermo Almeyra - La Jornada, México
Por ejemplo, los cortes de luz, que eran constantes
y larguísimos, se han reducido mucho; el transporte colectivo urbano mejoró, y
la alimentación también, pero la comida no es muy variada, es cara y en buena
parte debe ser pagada en el peso convertible cubano. Sin embargo, servicios
públicos esenciales que fueron de calidad, como la salud pública y la educación,
se han deteriorado y en la actualidad son blanco de muchas críticas en la isla
y, sobre todo, la corrupción y el robo de los bienes del Estado (es decir, de
todos), lejos de reducirse han aumentado porque los salarios son cada vez menos
suficientes para hacer frente al aumento del costo de la vida y subsisten las
trabas a la autorganización de iniciativas populares que permitan reducir la
escasez.
Por consiguiente, son reales muchos de los problemas que enumera el artículo
de
Samuel Farber (“La vida después de Fidel”), publicado en la revista Sin
Permiso el 18 de mayo y, grosso modo, también tiene asidero su
visión de las cuatro corrientes político-ideológicas predominantes en estos
momentos en la dirección del partido y del Estado cubanos, a las que él define
como neoliberales, “comunistas de mercado”, partidarios de la aplicación en Cuba
de un sistema sinovietnamita (control férreo de un partido único sobre una
economía de libre mercado) y un puñado de los llamados “talibanes” o
“huerfanitos” ligados a Fidel Castro y a una política voluntarista de lucha
burocrática contra la burocracia y de medidas administrativas estatales contra
los vicios que resultaron o resultan del sistema.
Pero aunque sacarle una fotografía a la realidad cubana sea muy útil, mucho
más importante es colocar esa realidad en la dinámica de la economía mundial y
tratar de asir, de aprehender, las corrientes poderosas pero poco visibles que
se expresan en lo profundo de la sociedad y no en los sectores dominantes o sólo
indirectamente en éstos. O sea, la tendencia no revolucionaria o potencialmente
contrarrevolucionaria alimentada por el descreimiento en la revolución de parte
importante de la juventud urbana, sobre todo habanera, que está compuesta por
una polvareda de lumpen, de pequeños delincuentes, de gente que considera
normales los fraudes y los arreglos de todo tipo, y tiene como meta conseguir
dinero de cualquier modo y como lema: “primero yo”. Y, en la vertiente opuesta,
la tendencia revolucionaria, socialista, democrática y, en los hechos,
autogestionaria, que existe en capas juveniles y minoritarias de los
intelectuales y defiende a capa y espada las conquistas de la revolución (la
dignidad y la independencia de los cubanos, el sistema educativo y sanitario, la
democratización social con la incorporación de los negros, las mujeres y los
pobres en general, el internacionalismo).
El aumento del costo mundial de los alimentos y del petróleo se sentirá cada
vez más con mayor fuerza, ya que las medidas que se adoptaron para paliar este
problema (como la entrega de tierras y apoyos a los campesinos o las
exploraciones petroleras) no darán frutos en el corto plazo y además los
ingresos por concepto de turismo, que sirven para pagar las exportaciones, se
reducirán, porque la crisis económica afectará el poder adquisitivo de las capas
más pobres de turistas de las clases medias europeas y canadienses, y encarecerá
los viajes en avión a la isla y los productos de consumo que debe comprar la
hotelería cubana.
El crecimiento de la economía cubana será afectado, las necesidades sin
satisfacer persistirán, y con ellas subsistirá la tensión política y social que
la apertura relativa a los sectores que reciben dólares de los emigrados (poder
viajar, comprar electrodomésticos, ir a hoteles de lujo) no podrá calmar, ya que
ni los pobres urbanos, los lumpenes ni los estudiantes e intelectuales radicales
se cuentan entre los beneficiarios de esas medidas distensivas.
Además, Cuba no tiene, como China o Vietnam, una enorme masa de mano de obra
barata disponible. La de la isla es escasa y debido a lo obsoleto del
equipamiento industrial y agrícola es relativamente cara y tiene baja
productividad, aunque tenga alta creatividad potencial y buen nivel cultural, y
el país no es rural sino que 75 por ciento de su población es urbana.
La gente común (sobre todo los jóvenes que entraron en la pubertad en los
años 80) se ha formado en la crisis y en la escasez durante más de 20 años y
deberá seguir remando con gran esfuerzo contra la corriente. El efecto
sicológico y político de este hecho es y será enorme, y tiende a polarizar más
la sociedad entre el ala desesperanzada u hostil y la que busca una renovación
radical, aunque en el centro, entre los burócratas, los miembros del partido y
los intelectuales (es decir, en las capas privilegiadas y dominantes, incluyendo
en éstas a los miembros del partido en uniforme que aunque forman un grupo
particular también tienen diferencias internas), se muevan las tendencias que
apunta Samuel Farber.
Pero lo importante es que en Cuba la protesta estudiantil y la de los
intelectuales no es igual a la que existió en su momento en la Unión Soviética o
en Checoeslovaquia, pues es liberalizadora, potencialmente libertaria, no
neoliberal, y tiene fuertes elementos democráticos y autogestionarios que
aparecen esbozados en artículos de importantes revistas cultural-políticas. Lo
importante es también que el pueblo cubano se formó en grandes experiencias
políticas, aunque con una dirección que parecía omnipotente porque se apoyaba en
ese consenso siempre renovado. Y lo importante, por último, es que la crisis de
desarrollo, en todos los sentidos, que encara Cuba, tiene lugar cuando hay en
América Latina un entorno favorable y una crisis profunda del enemigo
imperialista. Todo está en juego.
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