Conviene no subestimar la apertura que está alentando Cuba, que incluye
desde la seducción de inversiones hasta un amplio sistema de relaciones con el
mundo.
Por
Marcelo Cantelmi - Clarín
El historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira intenta una
explicación y sostiene que "EE.UU. siempre vio a Cuba como parte de su
territorio y no le perdonó la rebeldía de hacer una revolución".
El planteo procura desentrañar la causa del doble rasero que Washington
aplica a un trío significativo de naciones comunistas: la isla caribeña, China y
Vietnam. Al revés que Cuba, los otros miembros de este triángulo son socios
comerciales de Occidente, uno grande, el otro pequeño y no son sometidos a los
varapalos de las autoridades norteamericanas para que transformen su régimen en
democracia liberal como condición excluyente de cualquier consideración.
Esos tonos impregnados de fundamentalismo no son, sin embargo, lo
esencial a observar sino, hoy más que antes, la incapacidad concluyente de la
clase política norteamericana (i.e. todos los candidatos han prometido
mantener el embargo contra la isla) para procesar fuera de cualquier disputa
ideológica los cambios objetivos que experimenta la revolución castrista.
Desde que Raúl Castro asumió en febrero de 2008 la presidencia de Cuba y en el
interregno que inició en julio de 2006 por la enfermedad de Fidel, el país
muestra una serie de cambios graduales que van lejos de ser cosméticos.
Hay una matriz que está mutando tendiente a atraer inversiones para
apagar el peligro de salarios exiguos que "generalizan manifestaciones de
indisciplina social" según la propia síntesis provocadora de Raúl Castro. Y al
mismo tiempo generar mayor eficiencia en la estructura del Estado por
medio del reconocimiento de las tendencias productivas individuales.
El desafío para esta dirección es cómo llevar adelante la transformación sin
perder el control ni resignar los símbolos revolucionarios, una cuestión que
está en el centro de la sorda disputa en la isla entre "inmovilistas" y
"renovadores", una contradicción que no es claro si se manifiesta en la cumbre
del poder. Raúl Castro ha propuesto sin vueltas que "habrá que introducir los
cambios estructurales y de conceptos que sean necesarios". Y aunque Fidel bramó
ominoso desde sus columnas "¡Cambio! sí, en EE.UU." ya en 2006, y aún antes de
enfermar, anticipó en un libro-reportaje a Ignacio Ramonet que "estamos
marchando hacia un cambio total de nuestra sociedad".
¿En qué consiste ese cambio? En Cuba los salarios hoy rondan los US$ 15
dólares o unos 300 pesos cubanos que son gravemente insuficientes aun para los
parámetros de la isla donde, además, conviven dos monedas: el peso nacional,
medio de pago de la mayoría de los cubanos y el convertible o CUC con una
paridad de 25 pesos por dólar. El impacto social se advierte si se tiene en
cuenta que un médico o un maestro ganan 10 ó 12 dólares, mientras que un chofer
de taxi, que suelen ser universitarios, embolsa 10 veces más por el contacto con
los turistas, las propinas o el propio pago de los viajes.
Pero Cuba también confronta problemas estructurales que se complican tanto
por el embargo como por la escalada incesante de cereales y petróleo. La
isla importa cerca de 80% de los alimentos que consume, aunque la mitad de sus
tierras cultivables están ociosas o subutilizadas.
Este plan de cambios parece mirarse en el espejo no tanto del modelo de "reforma
y apertura" aplicado por China en 1978 sino en el "Doi Moi" o Renovación
Multifacética que el Partido Comunista de Vietnam, muy cercano a La Habana,
lanzó a partir de su VI Congreso de 1989. Ese esquema desbarató el sistema de
colectivización forzosa y estímulos morales que impuso el fallecido presidente
Le Duan tras la reunificación en 1975, luego del triunfo militar de Ho Chi Minh
sobre EE.UU.
Los vietnamitas, cuyo país se debatía en una pobreza superior al 70% e importaba
todos sus alimentos, descartaron como salida el caótico ejemplo de la
perestroika soviética. Imitaron en cambio el modelo chino de Deng Xiao Pin.
Algunos de los cambios son asombrosos. Advirtieron que la socialización
forzosa no eliminaba los esquemas de desarrollo individual o familiar sino que
continuaban funcionando en los márgenes y aun en la ilegalidad. Decidieron
abandonar lo que llamaban la "mercadofobia" y el paternalismo. Y garantizar
todas las formas de propiedad: de ahí lo "multifacético" de la propuesta
"introduciendo un mecanismo económico basados en la utilización de las leyes del
mercado reguladas por el Estado".
En un auténtico ejercicio de trapecio postularon que "la economia mercantil no
es un atributo exclusivo del capitalismo, es una conquista de la humanidad" y
elemento necesario "en la transición al socialismo". La otra pata del Doi Moi
fue la extensión de la relación con todos los países, organismos y empresas
trasnacionales. Con esa fórmula pragmática, que vale señalar difiere
radicalmente de modelos como el bolivariano, aliado central de Cuba —son
conocidas las distancias entre Raúl Castro y Hugo Chávez—, Vietnam multiplicó
por diez los ingresos de la población, cuadruplicó el PBI y redujo hasta 20% la
pobreza. Esta China en pequeño bajo control rígido del PC crece un 9% y pasó de
importar arroz a ser el segundo productor del mundo.
Raúl Castro debe saber de qué se trata. Ha sido ministro de Defensa desde
el inicio de la revolución, cargo que aún conserva. Las fuerzas armadas en Cuba
gestionan 844 empresas, 30% del total del país. Esas firmas, que van desde el
azúcar, la agricultura o hasta el turismo vinculan el estímulo salarial con los
resultados. De ahí que, según datos oficiales, sólo 7% de las gestionadas por el
Ejército registraron pérdidas en 2006 frente al 38% del total nacional que
terminaron en rojo. Algo similar sucede con el campo. Las cooperativas privadas
que son más de 1.500 poseen sólo una fracción de tierras pero producen cerca del
60% de los productos agropecuarios.
Es por eso que entre los cambios aperturistas se destaca el acceso a
maquinaria agrícola. La liberación de disidentes, la conmutación de penas de
muerte, la agilización del caso de Hilda Molina son gestos en aquella línea
vietnamita del amplio relacionamiento con el mundo. Son las llaves para que
Europa en principio se abra a este modelo que, en absoluto, conviene ser
subestimado.
******