ay por supuesto
importantes diferencias entre las situaciones imperantes en estos países.
Algunos de estos gobiernos parecen estar muy cerca del centro. Otros se
expresan en un lenguaje más revolucionario. Y hay algunas excepciones
–notablemente Colombia, Perú y México (aunque en México, el gobierno
conservador ganó las últimas elecciones con más o menos el mismo grado de
legitimidad que Bush al ganar las elecciones de 2000 en Estados Unidos). La
cuestión real no es si América Latina se ha movido hacia la izquierda sino
qué tan a la izquierda se ha movido.
Me parece que hay cuatro diferentes tipos de evidencia que uno podría
invocar para decir que América Latina se ha movido a la izquierda. El primer
tipo es que todos estos gobiernos, de una u otra manera han buscado
distanciarse de Estados Unidos en un grado o en otro. En todos estos casos
el gobierno de Bush habría preferido que ganaran sus oponentes electorales.
En el pasado, Estados Unidos tendía a trabajar para lograr su remplazo, de
hecho su derrocamiento. Pero la decadencia del poderío estadunidense en el
sistema-mundo, y en particular la preocupación de Estados Unidos por las
guerras que viene perdiendo en Medio Oriente, le han secado la energía
política con la que previamente se movía decididamente en América Latina.
Una evidencia de esto es el fallido golpe de Estado contra Chávez en 2002.
¿Cómo fue que estos gobiernos pusieron distancia entre ellos y Estados
Unidos? Hay varias formas. En 2003, Estados Unidos fue incapaz de persuadir
a los dos miembros latinoamericanos del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas de que respaldaran la resolución que buscaba legitimar la invasión
estadunidense a Irak. En la última elección para secretario general de la
Organización de Estados Americanos (OEA), perdió el candidato apoyado por
Estados Unidos, lo cual nunca había ocurrido en la historia de la OEA. Y
cuando el único amigo seguro de Estados Unidos en la América Latina de hoy,
Colombia, se metió en un pleito grave con Venezuela y Ecuador, los otros
Estados latinoamericanos se pusieron, de hecho, del lado de Ecuador y
Venezuela. Ecuador se está rehusando ahora a renovar el acuerdo relativo a
la base militar estadunidense localizada ahí.
El segundo tipo de evidencia de una tendencia hacia la izquierda es el
agudo aumento en la importancia política y el poder de los movimientos
indígenas por toda América Latina –sobre todo en México, Ecuador, Bolivia, y
Centroamérica. Las poblaciones indígenas de todo el continente han sido los
actores más oprimidos de la población y en gran medida se les ha mantenido
al margen de las estructuras políticas. Pero ahora tenemos a un presidente
indígena en Bolivia, que representa una revolución social genuina. La fuerza
de estos movimientos en la zona andina y en las áreas mayas de México y
Centroamérica ha sido un factor importante en su política, un factor que es
perdurable.
El tercer tipo de evidencia ha sido la supervivencia, de hecho un
resurgimiento, de la teología de la liberación. El Vaticano se movió para
suprimir estos movimientos durante los últimos tres papados, con por lo
menos el mismo vigor que Estados Unidos utilizara contra los gobiernos de
izquierda en los cincuenta y sesenta. Los teólogos fueron silenciados y los
obispos simpatizantes han sido remplazados cuidadosamente por unos que
claramente no simpatizan. No obstante, los movimientos católicos inspirados
en la teología de la liberación siguen floreciendo en Brasil. Los
presidentes de Ecuador y Paraguay han emergido de esa tradición. Y los
progresos de los grupos protestantes evangélicos en América Latina pueden
estar moviendo al Vaticano y lo hacen más tolerante hacia los teólogos de la
liberación, quienes al menos son católicos y que podrían ayudar a frenar
esta pérdida de creyentes de la Iglesia.
Finalmente, Brasil ha logrado un éxito razonable en convertirse en el
líder del bloque regional sudamericano. Esto puede no ser en sí mismo un
movimiento hacia la izquierda. Pero en el contexto de un proceso mundial de
multipolarización, el establecimiento de tales zonas regionales no sólo
debilita el poder de Estados Unidos sino de todo el Norte en términos de las
relaciones Norte-Sur. El liderazgo de Brasil entre los países del llamado
G-20 ha sido un factor importante en destripar la posibilidad de que la
Organización Mundial de Comercio implemente una agenda neoliberal.
Entonces, ¿qué suma todo esto? Ciertamente no una “revolución” en el
sentido tradicional del término. Lo que significa es que el punto medio de
la política latinoamericana, el locus del “centro”, se ha movido
considerablemente a la izquierda de donde estaba hace apenas diez años. Esto
debe ponerse en el contexto de un movimiento mundial. Este viraje hacia la
izquierda está ocurriendo en Medio Oriente y en Asia Oriental también. De
hecho, ocurre también en Estados Unidos. El impacto de la recesión
económica, que probablemente pronto se vuelva aun más severa, sin duda
empujará todavía más estas tendencias.
¿Habrá alguna reacción de las fuerzas de la derecha? Sin duda las habrá.
En América Latina vemos el intento de las regiones más acaudaladas y más
“blancas” por escindirse de Bolivia y salirse de por debajo de las
poblaciones indígenas mayoritarias que finalmente lograron el poder en el
gobierno central. Políticamente estamos ante tiempos frágiles, en América
Latina y en otras partes. Pero en América Latina, la izquierda está en una
posición mucho más fuerte para enfrentar estas batallas hoy que hace medio
siglo.