n el mundo de hoy hay más hambre de la que había. La desesperación y la
rabia ante el hecho de no tener un bocado que llevarse a la boca han provocado
saqueos y robo de cereales en campos, bodegas y tiendas; también caos, pillaje e
incendios. Muchos gobiernos han respondido con detenciones arbitrarias,
asesinatos y torturas. En Pakistán y Tailandia los ejércitos patrullan las
calles.
En Haití, las manifestaciones dejaron saldo de varios muertos y decenas de
heridos. Para paliar el descontento, el haitiano René Preval anunció un programa
de subvención para la producción local de arroz, leche y huevos.
En Marruecos, ciudadanos furiosos han formado los tansikiyate para
luchar contra el alza de precios de productos de primera necesidad. El pan subió
de golpe 25 por ciento en septiembre de 2007, y se produjeron graves incidentes
en la ciudad de Sefrú.
En Egipto, el descontento actual remite a épocas pasadas. El clérigo Sheik
Yusef al Bradi, de la Universidad de Al Azar, recordó las similitudes con la
famosa "revuelta del pan" en 1977, cuando el gobierno intentó recortar las
subvenciones a los alimentos y se produjeron grandes disturbios. Por lo menos
tres personas murieron en el delta del Nilo.
En febrero de 2008 se suscitaron graves conflictos en Camerún. La policía
reprimió salvajemente a los inconformes. El presidente Paul Biya, quien gobierna
desde 1982, reconoció 40 muertos; los inconformes afirman que fueron más de 100.
Se trata de un hecho global. Usualmente la escasez generalizada de alimentos
se ha producido en países y regiones localizadas, ante desastres naturales,
plagas o guerras. Pero ahora sucede de manera simultánea en multitud de naciones
y varios continentes.
El aumento -por ejemplo- a los precios del trigo tiene impacto real, pero
limitado, para los consumidores europeos. En el viejo continente el pan supone
apenas 1.8 por ciento del costo de la canasta básica. Pero en países con
poblaciones pobres, como India, China y Egipto, que han hecho grandes esfuerzos
por combatir la desnutrición, ha tenido efectos severos.
La situación es dramática. Cada cinco segundos se produce en el mundo una
muerte de un menor de 10 años por hambre, y la situación va a agravarse. Hay
cerca de 850 millones de seres humanos que no tienen que comer. El Programa
Mundial de Alimentos de Naciones Unidas estima que, a partir de la actual
crisis, hay 100 millones de personas hambrientas más. De acuerdo con la
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO,
por sus siglas en inglés), en 37 países se ha desatado una crisis alimentaria.
En 2008, los naciones más pobres pagarán 65 por ciento más por sus importaciones
de cereales; en algunos países africanos el incremento será de 74 por ciento.
Jean Ziegler, relator especial de la ONU sobre el derecho a los alimentos,
sostiene que es como si detrás de cada víctima por la hambruna hubiese un
asesinato. "Esto es un asesinato en masa silencioso."
La ley de San Garabato (vender caro, comprar barato)
La producción de alimentos se ha modificado notablemente en el último año y
medio. Las piezas del sistema agroalimentario mundial se han trastocado. Hasta
ahora la agricultura se había caracterizado por una caída sostenida en los
precios reales, acompañada por incrementos temporales en los precios de algunos
productos, cultivos excedentes, agresivas políticas de apoyo a los precios y
protección comercial. Esta disminución en los precios ocurrió a pesar del
aumento en los costos de fertilizantes y energéticos.
Esa tendencia cambió ya radicalmente. El nivel de reservas de granos y
oleaginosas, de acuerdo con los estándares históricos, se ha reducido
dramáticamente. Sus precios se han incrementado hasta llegar a las nubes.
Hoy, el arroz cuesta en Asia tres veces más de lo que valía hace apenas tres
meses. En la bolsa de Chicago el precio de un bushel (25.401 kilogramos) de maíz
alcanzó 6.37 dólares, precio nunca antes visto. El trigo elevó su valor 130 por
ciento en un año.
Esta escalada inflacionaria abarca muchos otros productos agropecuarios. En
México el litro de aceite subió de 6.73 pesos en enero de 2006 a 36.50 en abril
de 2008, mientras el pan de caja pasó de 13.21 pesos en enero de 2006 a 24 en
abril de este año. En casi todo el mundo han aumentado lácteos, carnes, huevo,
vegetales y frutas.
Irónicamente, durante 2007 la producción mundial de granos aumentó 4 por
ciento en relación con 2006. La cosecha fue de 2 mil 300 millones de toneladas.
Esto es un volumen tres veces mayor al obtenido en 1961. Sin embargo, durante
ese mismo lapso la población humana se duplicó.
El problema del hambre en el mundo no es, entonces, falta de comida, sino que
millones de seres humanos no pueden comprarla. En contra de lo que señalan las
leyes del mercado, que dicen que si la producción aumenta los precios bajan, el
costo de los alimentos ha subido.
Parte de la adversidad proviene de la creciente concentración monopólica de
la industria agroalimentaria mundial. El hambre de muchos es la bonanza de
pocos. En momentos de adversidad como la actual, un puñado de empresas han visto
crecer sus ganancias de manera desorbitada.
Es el caso de las compañías dedicadas a la fabricación de fertilizantes.
Durante 2007, Potato Corp incrementó sus beneficios 72 por ciento respecto de
2006. Yara tuvo 44 por ciento más utilidades. Las ganancias de Sinochem
crecieron 95 por ciento, y las de Mosaic 141 por ciento.
También las grandes comercializadoras de granos. Durante los tres primeros
meses de 2008, Cargill obtuvo beneficios 86 por ciento mayores que durante el
mismo periodo del año anterior. En 2007, ADM tuvo ganacias 67 por ciento
superiores a las de 2006; Conagra, 30 por ciento; Bunge, 49 por ciento, y Noble
Group, 92 por ciento.
Igual suerte tienen las multinacionales procesadoras de alimentos, como
Nestlé y Unilever, y las firmas dedicadas a producir semillas y agroquímicos,
como Dupont, Monsanto y Sygenta. (Véase, "El negocio de matar de hambre",
Grain, abril de 2008).
Los granos de la mazorca
¿Por qué, entonces, si el volumen de la cosecha de granos en 2007 logró
récord mundial, los precios de los alimentos se han elevado?
Básicamente, por la confluencia de cinco factores en el marco de la crisis
general de un modelo de producción agropecuario. Éstos son: utilización de
granos básicos para elaborar agrocombustibles; incremento en el precio de los
insumos; efectos del calentamiento global en la agricultura; cambios en el
patrón de consumo alimentario, y la especulación en la bolsa de valores. Todo
ellos como parte de la crisis del modelo de la agricultura industrial en grandes
predios, altamente dependiente del petróleo, basada en la lógica de las ventajas
comparativas y el libre comercio, dominante hoy día.
En sincronía con el aumento del precio del petróleo en el mundo, se ha
intensificado la elaboración de agrocombustibles. Más que por el impulso del
mercado, su fabricación ha crecido por el apoyo de cuantiosos subsidios y
políticas públicas destinadas a su fomento. La Unión Europea acordó como
obligación para 2010 que 5.75 por ciento del transporte se base en bioetanol y
biodiesel. En Estados Unidos, la legislación prevé que en 2012 se usarán 27 mil
millones de litros de agrocombustibles. George W. Bush propuso como meta
elaborar 133 millones de litros en 2017. Para ello se ha establecido un
ambicioso programa de incentivos económicos a los productores.
El crecimiento de la demanda mundial de agrocombustibles ha reducido la
producción de granos, reconvertido los cultivos en amplias superficies agrícolas
y disparado los precios. La población mundial consume directamente menos de la
mitad de los granos que se cosechan. El resto sirve para alimentar vacas y
vehículos motorizados.
El incremento en el precio del petróleo ha subido los costos de producción
agrícola. El modelo preponderante es adicto al oro negro. No puede sembrar sin
él. Los fertilizantes y parte de los agroquímicos utilizados en las cosechas son
hechos con petróleo. La maquinaria y los vehículos para sembrar, cosechar,
procesar, almacenar y transportar necesitan combustibles y aceites provenientes
de refinados del petróleo. Parte de la energía eléctrica requerida para extraer
agua y regar los sembradíos se genera con derivados del petróleo. Los plásticos
que cubren invernaderos y las mangueras para regar los campos son fabricados con
materias primas provenientes del petróleo. Los materiales para envasar y el
trasporte hacia los mercados requieren derivados del petróleo. Y todos ellos
cuestan más ahora. Plásticos como el polipropileno valen hasta 70 por ciento más
que en 2003.
El modelo agrícola industrial preponderante es parcialmente causante del
cambio climático. Ahora, esa transformación ha dislocado la agricultura mundial.
La tradicional incertidumbre del sector es mucho mayor. El uso excesivo de
fertilizantes, la degradación de suelos, la reconversión de terrenos antes
forestales y la ganadería han convertido la agricultura en uno de los mayores
productores de gases de efecto invernadero. Según el informe Stern, la suma de
producción agrícola, cambio de uso del suelo, producción y comercialización de
insumos y fabricación de equipos e implementos agropecuarios, son responsables
de 41 por ciento del total de gas carbónico que se emite en el mundo.
El clima ha enloquecido y arrastrado la vida rural. La sequía en Australia
devastó las siembras de trigo, y las exportaciones cayeron más de 20 por ciento.
Canadá, segundo productor mundial después de Estados Unidos, va a tener la
producción más pequeña en cinco años. En Kansas se sufrieron nevadas. En China,
el calentamiento global acortará el periodo de crecimiento de los cereales y las
semillas no tendrán tiempo de madurar. Además, las recientes inundaciones
destruyeron 5.5 millones de hectáreas de trigo y colza. Sequías y lluvias
amenazan con derrumbar las cosechas por doquier.
El crecimiento económico en países como India y China ha modificado la pauta
de consumo alimentario de millones de personas. Hoy comen más, mejor y otro tipo
de productos. Por ejemplo, el consumo de carne de vacuno ha aumentado. Pero para
producir un kilo de carne de res en pie se necesitan ocho kilos de cereales. Un
kilo de carne comestible requiere el doble de cereales. Así, detrás de los
millones de hamburguesas que se consumen en el mundo hay más y más sembradíos de
granos y oleaginosas para engordar vacas.
El mercado agrícola ha entrado en la órbita financiera. La comida forma parte
del casino de la especulación financiera. Ante la crisis de las hipotecas, la
debilidad del dólar y la recesión en Estados Unidos, los fondos de inversión se
han trasladado al lucrativo negocio del hambre. La comida se ha convertido
-mucho más de lo que ya era- en bien para eespecular. Durante 2007, dichos fondos
invirtieron 175 mil millones de dólares en el mercado de futuros (contratos que
obligan a comprar o vender una mercancía a un precio y un plazo determinados).
Actualmente dominan 40 por ciento de los contratos en la bolsa de valores de
Chicago, proporción sin precedente. La compra de soya en ese terreno pasó de 10
millones de toneladas en marzo de 2007 a 21 millones el mismo mes de este año.
Un modelo en crisis
La producción de alimentos es un arma clave y poderosa que Estados Unidos ha
aceitado desde hace décadas. Guerra, alimentos y derechos de propiedad
intelectual están estrechamente vinculados con la estrategia económica de la
Casa Blanca desde los años 70. Desarrollo de la industria militar, producción
masiva de granos y patentes han sido pilares de la hegemonía estadounidense en la
economía mundial.
La comida es un instrumento de presión imperial. John Block, secretario de
Agricultura entre 1981 y 1985, afirmó: "El esfuerzo de algunos países en vías de
desarrollo por volverse autosuficientes en la producción de alimentos debe ser
un recuerdo de épocas pasadas. Éstos podrían ahorrar dinero importando alimentos
de Estados Unidos".
Los productos agrícolas made in USA son una de las principales
mercancías de exportación de ese país. Con su mercado interno saturado está
empujando, agresivamente, para abrir las fronteras a sus alimentos. Una de cada
tres hectáreas se destina a cultivar productos agropecuarios para exportación.
Una cuarta parte del comercio rural la realiza con otros países. Si hasta antes
de 1973 los ingresos por las ventas de este sector al exterior fluctuaban
alrededor de 10 mil millones de dólares cada año, a partir de entonces aumentan
en un promedio anual de 60 mil millones. El éxito se basó, en mucho, en la
combinación de apoyos gubernamentales a la producción y al producto, para
derrumbar los precios por debajo de los costos de producción, así como en
abundantes subsidios a la exportación.
El presidente George W. Bush lo ratificó al firmar la Ley de Seguridad para
las Granjas e Inversión Rural de 2002. "Los estadounidenses -dijo- no pueden
comer todo lo que los agricultores y rancheros del país producen. Por ello tiene
sentido exportar más alimentos. Hoy, 25 por ciento de los ingresos agrícolas
estadounidenses provienen de exportaciones, lo cual significa que el acceso a los
mercados exteriores es crucial para la sobrevivencia de nuestros agricultores y
rancheros. Permítanme ponerlo tan sencillo como puedo: nosotros queremos vender
nuestro ganado, maíz y frijoles a la gente en el mundo que necesita comer."
Sistemáticamente, los organismos financieros multilaterales han promovido la
destrucción de la producción agrícola local y la importación de alimentos de las
naciones más pobres. El 70 por ciento de los países en desarrollo son ahora
importadores netos de alimentos. Sus habitantes viven el asesinato silencioso en
masa de esta guerra no declarada.
Aunque los springbreakers del libre comercio, como Robert Zoellick,
presidente del Banco Mundial, insisten en que para superar la crisis hay que
hacer más de lo mismo, esto es, liberalizar los mercados, desregular la
economía, desarrollar nueva tecnología y dar ayuda alimentaria, el modelo de
agricultura industrial y ventajas comparativas comienza a cuartearse. Los
estados se han decidido a intervenir en la economía.
Según Economist Intelligence Unit (La Jornada, 29/4/08), "de 58
países cuyas reacciones son seguidas por el Banco Mundial, 48 han impuesto
controles, subsidios al consumidor, restricciones a la exportación o aranceles
inferiores". Malawi ha desafiado con éxito el Consenso de Washington y se ha
convertido en exportador de granos.
A finales de febrero el presidente Evo Morales aprobó un decreto que prohíbe
temporalmente la exportación de varios alimentos, como carne de res y arroz,
debido a la escasez en el mercado. La medida también afecta al trigo, el maíz,
el azúcar y los aceites comestibles, que Bolivia exportaba a naciones vecinas,
cuya carestía en el mercado local disparó los precios. Según el mandatario
boliviano, "en la vivencia familiar, cuando sobran nuestros productos, tenemos
todo el derecho a vender y exportar; si faltan, estamos en la obligación de
garantizar la alimentación familiar".
Quince países latinoamericanos acordaron en la Cumbre sobre Soberanía y
Seguridad Alimentaria declarar la emergencia. Nicolás Maduro, canciller
venezolano, propuso crear un "fondo agrícola-petrolero" y un banco
latinoamericano de productos agropecuarios. Los gobiernos centroamericanos están
desembolsando dinero en efectivo, dando fertilizantes y semillas mejoradas,
comprando granos a los campesinos para evitar que los altos precios terminen
hundiendo en la miseria a millones de personas.
India ha prohibido que arroz, trigo, garbanzos, papas, caucho y aceite de
soya coticen en el mercado de futuros. Rusia ha congelado precios de leche,
huevos, aceite y pan. El gobierno chileno entregará un bono equivalente a unos
45.5 dólares a un millón 400 mil familias pobres. Indonesia ha triplicado sus
subsidios a los alimentos.
La superficie agrícola llegó, en lo esencial, a su límite. El modelo de
revolución verde de los 60 ha alcanzado un tope. Entre los 70 y 90, los
rendimientos agrícolas crecieron a un ritmo de 2.2 por ciento al año. Sin
embargo, ahora aumentan a una tasa de uno por ciento anual. No hay tierra
agrícola suficiente para producir simultáneamente granos para la alimentación
humana y para "dar de comer" a los automóviles. Es falso que transgénicos vayan
a resolver esa crisis; por el contrario, la agravarán.
Para los pobres del mundo, las noticias no son buenas. El futuro inmediato
será de penuria alimentaria y altos precios. No hay perspectiva de comida
barata.
El asesinato silencioso en masa que viven hoy las naciones no desarrolladas y
sus pueblos debe ser detenido. Ello sólo será posible cambiando drásticamente el
actual sistema agroalimentario. La solución al problema está en manos de 450
millones de campesinos minifundistas, a los que, por todos los medios, se ha
tratado de expulsar de sus parcelas. Tres cuartas partes de los pobres del mundo
sobreviven de la agricultura, y 95 por ciento de los campesinos habitan en
países pobres. Es a ellos a quienes debe apoyarse.
También deben impulsarse políticas públicas que defiendan la soberanía
alimentaria de las naciones. Cuando sea necesario, los gobiernos deben tener el
derecho a cerrar sus fronteras para defender su producción interna, a apoyar a
sus productores con los estímulos que consideren convenientes. Hoy, más que
nunca, la agricultura debe estar fuera de la Organización Mundial del Comercio.
Como lo saben quienes han vivido guerras, la mayor debilidad de una nación es
depender de otras para alimentar a sus ciudadanos. La comida más cara es la que
no se tiene.