La piel
morena, el pelo lacio y rebelde, la pobreza y las calles de fina
arena los unen, pero el estatuto autonómico cruceño marca una
profunda división en el marginal barrio del Plan Tres Mil, habitado
por mayorías expulsadas de las pauperizadas regiones del occidente
boliviano.
Por Franz Chávez - IPS
A seis kilómetros de la gran urbe capital del
oriental departamento de Santa Cruz, se expande un conjunto de
viviendas y un modo de vida muy parecidos a los de otros
departamentos, como Cochabamba o La Paz, en el centro y occidente de
Bolivia, de los cuales son originarios la mayor parte de los
habitantes de esta zona.
El domingo 4 --cuando Santa Cruz aprobó en las urnas un referendo
sobre su autonomía de espaldas al gobierno nacional-- será recordado
como el día en que la diferencia de ideas terminó fracturando a las
empobrecidas familias migrantes en la plaza principal del barrio,
denominada la rotonda, circundada por calles de tierra de profundos
baches y maleza rebelde.
Santa Cruz, el departamento más rico de Bolivia, lidera un
movimiento autonomista que ha arrastrado a seis de las nueve
regiones del país, considerado separatista e inconstitucional por el
gobierno nacional, encabezado por el indígena izquierdista Evo
Morales.
"Aquí estamos peleando por la unidad del país. Vengan compañeros,
organicémonos para enfrentar a la Unión Juvenil Cruceñista que trata
de atacarnos", se escuchaba en los altoparlantes instalados en la
plaza, junto a una hoguera donde se habían incinerado papeletas y
urnas sustraídas de dos escuelas habilitadas como centros de
votación.
Rostros de furia, banderas bolivianas en alto, frente a unas pocas
cruceñas, palos y piedras y algunos pasamontañas cubriendo jóvenes
identidades, todos gritando consignas racistas, crearon un ambiente
hostil de permanente emergencia ante la posible llegada de grupos de
choque de la Unión Juvenil Cruceñista, favorable al autonomismo.
"Hemos conseguido parar la votación en San Julián y Yapacaní, debe
seguir la lucha", se escucha en los altavoces y una multitud grita
en señal de júbilo, mientras otras personas se les unen con palos y
banderas rojas con símbolos del Partido Comunista.
El ambiente invadido por el humo, el aroma de las comidas cocinadas
al aire libre, en un cuadro de urbanismo desordenado, de
construcciones precarias de madera y frágiles chapas metálicas, es
el sitio para la batalla entre opositores y defensores de la
autonomía impulsada por grupos de acaudalados empresarios,
terratenientes y agroindustriales.
Por un momento, la tensión crece, los periodistas toman recaudos
para protegerse de un probable intercambio de piedras entre bandos,
mientras un hombre sonriente alivia el miedo con caramelos de
chocolate y leche, repartidos democráticamente entre combatientes y
curiosos.
Otro activista toma el micrófono y enciende más los ánimos: "Patria
o muerte", exclama y la respuesta no se deja esperar:
"¡Venceremos...!" y luego viene el estribillo de las viejas luchas
sociales: "El pueblo unido, jamás será vencido... Pueblo que
escuchas, únete a la lucha..."
La actividad económica para los habitantes del barrio del Plan Tres
Mil es de supervivencia. La mayoría se dedican al comercio, medio de
vida característico de los pueblos aymaras de los Andes y del
altiplano, expertos en la intermediación de mercadería.
Otros venden su fuerza de trabajo como estibadores, obreros de la
construcción, especialistas en algún oficio manual o conductores de
vehículos de servicio público.
La economía aquí es muy diferente a la del centro de Santa Cruz de
la Sierra. Por unos nueve centavos de dólar se alivia la sed con un
helado o un vaso de chicha, bebida refrescante elaborada con maíz.
Los precios se multiplican hasta por tres en la moderna capital
cruceña.
Pero estos rasgos de pobreza compartidos cotidianamente no han sido
suficientes para sellar el pacto social, sólo contenido en discursos
políticos, pero lejanos al rencor y los signos evidentes de racismo.
Mientras los bandos se aproximan para enfrentarse y los policías se
ubican en medio para impedir el choque fotografiado y grabado sin
cesar por periodistas nacionales y extranjeros, los gritos surgen
duros y envenenados.
"...Que pase esa colla de mierda... que aquí le vamos a sacar las
tripas (vísceras)...", grita una joven y morena mujer cruceña
autonomista, en respuesta a los insultos de los originarios del
occidente, región que en el período precolombino conformaba el
Kollasuyo. "Viva la autonomía carajo", exclama un hombre con acento
oriental mientras desde el otro lado se escucha: "Fascistas,
vendidos a la oligarquía, racistas..."
"Vayan a mascar coca a su país, fuera de aquí", grita con furia una
mujer. "Evo vendido, gobierno vendido". "Fuera collas de mierda", se
escucha entre carreras para buscar refugio y el apresto de los
policías para usar proyectiles de gases.
Los petardos estallan sin cesar, los gritos y silbidos recrean un
cuadro de guerra. "Ahora es cuando, compañeros, si son bolivianos
únanse carajo", exhorta con vehemencia un hombre para obtener la
adhesión de temerosos habitantes que tienen en los rostros una
mezcla de miedo y sonrisas.
El maestro Martín Huayllani, nacido en las mineras tierras de
Potosí, en el extremo sudoccidental, corre alentando a los
manifestantes contrarios a la autonomía. Llega hasta la cabeza de la
marcha, baja hasta la última línea, coordina y da órdenes para
conformar el grupo que intenta la toma del Colegio Boliviano Alemán,
donde algunas personas tratan de instalar las mesas de votación.
Mientras se organiza el grupo de asalto, otros jóvenes, alineados
con la Unión Juvenil Cruceñista, toman posiciones casi al estilo
militar, se apostan en las esquinas y la mayoría llevan palos de
madera de unos 40 centímetros, perfectamente pulidas y salidas de la
misma maestranza.
Con 54 años a cuestas, Huayllani afirma que no permitirá la división
de Bolivia y asegura que su lucha es por el futuro de sus hijos.
Unos metros más allá, Juan Blanco, un hombre con un viejo abrigo y
pelo desordenado acompañado de una mujer, se acerca agresivamente a
este periodista de IPS y busca nuestra identificación, mientras
asegura que el canal de televisión del gobierno tergiversa los
hechos.
Esta es apenas una pequeña muestra de agresividad. Otros periodistas
se llevaron la peor parte en varios incidentes de la jornada del
referendo cruceño, pues recibieron golpes y pedradas o perdieron
cámaras fotográficas, tanto por la acción de autonomistas como de
militantes oficialistas.
Blanco mira con desprecio a una pareja de humildes migrantes de la
zona del valle central y dice: "Yo quiero votar por el Sí, porque no
comparto con la gente de ojotas y de polleras que ha venido a
molestar". Minutos después, la mujer que lo acompaña confiesa que
Blanco es de origen paceño, un colla más en el barrio del Plan Tres
Mil.