Yaunque ciertamente esa calificación suele ser demasiado abarcativa y hasta poco precisa, es importante señalar que Lugo es en efecto
un exponente de la teología católica latinoamericana más aggiornada, y que
ejerció en el propio seno del catolicismo importantes cargos de
responsabilidad como profesor del Instituto Superior de Teología de
Asunción, miembro de la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal de
Paraguay e integrante del equipo teológico-pastoral del máximo organismo
continental de la Iglesia, el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam).
Lugo, que el próximo 30 de mayo cumplirá 57 años, candidato presidencial
por la Alianza Patriótica para el Cambio, se ordenó sacerdote en 1977 en la
Congregación de los Misioneros del Verbo Divino, una orden religiosa que en
América latina se ha caracterizado por sus posiciones de avanzada y
compromiso con los pobres. En Argentina, entre otros miembros de la
congregación se contaba el ya fallecido obispo de Quilmes, Jorge Novak.
La trayectoria de Lugo en la Iglesia Católica no puede considerarse para
nada marginal. Ya se mencionaron sus responsabilidades a nivel teológico,
pero también fue superior de su congregación en Paraguay entre 1992 y 1994,
año en el cual (el 17 de abril) el papa Juan Pablo II lo designó obispo de
San Pedro. Siguió en su condición de obispo hasta el 11 de enero del 2005
cuando le fue aceptada su renuncia. Ya entonces había iniciado su carrera
política y pretendió mantener su condición de sacerdote, disputa que perdió
con el Vaticano. A pesar de que el 18 de diciembre del 2006 presentó su
dimisión al ministerio sacerdotal y a su condición episcopal, el Vaticano
decidió para él una sanción ejemplar: suspensión “a divinis”. Una resolución
que aparece a todas luces como un castigo, porque el Vaticano bien podría
haber optado por aceptar la renuncia respetando la opción de Lugo.
Está claro que a pesar de todos sus intentos por permanecer en la Iglesia
compatibilizando su vocación religiosa con la política, las discrepancias de
Lugo con la institución eclesiástica pasan también por cuestiones
ideológicas. El ahora candidato, que es también sociólogo, sigue sosteniendo
que la labor política es parte de su vocación primera: el servicio a la
gente. “El fin último de la política es la búsqueda del bien común”,
asegura. Palabras similares se le han escuchado en Argentina a Joaquín Piña,
obispo emérito de Iguazú, que compitió en las elecciones de la asamblea
constituyente misionera, y al propio Jaime De Nevares, obispo neuquino
fallecido en 1995, reconocido luchador por la defensa de los derechos
humanos, y que formara parte de los constitucionalistas de 1994.
Lugo se ubica en la misma línea de pensamiento y en la misma práctica
política. No es un dato menor que dentro de su recorrido eclesiástico haya
desarrollado labores como misionero en Ecuador, precisamente en la diócesis
de Riobamba, donde el obispo Leonidas Proaño (1910-1988) generó un polo de
práctica eclesial de “opción por los pobres”, trabajando con los pueblos
originarios de la zona a partir de la organización de comunidades eclesiales
de base. Proaño era considerado el “obispo de los pobres”. Un maestro al que
Lugo todavía hoy sigue reconociendo como tal.