Se podrá decir, con razón, que su vida reproduce la compulsión de la
historia que golpeó a tanto otro alemán de su generación en la juventud, pero
resulta que Joseph Ratzinger es hoy el Papa y por lo tanto deberá convivir por
siempre, de modo incómodo, con las instantáneas que lo muestran enfundado en
un uniforme militar de la Alemania nazi. Y que su conservadurismo rígido,
aunque expresado en un estilo pastoral descrito casi como de infinita suavidad,
no lo asiste tampoco a la hora de hacer que su figura pública tenga un perfil de
bordes menos filosos.
Alguien escribió una vez que la vida no es la que vivimos sino la que recordamos
haber vivido, a lo que habría que agregar en el caso de figuras tan visibles
como la de Benedicto XVI la vida puede ser la que otros creen que hemos
vivido. Hay grados de injusticia que pueden refugiarse en esa definición,
pero saber esto no hará más sencilla la tarea del Papa de presentarse y ser
aceptado como "pastor de todos y para todos".
Su visita de esta semana a Estados Unidos, una nación con una Iglesia Católica
pujante en la base (64 millones de creyentes, un tercio de los cuales participa
regularmente del sacrificio de la misa) con una jerarquía en crisis de confianza
con su grey desde los escándalos de abuso sexual de sacerdotes contra menores
que se desató en el 2002 con una crisis de vocaciones sacerdotales imposible de
ignorar y con una autoridad pontificia que tiene ecos monárquicos y que por
eso mismo no es digerida con facilidad por todos los públicos en ese país,
está arrojando antes de culminar interesantes claves de su Pontificado.
Veamos apenas un momento de esa visita, que precisa de un contexto previo para
entender su significado. Hace unos tres años, en los días finales del
Pontificado de Juan Pablo II, la diplomacia vaticana se empeñó en separar a la
Iglesia Católica de los objetivos y razones que ofrecía el Gobierno de George W.
Bush para su guerra en Irak y aun para presentar esa "guerra contra el
terrorismo" en la que Washington está también empeñada.
Las razones para esta separación sanitaria eran claras: Roma estaba preocupada
con razón por no exponer a las minorías cristianas en el mundo del Islam a
represalias por identificación con las posiciones de Bush.
No fue un esfuerzo sencillo. Sobre todo porque el Pontificado de Juan Pablo II,
de signo también conservador, se construyó en su primera parte en una sociedad
con otro republicano, Ronald Reagan en los años 80, exitosa en apurar la asfixia
del comunismo y finalmente su desaparición como alternativa de organización
social al capitalismo. Pero la nueva renuencia de la Santa Sede no carecía de
asidero en la realidad.
Las historias de cómo la minoría cristiana ha sido afectada en Irak por la
guerra sirven para un tratado en calamidad y sin visos de final. Hace apenas una
semana Paulos Faraj Rahho, obispo católico del norte de Irak fue secuestrado y
asesinado. En general, Oriente Medio es hoy un lugar de alto riesgo para los
cristianos.
Este enfoque cauto fue dejado de lado casi por completo después que Ratzinger
se sentó en la silla de San Pedro. Una comunicación otra vez muy fluida
entre el Vaticano y las elites neoconservadoras estadounidenses parecen acordar
cada vez más en la idea de Washington como capital material --léase militar--
en la puja de Occidente con Oriente, mientras Roma se convierte en la lanza
espiritual del mismo esfuerzo.
Esta afinidad no tiene en cuenta el final inminente de la gestión Bush: mira a
un plazo mucho más largo. Y esto ayuda a entender porqué aquellas elites están
dispuestas a pasar por alto sus muchas reservas históricas para con la jefatura
de la Iglesia Católica. En este sentido hay que entender el mensaje de Benedicto
XVI ante la Asamblea de la ONU. En un grueso envoltorio teológico y siempre bajo
la premisa según la cual el mundo de la razón y el mundo de la fe pueden ser
reconciliados, el Papa presentó el respaldo de la Santa Sede al principio
enunciado como "responsabilidad de proteger" que es intensamente debatido
hoy en el ámbito de la ONU.
En términos sencillos ese principio establece que es responsabilidad primaria de
todo estado la de proteger a sus súbditos, pero que la comunidad internacional
puede heredar esa responsabilidad si cualquier nación fracasara en cumplirla.
"Si los estados no pueden garantizar esa protección", explicó el Papa "la
comunidad internacional debe intervenir con los medios jurídicos provistos por
la carta de la ONU y otros instrumentos mundiales"
La cuestión es extremadamente compleja y excede los límites de lo humanitario,
el ropaje bajo el cual es presentada. No se trata solo de detener el continuo
genocidio en lugares como Darfour, sino de ver qué clase de precedente se sienta
en esta era de las guerras preventivas y unilaterales. Cabe consignar que
el propio Pontífice acotó su definición aclarando que esas posibles
intervenciones "nunca debieran ser interpretadas como una imposición
injustificada o una limitación de la soberanía". Pero el riesgo, está por
cierto, ahí.