Los escenarios apocalípticos sobre la falta inminente de alimentos para el
mundo pintados por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la FAO
(Organización de la ONU para la Agricultura y Alimentación) tienen ya reflejos
concretos. Brasil, que es un gran productor mundial de carnes, cereales y
aceites, al igual que Argentina, empieza a sufrir fuertes subas de bienes
alimenticios, que golpean a los más pobres. Un ejemplo: en los últimos 12
meses, las mesas populares recibieron un mazazo en dos productos que son la base
alimenticia del país: el poroto negro (o feijao) trepó 168%, y el arroz dio un
salto de 21% apenas en un mes.
Los casos se multiplican. El aceite de soja subió 56%; el pan, 17%; la carne,
22%, y la leche, 42%. Esto indica que en promedio, el último año el sector
arrojó una suba de más del doble de la inflación (de 4,7%). Estas tremendas
alzas tienen dos componentes. Uno es el internacional: la evolución, rápida y
sin pausa, de las cotizaciones de las llamadas commodities agrícolas, a lo que
se suma una disminución a límites peligrosos de los stocks mundiales de
alimentos. En el gobierno de Lula da Silva hay una coincidencia: "En la medida
en que se disparan los precios globales, ese ajuste repercute inmediatamente
en Brasil", declaró el ministro de Agricultura, Reinhold Stephanes.
Los expertos enfatizan que los precios altos se mantendrán por un buen tiempo:
"Con existencias tan bajas, la oferta de alimentos sólo crecerá si hay más
inversiones en producción." En teoría, esa misma situación de precios en alza
tendría que llevar a incrementar las áreas cultivadas con cereales más
tradicionales, como trigo y arroz, en desmedro de la soja, que ocupó enormes
extensiones de campo y empujó otras producciones a áreas más marginales. Según
Stephanes, que bajen o suban los precios agrícolas dependerá también del
programa de producción de alcohol como combustible a partir del maíz en EE.UU.
El arroz, la carne y la leche son otras víctimas de la "escasez" mundial de
alimentos. Brasil exporta 5% de lo que produce, pero si volcara esa porción al
mercado doméstico aliviaría la demanda interna. Para Lula, hay una única
solución: hay que producir más. Según él, "todo esto tiene una razón: los pobres
del mundo comienzan a comer más. Hay más chinos comiendo, más brasileños
comiendo y más africanos comiendo. Esto es lo que provoca la presión sobre los
alimentos". Negó, en cambio, que ese fenómeno se pueda ver agravado con el
empleo de materias primas agrícolas en la producción de etanol, combustible que
irá a complementar los derivados del petróleo en breve. "No me vengan con el
discurso de que el problema son los biocombustibles. Nosotros no tenemos ese
problema en Brasil." Señaló que Brasil tiene 400 millones de hectáreas que
todavía pueden cultivarse.
Sin embargo, ese enfoque fue rechazado por el actual presidente del Banco
Mundial, Robert Zoellick. En una conferencia de prensa en Washington, el
funcionario replicó que hay un vínculo directo entre la producción de
biocombustibles y el alza de alimentos.
Según el ministro de Hacienda brasileño, Guido Mántega, la culpa de la fuerte
alza de alimentos se debe a la política de subsidios de los países desarrollados
que, mediante donaciones o exportaciones fuertemente subsidiadas, impidieron el
desarrollo de la agricultura en países pobres. Mántega agregó que el fuerte
subsidio al productor de maíz en Estados Unidos fue lo que produjo una corrida
del precio del cereal en el mundo. Para Brasil, si no hubiera tamaña protección
contra las ventas del etanol desde Brasil y otros países, EE.UU. podría liberar
para la venta mundial unas 90 millones de toneladas de maíz al año.
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