(IAR Noticias) 01-Abril-08
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Cristina Fernández de Kirchner |
La disputa con las asociaciones
agropecuarias puso al desnudo debilidades políticas del nuevo
gobierno argentino de Cristina Fernández y mostró que la
recuperación económica es una condición necesaria pero no suficiente
para contrarrestar un malestar social latente.
Por Marcela Valente
- IPS
E n un conflicto que sorprendió por su virulencia,
productores rurales descontentos con la política para el área
bloquearon carreteras en varias partes del país para impedir el paso
de camiones con alimentos, amenazando con el desabastecimiento.
Sectores medios y altos urbanos apoyaron el reclamo en las calles
con manifestaciones espontáneas y golpes de cacerolas.
Para completar un escenario que retrotrajo algunas imágenes del
estallido social de fines de 2001, que llevó a la caída del gobierno
de Fernando de la Rúa a mitad de su mandato de cuatro años, el
jueves se verificaron algunos saqueos a tiendas en suburbios de
Buenos Aires y en la occidental provincia de Mendoza, donde se
sintió la escasez de alimentos en los comercios.
La situación comenzó a normalizarse tras el pedido de la presidenta
Fernández de levantar las medidas de fuerza, para abrir caminos de
diálogo. Las organizaciones rurales decidieron entonces en la
víspera suspender el paro de actividades y lock-out empresarial, a
la par de desbloquear los caminos, y este lunes se centrarán las
negociaciones.
¿Cómo es que un gobierno que se jacta de haber logrado un
crecimiento económico de más de ocho por ciento anual promedio desde
2003, que bajó el desempleo y la pobreza, aumentó fuertemente las
reservas internacionales y renegoció la abultada deuda pública, se
acercó peligrosamente al abismo a tal velocidad por un conflicto
sectorial?
La presidenta ensayó una explicación de género. "El 10 de diciembre,
cuando asumí, dije que por ser mujer todo me costaría más, y no me
equivocaba", dijo el jueves antes de desgranar las claves del
conflicto con el sector agropecuario. Sin embargo, nada indica que
el origen de la crisis política esté en su condición de mujer.
Académicos consultados por IPS coincidieron en que el gobierno
centroizquierdista de Fernández, que le siguió al de su esposo,
Néstor Kirchner, arrastra un grave déficit en la construcción
política de una base que le dé sustentación. Esa debilidad se siente
sobre todo en momentos de crisis y puja distributiva.
Para el politólogo Germán Pérez, "este gobierno cree que el poder es
algo para acumular, y no lo usa como una herramienta para generar
vínculos entre instituciones. Entonces, ante un conflicto que se
agrava no tiene redes de sustentación más allá de un reducido grupo
dentro del Poder Ejecutivo que es el que toma las decisiones".
Pérez es licenciado en ciencias políticas y coordinador del Grupo de
Estudios de Protesta Social y Acción Colectiva del Instituto de
Investigaciones Gino Germani, dependiente de la estatal Universidad
de Buenos Aires.
Opinó que "Kirchner tuvo una oportunidad histórica de avanzar en una
reforma política al asumir en mayo de 2003, pero en cambio decidió
armar sus bases concentrando poder, a la manera clásica de
construcción del Partido Justicialista", fundado por Juan Domingo
Perón a mediados del siglo XX.
Consideró, además, que la decisión que desató el conflicto, como fue
el aumento del impuesto a las exportaciones de oleaginosas, es una
medida distributiva y reinstala una discusión demorada sobre el
papel regulador del Estado. Pero el modo de intervención
gubernamental fue equivocado, dijo.
"Se planteó como un conflicto de antagonismos entre el campo y la
ciudad, o entre el pueblo y la oligarquía, y esos conceptos ya no
interpelan a la nueva sociedad argentina que es mucho más diversa y
plural de lo que el gobierno sigue suponiendo. No responde a
lealtades partidarias", advirtió.
Lo recomendable, dijo, era que la iniciativa de aumentar esos
tributos se debatiera en el Congreso legislativo, donde están
representados intereses regionales y donde hay más posibilidad de
intervención de las organizaciones sociales. Pero no fue así. El
gobierno lanzó la medida sin consulta, en forma unilateral, y se
topó con más rechazos que apoyos.
La ausencia de bases movilizadas en torno al proyecto de Fernández y
Kirchner quedó en evidencia esta semana cuando, para defender las
medidas sobre el sector agrícola, salieron a las calles movimientos
sociales que perdieron autonomía tras ser cooptados por el gobierno,
y que por lo tanto carecen de legitimidad pública.
Uno de ellos es Federación Tierra y Vivienda, liderado por Luis
D’Elía, hoy funcionario del gobierno.
"Lo único que me mueve es el odio visceral contra la puta
oligarquía", confesó el jueves D’Elía, tras protagonizar choques en
las calles con manifestantes contrarios a la posición del gobierno
ante la crisis.
"Odio a los blancos de Recoleta –un barrio de Buenos Aires con
residentes de gran poder económico-- porque ellos consideran que
nosotros somos la inmundicia, la escoria, la barbarie", siguió.
D’Elía estuvo el jueves detrás de la presidenta durante el discurso
que pronunció para llamar al diálogo a los productores rurales y
destrabar la protesta.
Para Maristella Svampa, licenciada en filosofía y doctora en
ciencias sociales, "es muy difícil ser progresista y encontrar un
lugar donde expresarse" en este contexto. Quienes apoyan el
incremento de impuestos al campo no quieren manifestarse junto a
D’Elía y sus seguidores, o con otros movimientos sociales sin
autonomía.
La gente que apoya una medida como el aumento del impuesto sobre una
renta extraordinaria "no tiene canales de expresión" y, en cambio,
se manifiestan los que no toleran el autoritarismo del gobierno, más
allá de su ideología, describió la autora de "La sociedad
excluyente. Argentina bajo el signo del liberalismo".
"La clase media urbana progresista tenía expectativas con las
promesas de Kirchner de construir un movimiento transversal (de
centroizquierda), pero se vio defraudada en estos años" y ahora no
tiene una representación política, sostuvo.
Svampa añadió que los ciudadanos que se expresaron con golpes de
cacerolas en las calles de Buenos Aires "eran un conglomerado
bastante heterogéneo y muchos no sabían mucho sobre el campo o la
política agraria, pero conservan una cultura de la protesta con un
repertorio de reacciones que utilizan para expresar malestar".
Ese repertorio incluye cacerolazos, cortes de ruta, marchas
callejeras espontáneas, y asambleas de vecinos, que se activan toda
vez que se busca poner límites a un gobierno, expresar descontento,
o rechazo.
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