Las nuevas
manifestaciones y cacerolazos de miles de argentinos, esta vez
contra el gobierno de la presidenta Cristina Fernández, demuestran
que los mecanismos aprendidos durante la profunda crisis de 2001
para marcar límites a la acción política aún están vivos.
Por Marcela Valente - IPS
"La memoria social y política no está en la mente,
está en el cuerpo. Puesta ante la necesidad de marcar un límite a un
gobierno, la sociedad actúa en función de lo aprendido", interpretó
para IPS el sociólogo Federico Schuster, decano de la Facultad de
Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
"Las asambleas barriales, los piquetes (cortes de ruta), y los
cacerolazos, fueron experiencias muy fuertes que están latentes, no
están muertas. La vuelta a una cierta normalidad institucional no
implica que ese espíritu de rebeldía haya desaparecido por completo.
Ante una nueva decepción, los mecanismos se activan", explicó.
Las diferencias de contexto son abismales entre el colapso del
gobierno de Fernando De la Rúa en 2001 y la crisis que enfrenta
Fernández en un escenario de recuperación económica y debate sobre
la distribución del ingreso. Lo que persiste es la ausencia de
mecanismos de mediación en los conflictos entre gobierno y sociedad
civil.
"El gobierno debería alentar la creación de espacios
descentralizados de debate en los distintos sectores de la sociedad,
que le permitan mantener un diálogo con todos, sobre todo en
momentos de crisis. Porque no basta con el mecanismo de votar cada
cuatro años", señaló Schuster.
El conflicto se desató hace dos semanas, cuando el gobierno resolvió
unilateralmente el incremento del impuesto a las exportaciones de
soja y girasol y la adopción de una alícuota móvil, que puede subir
o bajar de acuerdo con los precios internacionales.
La medida provocó el rechazo unánime de productores pequeños,
medianos y grandes, que viven un período de bonanza por su propia
eficiencia, de recuperación de mercados y de apoyo del Estado
mediante subsidios a los combustibles, compensaciones y
mantenimiento de un tipo de cambio competitivo.
Los productores lanzaron el 11 de marzo un paro agropecuario con
cortes de ruta que impiden el paso de camiones con cereales. Pero
luego la medida se profundizó por falta de diálogo, y ahora frenan
el paso de vehículos con alimentos en general en localidades y
ciudades de una gran parte de las provincias productoras.
El paro obligó a desechar millones de litros de leche que no se
pudieron comercializar, y a sacrificar el martes un lote de 400.000
pollos pequeños que esperaron en vano los alimentos para su engorde.
Los comercios de Buenos Aires comenzaron a manifestar síntomas del
desabastecimiento de productos frescos.
Frente a este escenario, el gobierno mantuvo su decisión sin
variantes. La presidenta advirtió el martes que los cortes de ruta
de los productores, lejos de los que protagonizaban los trabajadores
desocupados en los años 90, son "piquetes de la abundancia" y
advirtió que no se dejaría "extorsionar".
"¿Cómo se hace la distribución del ingreso si no es precisamente
sobre aquellos sectores que tienen rentas extraordinarias?",
preguntó Fernández retórica, y recordó cuando en 2003 el Estado
rescató a decenas de miles de productores en bancarrota, cuyos
campos estaban a punto de ir a remate.
La alocución presidencial, que negó toda posibilidad de negociación,
produjo un generalizado rechazo. Miles de ciudadanos, la mayoría de
clase media alta urbana de barrios acomodados de Buenos Aires y
otras ciudades del país, comenzaron a hacer sonar sus cacerolas como
lo habían hecho durante la crisis de 2001.
Los manifestantes más decididos marcharon espontáneamente hacia la
Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, sede de la Presidencia.
Otros se reunieron en esquinas emblemáticas y un sector se dirigió
hasta las puertas de la residencia presidencial de Olivos, a pocos
kilómetros de la capital. Algunos criticaban la falta de diálogo del
gobierno, otros defendían por legítima la rentabilidad de los
productores del campo y muchos simplemente manifestaban una airada
oposición al gobierno. Las protestas no se vivieron en los suburbios
de la capital, el área metropolitana, que siguió los acontecimientos
por televisión.
Frente a una movilización sorpresiva, dirigentes piqueteros afines
al gobierno de Fernández se lanzaron a las calles con sus seguidores
y obligaron a los manifestantes a desconcentrarse. Horas después, el
gobierno ratificó la vigencia del aumento de impuestos y amenazó con
disolver las protestas en el campo con la policía.
El ministro de Justicia, Anibal Fernández, advirtió el miércoles
que las fuerzas de seguridad liberarán la circulación de los
camiones en las rutas, bloqueadas por manifestantes del campo. "Si
no se mueven los moveremos nosotros", desafió. "Irán presos quienes
no liberen las rutas", añadió el funcionario.
Por su parte, el ministro de Economía, Martín Lousteau, consideró
que el cacerolazo fue "montado por dirigentes que no están de
acuerdo con el gobierno" y sostuvo que allí se manifestó "la clase
media alta urbana que nada tiene que ver con el campo". "Los líderes
de la oposición los incentivaron", acusó.
Si bien hubo representación de partidos de oposición en las calles y
sus dirigentes intentaron sacar rédito político de la protesta, los
observadores coinciden en que la movilización en las ciudades fue
espontánea. "Fue importante, no se la puede minimizar. El gobierno
no va a ser el mismo luego de esto", vaticinó Schuster.
El sociólogo es autor del capítulo argentino del libro "La nueva
izquierda en América Latina" escrito por autores de diversos países
de la región. Allí Schuster advertía en 2004 que, a poco de asumir,
el ex presidente Néstor Kirchner (2003-2007), esposo de Fernández,
desmovilizó a movimientos sociales que surgieron en la crisis.
Mediante estrategias que apuntaban a recuperar cierto control del
descontento, Kirchner "en lugar de aprovechar el estímulo de las
protestas descentralizadas surgidas en esos años, aquietó a los
movimientos". "No tenía una estrategia movilizadora y eso no es
aconsejable si se va a enfrentar grandes intereses", anticipó.
La estrategia desmovilizadora "puede ser efectiva a corto plazo,
pero a mediano será contraproducente para el propio gobierno",
advertía en 2004 el sociólogo. "Las experiencias no mueren, son
mecanismos que se activan en cualquier momento. Si el gobierno tiene
una auténtica vocación progresista necesitará despertarla", dijo.
Pero eso no fue lo que ocurrió. Al finalizar su gestión, Kirchner
anunció que se abocaría a la reconstrucción del Partido
Justicialista, para dotar de un sólido sostén político al gobierno
de su esposa. Pero según Schuster, "con la vieja política no alcanza
para contener estas nuevas formas de participación".