nivel latinoamericano, Argentina, país relativamente similar a México en
términos geoeconómicos, exhibió la miseria de las privatizaciones del agua y los
hidrocarburos; en este último sector, la pirata española Repsol acaba de arrojar
la toalla en Buenos Aires, después de haber propiciado una colosal crisis
energética, circunstancia que reclama la renacionalización.
¿Por qué razón teleológica y determinista, quienes fracasaron un extenso
cuarto de siglo durante la estatización de Pemex (v.gr. el grupo delamadridista
Labastida-Gamboa y el nepotismo tuxpeño de los Reyes Heroles, aliado al
subsidiado Roberto Hernández Ramírez) van a ser ahora exitosos con su
privatización?
Por lo que hemos leído en los periódicos, la fauna delamadridista –aliada con
Beltrones, con mentalidad de policía judicial soviético que carece de la menor
idea de qué color es el petróleo; el trío panista Elizondo-Camarillo-Bueno
Torio, y la pareja gubernamental Calderón-Mouriño– pretende en forma insensata
realizar “alianzas estratégicas” con empresas poco exitosas, como la pirata
española Repsol, así como con texanas en vías de extinción en los próximos diez
años y, peor aún, con enanas como las petroleras de Colombia (Ecopetrol) y Chile
(ENAP).
El protopanista con travestismo priísta, Gamboa Patrón, quien increíblemente
confunde el cobre con el petróleo, ha llegado a tal nivel de vesania, que supera
su legendaria ignorancia, al haber proporcionado en forma “entusiasta” como
“paradigma” a la petrolera chilena, cuando Chile es deficitario en hidrocarburos
(primordialmente en gas). ¡De locos! El “tesoro” de los hidrocarburos mexicanos
se encuentra en manos de lunáticos, más que de piratas.
¿De lo que se trata es privatizar como sea, aun al peor postor y al mejor
impostor, con el fin de adjudicarse comisiones trianguladas bajo la mesa?
En forma impactante, Fernando Siqueira y Murilo Marcato, ingenieros de
Petrobras, recientemente invitados por el Frente Amplio Progresista de México,
señalaron que la empresa estatal brasileña NO es el “paradigma” a seguir por
Pemex; todo lo contrario, es ésta –desfiscalizada, obviamente– el modelo para
Petrobras, que en realidad es una empresa híbrida, la cual tiene 40 por ciento
de sus acciones en manos extranjeras que cotizan en Wall Street.
El duopolio neoliberal del PRI y el PAN se parece más a la etapa
“entreguista” de Boris Yeltsin, quien privatizó en forma demencial y estuvo a
punto de llevar a Rusia a su extinción en la aciaga década de los años 90,
cuando los parasitarios “oligarcas” se adueñaron de los hidrocarburos más
importantes del planeta, situación que revirtió admirablemente el zar
geoenergético global Vlady Putin, quien ha renacionalizado en forma
gradual las empresas de hidrocarburos y ha encumbrado a Gazprom como la primera
gasera del mundo.
Ya que estamos en ligas mayores, y no en los chuscos ejemplos que proporciona
el duopolio neoliberal PRI y PAN, a nuestro humilde entender, el “paradigma” que
debe ser imitado por Pemex es el de la empresa petrolera estatal Saudi Aramco,
cuyo 100 por ciento de acciones pertenece al reino saudita desde 1980 y que a
partir de esa fecha se ha expandido en forma impresionante a otros sectores de
distribución y refinación con que no contaba. Es decir, Saudi Aramco hace 28
años emprendió la ruta que ahora pretende llevar a cabo Pemex a la inversa, pese
al rotundo rechazo de la opinión pública mexicana a la cleptocracia calderonista.
Saudi Aramco, en la actualidad, no sólo es la primera potencia petrolera
mundial que el año pasado obtuvo ingresos por cerca de 500 mil millones de
dólares (cinco veces más que Pemex); también ostenta el primer lugar de las
reservas mundiales, con casi 300 mil millones de barriles, es decir, tres veces
más que el “tesoro” en las profundidades del Golfo de México, las cuales hoy
cacarea la cleptocracia calderonista, cuando el año pasado engañó y mintió con
que se habían agotado las reservas, confundiendo a la opinión pública entre el
petróleo “convencional” de Cantarell (que, efectivamente, se ha depletado
debido a la irresponsabilidad de su exagerada producción para satisfacer las
exigencias de demanda de los gobiernos estadunidenses), y el “no convencional”,
es decir, de difícil acceso y costo superior de extracción que se encuentra,
pletóricamente, en las profundidades de la parte mexicana del Golfo de México.
Pese a que Arabia Saudita sea uno de los principales aliados de Estados
Unidos en el mundo (ahora menos, después de su espectacular acercamiento a Irán)
y haya podido operar exitosamente en casi medio siglo la nacionalización total y
absoluta de sus hidrocarburos, vale la pena rememorar que en 1933 –hace 75 años,
y un lustro antes de la nacionalización de Pemex– la trasnacional estadunidense
Socal, propiedad de los Rockefeller, en forma increíble era la dueña absoluta
del petróleo saudita.
No fue sino hasta 17 años más tarde, en 1950, que los sauditas pudieron
conseguir de las trasnacionales estadunidenses (entre ellas, Texas Oil Co.) un
acuerdo de extracción compartido, pero fue en la década de los años 70 cuando el
país propietario de los hidrocarburos pudo obtener en forma paulatina una
participación accionaria de la empresa Aramco (que entonces no se llamaba Saudi
Aramco, porque no era todavía propiedad estatal). Inverosímil: ¡los dueños del
petróleo tenían que rogarle a los expoliadores estadunidenses unas migajas de su
riqueza!
No fue sino hasta 1974, es decir hace 34 años, que la petromonarquía saudita
consiguió obtener 60 por ciento de la participación accionaria de Aramco, y seis
años más tarde, en 1980, tomó el control total accionario convertiéndola en
Saudi Aramco.
Los sauditas cerraban así hace 28 años, en silencio pero en forma efectiva,
la hazaña de su odisea nacionalista petrolera que debe ser el “paradigma” de
cualquier empresa petrolera estatal que se respete.