Por
Néstor Restivo - Clarín
El jefe de la OEA debería proveerse de sombrilla o gorra para cuidar
su calva del fuerte sol de la Amazonia ecuatoriana. José Miguel Insulza llegó
el domingo 9 a esta tierra prodigiosa en naturaleza, al frente de la misión que
estudiará el incidente con Colombia, ya dado por superado. Si el invierno en
Quito y toda la sierra es frío y de lluvia, el oriente frondoso es húmedo y
cálido. A este suelo llegó, hace 38 años, "antes del primer pozo petrolero",
el hoy obispo de Sucumbíos, una provincia pobre y largamente limítrofe con
Colombia.
"Esto era virgen, de una naturaleza exuberante. Pero llegó el petróleo y
trajo la codicia; siempre es así: donde va lleva un conflicto insoluble
entre pobladores y empresas. Donde va golpea la naturaleza y a los pobres. Esa
es la raíz del problema en esta frontera difícil. O lo era hasta el año 2000,
cuando el Plan Colombia agravó las cosas." Habla monseñor Gonzalo López
Marañón. Cuenta del primer pozo de la Texaco, en 1971 -de cuya mala traducción
del inglés viene el nombre de Lago Agrio, municipio de la provincia y cuya
capital es Nueva Loja- y del plan que financia EE.UU. y es parte del problema,
no de la solución, de la guerra y la muerte en la zona.
La charla fluye calma en La Misión de la iglesia local, rodeada de verde,
árboles robustos, coloridas mariposas, tenaces mosquitos y el río Aguarico,
mientras los pobladores cuentan su martirio y uno narra el choque del Ejército
colombiano con las FARC, que fue todo menos infrecuente, si bien cobró más
envergadura por la muerte de Raúl Reyes y el contexto del buscado canje
humanitario entre rehenes y guerrilleros presos.
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Angostura, donde atacó Colombia el 1º de marzo, está ahora cercada por el
Ejército local. Queda a 60 km de Nueva Loja, a su vez a 21 km de la frontera.
En Sucumbíos está también el parque Yasuní, que en 25 hectáreas duplica en
especies animales (cerca de 1.200) a toda Norteamérica. Algunos sirven de
comida exótica: monos, culebras, yacarés. Una cuarta parte de los 30 mil
pobladores son colombianos, algunos de vieja data, mezclados con los
ecuatorianos que son su misma matriz mestiza e indígena, y otros refugiados,
desplazados por la guerra de Colombia. Hay también tres grandes etnias, A'i,
Kichwa y Secoya. Según Paco Chuji, líder de la Federación de Organizaciones de
la Nacionalidad Kichwa, su gente "soporta en modo directo la militarización y
el Plan Colombia". Dice a este enviado: "Somos pueblos de subsistencia
comunitaria. Pero el Ejército, el colombiano y el ecuatoriano, nos requisa,
reprime y, en el caso colombiano, nos frena nuestras canoas y no nos valida la
cédula ecuatoriana, estando en Ecuador."
Esta frontera, hoy una de las más conflictivas del globo, mide 720 km desde el
Pacífico y dos tercios son jungla. Surcada de oleoductos sometidos a chantaje
por grupos ilegales y de ríos como el San Miguel y el Putumayo, es de cruce
fácil por el abandono que hicieron los Estados, y se pobló de narcos,
paramilitares y guerrilleros que van y vienen desde que hace décadas estalló
el conflicto en Colombia y su clase dirigente no supo, no pudo o no quiso
resolverlo.
A puro arroz con yuca, tinto (café) caliente y cigarrillos Lark, en un bar
deplorable de la calle Vicente Narváez, un lugareño dice que al "trapecio de
Sucumbíos", formado por aquellos dos ríos y una línea virtual de frontera, lo
llaman aquí "triángulo de la muerte".
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"En octubre de 2006, el Ejército colombiano mató a dos ecuatorianas, madre e
hija, que iban en balsa. En marzo de 2007, directamente entraron a la
provincia y mataron a otro. Otros 50 soldados invadieron Leiva. Y otros
dispararon con obuses a una ranchera (un camión-bus). Lo de Reyes no fue para
nada infrecuente: las intromisiones se repiten desde hace años. Las
denunciamos, pero el Estado ecuatoriano hizo muy poco y Colombia nunca lo
reconocía", señala Jorge Acero desde la oficina de Derechos Humanos de la
Vicaría.
Con 12.402 casos pedidos y 5.888 resueltos, después de Quito, Lago Agrio
alberga al mayor número de refugiados de la agencia ACNUR de la ONU, dice
a Clarín Francesco Carella.
En su humilde oficina (todo es bien carenciado por aquí) hay estos días
actividad febril. En todo el país, donde además viven 300 mil colombianos
legalmente y otra gran cantidad sin papeles, pidieron asilo en siete años
54.483 personas y ya lo obtuvieron 14.878. ACNUR lidia aquí con uno de sus
mayores dramas en el mundo: no da abasto y reclama más presencia del Estado en
este borde que quema.
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"Los abusos a los derechos humanos son frecuentes por parte de soldados,
narcos y paras. Es fácil entrar, matar a un campesino, ponerle ropa de las
FARC y ya. Pero también hubo represión del Ejército ecuatoriano, que protege
más a las petroleras que a las personas, como en un reciente paro en la
provincia de Orellana", agrega otro militante social bajo anonimato.
¿Qué pasa en lo profundo de la selva? Nadie lo sabe, mejor no denunciar, si
nadie escucha, nadie ve. Para no quedar marcados. En las comunas kichwas Yama
Amaru, Santa Rosa y Tigre Playa denuncian que sufrieron ataques aéreos de
Colombia y saqueos de soldados de Ecuador: gallinas, chanchos, hasta útiles
escolares se llevaron.
El obispo bonachón y sereno escucha a sus feligreses. Y dice a este enviado:
"La presión social al cabo sirve, y digo presión, no rezar: paros, por
ejemplo. La Iglesia y sus comunidades de base fueron clave para organizarnos.
Y aunque falta mucho, el presidente Rafael Correa lo entiende. Fue misionero,
habla kichwa y tiene la Doctrina Social de la Iglesia como quizá ningún otro
presidente del Ecuador la haya tenido", dice Gonzalo López Marañón.
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