Por Guillermo Almeyra - La
Jornada
Ahora bien,
precisamente ése es el que está en peligro ante los intentos repetidos del
gobierno de Washington de desestabilizar y derribar al de Hugo Chávez. Éste,
en efecto, declaró ya con todas las letras –y no es hombre de fanfarronear–
que si la agresión continuase y se agravase podría cortar el suministro
petrolero a su principal cliente actual –Estados Unidos–, que es, además, el
que ofrece más ventajas (un gran mercado, diferencias en los fletes, por
ejemplo) que los demás.
Por eso, si el presidente derechista colombiano Álvaro Uribe provoca una
situación bélica con Ecuador no es tanto para golpear militarmente a las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sino para dar un fuerte
golpe político a la oposición de izquierda colombiana, que crece sin cesar,
que no se identifica con las FARC ni con los métodos de éstas, que ya ha
ganado las elecciones en Bogotá, Medellín, Cali, y que repudia los lazos de
Uribe y del ejército con los paramilitares y, por medio de éstos, con el
narcotráfico. Una de las razones de la incursión militar en Ecuador para
asesinar a Raúl Reyes, es la necesidad de cortar de raíz el movimiento por la
liberación de los rehenes (incluidos entre éstos los que tiene en sus manos el
gobierno, que ascienden a más de 500) y por un acuerdo político de paz entre
el gobierno y las FARC. Este movimiento es mucho más peligroso que la fuerza
militar del enemigo, tanto para los fascistas militares respaldados por
Estados Unidos que quieren continuar la guerra y esperan ganarla utilizando
una mayor represión, como también para los aventureros militaristas en las
propias FARC.
Pero la razón esencial reside en el acatamiento a la voz del amo, la del
gobierno de Estados Unidos. Porque el equipo estadounidense gobernante no puede
entrar en una fase de recesión, que provocará inquietud social, con el
abastecimiento petrolero dependiente del radicalismo de Chávez y con la
perspectiva de que el precio del combustible sea cada vez más caro y no
disminuya ni siquiera en el caso de que cayese el consumo. Además, la
combinación de su crisis de hegemonía (el empantanamiento en Irak), de su
crisis económica y de la crisis política (posibilidad de triunfo de los
demócratas) crea una mezcla explosiva que la chispa venezolana podría ayudar a
detonar. La Casa Blanca no se cansa de repetir en todos los tonos delenda
est Caracas, delenda est La Habana. Como Catón, con su
Carthaginem est delenda, no hay discurso de Bush en el que no hable de la
necesidad de destruir la revolución cubana y, ahora, la bolivariana. Uribe es
simplemente el instrumento de esa política provocadora y busca crear una
situación de guerra en la región para justificar golpes de mano fronterizos,
bombardeos (de aviones estadounidenses disfrazados de colombianos) e
infiltraciones de saboteadores con el objetivo de ayudar a la burguesía
venezolana, incluida la boliburguesía nueva y a la derecha de las fuerzas
armadas de Venezuela para que den un golpe contra Chávez. Independientemente
de los errores de la política económica de Caracas, las dificultades que
enfrenta Venezuela, desde el desabastecimiento hasta el mercado negro y el
aumento de la delincuencia, tienen su principal base en la desestabilización
provocada e inducida, tal como sucedió desde la Revolución Francesa hasta hoy
en todo proceso revolucionario.
En la OEA –¡nada menos que en esa organización que siempre ha sido el
ministerio de colonias latinoamericanas de Washington!– el repudio al dúo Bush
titiritero-Uribe marioneta descascarada ha sido demasiado grande como para que
Bogotá pueda seguir adelante con sus matanzas y provocaciones. En lo
inmediato, al hacer imposible la liberación de Ingrid Betancourt, ya resuelta
por las FARC, Bogotá incluso se opone al gobierno francés, que es de derecha,
pero de la derecha nacionalista, y su oposición al intercambio de rehenes
alimentará la protesta militante de la oposición. Washington, que ha aplaudido
el bombardeo a Ecuador, se mantiene incluso con una política de perfil bajo y
podría dejar a Uribe como chivo expiatorio, contentándose con el reforzamiento
del ala fascista del ejército colombiano. Una guerra en la que éste debiese
combatir a la vez contra las FARC, contra Venezuela y contra el ejército
ecuatoriano, fogueado hace poco en los combates victoriosos contra Perú, es
muy poco probable. En cambio es previsible que siga la desestabilización del
gobierno de Chávez (y también de los de Evo Morales y Rafael Correa) con otros
medios más sutiles, y que el interlocutor de Washington en Colombia, mucho más
que un Uribe desenmascarado y debilitado, sea la alianza
militar-paramilitar-narcotraficantes, que es el factor de poder real en
Bogotá. La lucha de la oposición civil colombiana por la paz, por una solución
política al problema de los secuestrados por las FARC y de los presos
políticos que tiene el gobierno en su poder, al concentrarse contra Uribe,
podría permitir un recambio en el gobierno, para que todo siga igual, o sea,
para que el bloque de clase político y social que hoy es representado por
Uribe pueda seguir en el poder incluso sin éste, si las papas quemasen
demasiado.
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