Ahora que el ruido de desenvainar los sables parece haber disminuido
algo en las fronteras de Colombia con Venezuela y Ecuador, es lícito preguntarse
si, después del impacto de la guerra de micrófonos que libran Alvaro
Uribe, Hugo Chávez y Rafael Correa y de la intimidatoria acumulación de
tropas en el área (9000 refuerzos de Caracas y 3000 de Quito), no hay
elementos del conflicto que subvaluamos porque pasan desapercibidos.
¿Hay rasgos de los protagonistas que no identificamos con nitidez y que
tienen relevancia en lo que está sucediendo? La respuesta es, sí. Y estos
tienen influencia sobre todo los costado del problema: el geopolítico, el
militar, el económico y así hasta el fin.
¿Por qué Uribe decidió transformarse en un George W. Bush --cierto que a
escala de pigmeo-- y aplicar en América latina las políticas que el presidente
estadounidense llevó a Asia bajo el pretexto de una "guerra contra el
terrorismo" cuyos bandos, reales o imaginarios, sólo él define, y que tienen un
efecto deletéreo sobre otrora sólidos principios del derecho internacional como
la integridad territorial de los estados?
Por cierto está la explicación formal de Bogotá; el ataque del 1ø de marzo
pasado en territorio ecuatoriano fue una forma extrema de autodefensa frente al
desafío armado de las FARC, pero el argumento no resiste un soplido. El
precio de vulnerar la integridad territorial de un vecino es en América
latina mucho mayor que el beneficio potencial de cualquier triunfo militar
ocasional.
A menos, claro está, que uno considere la validez de motivos más mezquinos no
mencionados en voz alta, como ofrecer un éxito al público doméstico que haga
más fácil una futura modificación de la Constitución para permitirle una
segunda reelección a Uribe. O para detener una negociación para liberar
rehenes que se le ha ido de las manos y que, cada vez que se concreta lo
deja como el malo del film a la luz internacional.
O quizá para ofrecer a Washington que anualmente le entrega 600 millones de
dólares en asistencia esencialmente militar prueba de que el dinero es bien
gastado. Aun esta posibilidad se empequeñece cuando se considera que el
comercio bilateral con Venezuela que ahora está congelado le reporta a
Colombia vitales 5000 millones de dólares anuales.
Pero veamos también las cosas del otro lado. El venezolano Chávez parece ser
quien más ha hecho por alimentar la caldera del episodio, a pesar de que
su país no ha sufrido violación de su territorio. Para ser solidario con
Ecuador, la reacción de Caracas parece demasiado.
¿Qué clase de guerra tendríamos si las cosas pasaran a mayores? Una
reunión que pasó desapercibida esta semana fue cuando el ministro de Defensa
venezolano, general Gustavo Rangel, ofreció una conferencia de prensa para
explicar el movimiento de tropas hacia Colombia. Lo hizo acompañado por una
docena de altos mandos, varios de los cuales tenían en común, además del
uniforme y las insignias, el sobrepeso. Uno de ellos, a la derecha de Rangel,
vestido con uniforme de calle color casi arena, sobresalió por este rasgo y sus
ojos entrecerrados parecían denunciar que aún no había superado la digestión de
su más reciente alimento.
Fue difícil ver en este marco a "señores de la guerra" hechos y derechos y
lícito preguntarse por el estado de las tropas que comandan. Lo que nos
remite a Chávez, un teniente coronel que eligió --dijo alguna vez-- la carrera
militar como camino más accesible para jugar beisbol y cuyo punto más alto de su
vida en armas fue en 1992, no en batalla para defender Venezuela sino en un
intento por derrocar un gobierno civil.
Es así con los militares de América latina, una región frecuentemente sacudida
por la violencia pero que ha conocido más tiempo de paz que de guerra. No hay
que estirar demasiado la imaginación para suponer que Chávez puede sentir que
una dimensión de su historia está faltante, sobre todo cuando mira a Fidel
Castro, un abogado que --cualquier cosa que se piense de él-- sí se vistió de
verde oliva y lideró hombres en combate y, a comienzos de los 60, miró fijo a
los ojos sin pestañear al enemigo nuclear que, a 140 kilómetros de sus costas,
podía haber aniquilado su nación.
Otro militar que Chávez admira, Juan Domingo Perón, tuvo en su momento el mismo
problema y alguna vez su mujer, Eva, pareció más decidida que él a enfrentar
violentamente a la oposición que terminó por derrocarlo en 1955. La tradicional
foto de Perón, un infante, sobre un espléndido caballo militar, no es la
clase de imaginería que reemplaza la historia personal.
No es esto para criticar a Chávez o a Perón; ambos decidieron servir con las
armas a sus naciones y --como no fueron mercenarios-- la vida les negó la
oportunidad de probarse como soldados en combate. ¿Busca Chávez ahora como
presidente rellenar su foja personal?
¿Qué más ve Chávez en el mapa de su región que quizás otros no perciben? La
mayoría de nosotros está acostumbrada a discernir estados nacionales, pero
Chávez ve el sueño bolivariano de la Gran Colombia y cree que ese es lugar
hacia donde se debe ir. ¿Está dispuesto a la guerra para lograrlo? Hay
razones para creer que aunque la presente instancia de crisis amaine, esta
pregunta sólo tendrá respuesta con el tiempo.