En los últimos años, cada cierto tiempo, ya sea para fin de año, por una
conmemoración importante de algún acontecimiento o en momentos de inminencia
ante la toma de decisiones, se corren rumores sobre incrementos significativos
en la esfera del consumo de la población. En ocasiones, estas mentiras cobran
vida propia y crecen impulsadas por manos ocultas, hasta proporciones que a los
ojos de un destinatario como el pueblo cubano, con una cultura política que le
permite entender los problemas principales del mundo y de nuestro país, llegan a
resultar risibles.
No valdría la pena dedicarle mayor atención a estos eventos, sino fuera por
el fin político que llevan detrás. En una de las últimas reflexiones de Fidel,
al referirse a los procesos de derrumbe del socialismo en Europa, planteó que,
se dejaron llevar por ansias de consumo insatisfechas. Ya conocemos que la
disputa histórica con el capitalismo en aquellos países, mal planteada, se
centró en metas de producción y consumo. Como dijo alguna vez el compañero
Carlos Rafael Rodríguez, Cuba nunca planteó el problema en tales términos.
Haberlo hecho hubiese sido nefasto para la Revolución, bloqueada y agredida por
el gobierno de Estados Unidos por casi cincuenta años.
Con independencia de las carencias materiales que los cubanos hemos padecido
y enfrentado en esta larga y costosa batalla contra el imperialismo, una buena
parte de los cubanos hemos modificado nuestros ideales de consumo en la
dirección diametralmente opuesta al consumo superfluo, al lucro y a las
ilusiones de consumo que nada tienen que ver con nuestras condiciones concretas.
Creo incluso más, sin idealizar, que hemos adquirido en parte la conciencia de
que, ciertos patrones de consumo del capitalismo, son insostenibles
ecológicamente y vemos la renuncia a ellos como algo natural que es parte de la
solución a los problemas globales.
Claro que estas valoraciones se refieren a la mayoría de nuestro pueblo cada
vez más culto, realista y responsable. A un lado de este análisis dejamos a
los que se han dejado hechizar por los cantos de sirena de los valores pequeños
burgueses; tasan sus aspiraciones en fetiches mercantiles; y califican su
felicidad, por el cúmulo de valores de uso que están a su disposición, y por el
dinero -y hasta el capital- que poseen. No conformes con ello, disfrutan con su
ostentación, en infructuosa búsqueda de una reafirmación social que apruebe el
éxito de sus vidas. En una sociedad que ha enraizado el rechazo a la
explotación, a las desigualdades y a los privilegios, como fruto directo de su
amor a la justicia social, poca legitimación podrán esperar estos elementos.
Sembrar o alentar ansias de consumo por encima de nuestras condiciones
concretas; lanzar ideas sobre salarios incrementados en divisas convertibles;
realizar turismo internacional en amplia escala, entre otras propuestas, además
de ser irresponsable, persigue el fin político de producir frustraciones y
desaliento, es un vehículo para la desmovilización revolucionaria, o, en el
mejor de los casos, es una ingenuidad que no nos podemos permitir. Como han
dicho Fidel y Raúl, no podemos consumir más de lo que producimos. Tampoco
podemos consumir todo lo que producimos, tal y como Carlos Marx esclareció
teóricamente hace ya más de un siglo en su conocida obra "Crítica al Programa de
Gotha".
Es verdad que el consumo tampoco es una variable constante. No estamos atados
a tal o cual nivel de consumo. En una sociedad socialista, como la cubana, donde
la riqueza principal es del pueblo -en dependencia del monto de la producción y
de los servicios y de acuerdo a la cuota de consumo que la sociedad
concientemente planifique, observando los límites ecológicos- se podrá disponer
de un volumen mayor o menor de recursos.
Tampoco es un secreto que aún estamos lejos de tener una satisfacción
razonable de las necesidades en su conjunto. Estas insatisfacciones tienen un
origen muy diverso. Muchas, todavía tienen su lejana raíz en las condiciones del
subdesarrollo heredado por la Revolución, a pesar del enorme esfuerzo realizado.
Tal es el caso del fondo habitacional más que duplicado en el período
revolucionario y mejorado sustancialmente en su calidad.
Otro buen número de nuestras carencias tienen su causa en la genocida guerra
económica del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, expresa y, cínicamente,
declarada por ellos desde los inicios de esta criminal política, la cual ha
sido derrotada sistemáticamente en las Naciones Unidas. Una batalla que abarca
desde la década de los años noventa hasta la actualidad. Una heroica batalla de
nuestro pueblo con su resistencia, y por la abnegada labor de la diplomacia
revolucionaria cubana.
Las carencias arreciaron con la abrupta caída del campo socialista y el
cambio radical de las relaciones económicas exteriores a condiciones mucho más
difíciles. En los momentos más duros se pusieron a prueba los valores más
sagrados de la Patria Socialista, y la mayoría inmensa del pueblo escribió una
epopeya que aún está por recrear.
La recuperación económica de los últimos doce años, imperceptible en sus
comienzos y significativa hasta el presente, permitió mejorar nuestra calidad
de vida en muchos importantes aspectos, como la recuperación de la capacidad
constructiva de viviendas, la reparación de escuelas y centros de salud, la
telefonía, los beneficios derivados de la Revolución Energética, el auge de las
publicaciones editoriales y las inversiones en redes de agua, por solo mencionar
algunos ejemplos.
Sin embargo, los impactos del período especial no se redujeron a las
carencias inmediatas y visibles de recursos. A mediano y largo plazo, se han
hecho sentir con fuerza los efectos de la descapitalización de una parte
importante de la infraestructura del país que afectan directamente a la
población. Un ejemplo importante es el sector del transporte y los viales, donde
se ha producido un deterioro significativo por falta de inversiones necesarias
durante varios años. Algo similar pasó en todo el sistema electroenergético
nacional, con el mantenimiento del fondo habitacional y con las redes
hidráulicas, entre otras ramas de la vida social.
No hay otro camino de avanzar en el mejoramiento de los niveles de
satisfacción de nuestras necesidades que no sea vincular el consumo al trabajo,
y como dijera el compañero Raúl en la última sesión de nuestro Parlamento,
el trabajar duro.
Mientras en la sociedad norteamericana se exprime el consumo hasta niveles
insospechados -reduciendo cada vez más el ahorro- y por muchas vías se financia
el consumo como antídotos a la crisis expresada en su versión transnacional, en
larga e interminable recesión, y la deuda de las familias, el estado y las
empresas, nos denuncian la naturaleza puramente artificial del festín del
consumo que los envuelve, y cuando el falso capital aporta leña a tal
irracionalidad del consumo, en Cuba, nuestro consumo, descansa básicamente en la
riqueza que, con el duro trabajo, le sacamos a la tierra, a nuestras industrias
y a los servicios. No tenemos facilidades crediticias de los organismos
financieros internacionales ni aumentamos artificialmente nuestro capital en
títulos de valor en bolsas ni tenemos condición de nación más favorecida en el
comercio ni hemos extraído de pueblo alguno un adarme de riqueza ni vendemos en
el mercado norteamericano ni podemos utilizar el dólar como medio de pago
internacional ni podemos comerciar libremente con el resto del mundo; solo lo
hacemos rompiendo constantemente sus enrevesadas redes transnacionales. Es
decir, en Cuba, el mejoramiento del consumo no caerá del cielo.
El compañero Fidel ha expresado en
varias oportunidades que resolveremos nuestros problemas materiales y que
nuestra sociedad podrá vivir dignamente de sus conocimientos, como se está
haciendo ya una realidad. Para lograr esa justa meta, buscamos hoy, con la
participación de todos, las mejores formas de estructuración de la producción
social que nos conduzcan, en lo que depende de nosotros, a que nuestra economía
funcione con la precisión de un reloj suizo.
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