La piroga que navegaba por el río Maroni le recordaba su fracasada
reconciliación con su ex esposa Cecilia, cuando posaron allí para los
fotógrafos. Los indios le recomendaban lo mismo que los militantes de su
partido, la UMP: "Hacer como el cacique de la tribu. Reflexionar, calmarse y
preocuparse de su gente". Su celular no tenía señal en la remota Guayana
francesa para poder recibir los mensajes de texto de Carla Bruni, su nueva
mujer. Sólo el presidente brasileño, Lula da Silva, pudo sacar al presidente
Nicolás Sarkozy de su mal humor y su imbroglio político durante su
corta visita ayer al remoto y tropical Saint George de Oyapock, un pueblo
perdido en la frontera con Brasil. Allí discutieron la suerte de los rehenes en
manos de la guerrilla colombiana de las FARC y la transferencia de tecnología
con Brasil de submarinos Scorpene y aviones de combate como el Rafale, que
serían construidos en Brasil.
"Yo le he dicho al presidente Lula que nosotros estamos listos a que nuestros
submarinos convencionales Scorpene sean fabricados en Brasil", dijo Sarkozy en
su conferencia de prensa junto a Lula. "Estamos listos para organizar una
transferencia de tecnología para helicópteros y aviones de combate a Brasil. Yo
pienso claramente en el Rafale (un avión de combate)", aseguró.
Cuando Sarkozy discutía una "sociedad global con Brasil" que superara lo militar
y apoyaba la ampliación con los países del sur en el Consejo de Seguridad de la
ONU, Lula informó que el presidente francés ha sido invitado a Brasilia para fin
de año. Al mismo tiempo, Brasil se comprometió -en un "cuadro humanitario"- a
proseguir sus esfuerzos para lograr la liberación de los rehenes en manos de
las FARC. Un alivio para Sarkozy en medio de un mar de malas noticias.
Con encuestas como la de CSA que establecen que el 52 por ciento de los
franceses no tiene confianza en él a 9 meses de su asunción, el presidente de
Francia está atravesando los peores días de su gestión: una crisis
política en el país como producto de su comportamiento personal y hasta con su
feudo de Neuilly sur Seine, dividido y en manos de un disidente conservador
después de que abandonara a David Martinon, su vocero y candidato a dedo para la
alcaldía. Su primer ministro, Francois Fillon, es más popular que él y se
rumorea que sería reemplazado por Xavier Bertrand, en una reoxigenación del
gabinete. Fillon es visto como una figura seria, discreta, segura, que
públicamente salió a reafirmar "la legitimidad" del presidente, en medio de una
ola de críticas de sus propias filas.
A cuatro semanas de las elecciones municipales, las encuestas aseguran que el
mal humor francés se ha "nacionalizado" y los electores castigarán a la UMP
"para darle una lección" a Sarkozy. Los futuros elegidos están furiosos con su
presidente y nadie le está pidiendo que los ayude en la campaña. Cuando más
lejos de Sarkozy, más posibilidades de posicionarse mejor.
"Todos los gobiernos, todas las mayorías, todos los presidentes conocen momentos
más o menos fáciles y parece que hay dificultades", dijo el presidente Sarkozy
desde Guyana. "A las dificultades hay que afrontarlas con sangre fría, con
humildad y continuar trabajando", anunció cuando las noticias de una alta
incomodidad en la UMP corren en París a alta velocidad.
El affaire David Martinon, su portavoz y candidato a ser alcalde de
Neuilly, se convirtió en un patético psicodrama. Martinon se enteró por el
diario Le Figaro que lo habían removido como candidato porque perdía la
elección y no podía permitirse Sarkozy una derrota. Pero el método del desalojo
fue abominable y patético: Jean Sarkozy, su hijo de 21 años, se encargó de
hacerlo anunciando otra lista de unidad con otros candidatos de la UMP por
mensajes de texto a la prensa, una verdadera debilidad familiar. No hacía sino
cumplir una orden de su padre, que sólo el domingo recibió al renunciante
Martinon y le imputó: "Te mandé a mi hijo, te di mi ciudad y me metiste en la
mierda. Al menos disculpate". Y no lo llevó a Guyana.
Para Segolene Royal, el affaire Martinon "no es sólo una mala
concepción de la política. Esta peripecia ridícula ofrece un espectáculo
entristecedor de la moral política". Su ex compañero sentimental y líder
socialista, Francois Hollande, fue aún más cruel: "La farsa de Neuilly sur Seine
desconsidera la función presidencial, donde uno no sabe si pertenece a la
comedia ligera, al teatro de Boulevard o a la tragicomedia".
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