A Barack Obama le sonrió la fortuna en los momentos en que estuvo de
visita en Iraq. Llegó justo después de que el primer ministro iraquí Nouri
al-Maliki se hubiera negado a aceptar un nuevo Acuerdo sobre el Estatuto de
Fuerzas (SOFA, siglas en inglés) por el que se habría institucionalizado la
ocupación estadounidense.
Por Patrick Cockburn - CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo
Fernández
El gobierno iraquí no se define claramente cuando
dice que desea una retirada definitiva de las tropas de combate de EEUU,
pero su portavoz, Ali al-Dabagh, declaró que deberían salir en el 2010. Esta
fecha entra dentro del mismo período de tiempo de la promesa que Obama hizo
de ir retirando cada mes una brigada de combate a lo largo de dieciséis
meses. De repente, la proclama de John McCain de que las tropas
estadounidenses deberían permanecer allí hasta alguna victoria indefinida
sonaba poco viable y periclitada.
El gobierno iraquí parecía casi sorprendido de sus propias decisiones. En
absoluto se siente tan seguro como pretende de poder sobrevivir sin el apoyo
de EEUU, pero inesperadamente se encontró a sí mismo dejándose llevar por
una oleada de nacionalismo. La ocupación estadounidense ha sido siempre
impopular entre los árabes iraquíes desde sus mismos primeros momentos en
2003. Una encuesta dirigida en febrero de este año por ABC News, la
BBC y otras cadenas de televisión mostraba que el 61% de los iraquíes
estiman que la presencia de las fuerzas estadounidenses hace que la
seguridad esté continuamente empeorando en Iraq y el 27% opina que la
mejoran. El único segmento grande de apoyo a la ocupación estadounidense se
encuentra entre los kurdos, que suponen la quinta parte de la población.
Entre los árabes iraquíes, las otras cuartas partes, el 96% de los sunníes y
el 82% de los chiíes dicen que no confían en las fuerzas ocupantes. La
impopularidad de la ocupación ha sido el hecho político fundamental en Iraq
desde el derrocamiento de Saddam Hussein hace cinco años. Los políticos,
diplomáticos y soldados estadounidenses y británicos fracasaron al apreciar
esa realidad. En respuesta a las cifras de la encuesta, que año tras año han
ido mostrando que los iraquíes odian la ocupación, ellos mismos se guisan y
se comen sus propias explicaciones, diciendo en privado que los “iraquíes
dirán siempre que no quieren que nos vayamos de inmediato”. Entonces van y
proclaman, frente a todas las evidencias, que eso significa que los
iraquíes, en secreto, no quieren que las fuerzas de la ocupación se vayan.
Autoengaños como ese hacen que los comentaristas estadounidenses hablen con
frecuencia de la extensión y calendario de una retirada de tropas
estadounidense como si fuera exclusivamente una decisión de EEUU, algo a
decidir según el resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses.
“Los iraquíes pueden estar profundamente divididos en líneas sectarias,
étnicas, tribales y de facción”, escribe Anthony Cordesman del Centro para
Estudios Internacionales y Estratégicos en Washington y uno de los pocos
comentaristas estadounidenses que entiende algo de política iraquí. Y añade,
pero los iraquíes “tienen conciencia nacional, mucho orgullo nacional y no
quiere estar ‘ocupados’ o tener una presencia estadounidense más allá de lo
necesario”. Es posible que decayera el nacionalismo, durante la guerra civil
sectaria entre sunníes y chiíes en Bagdad en 2006-2007, pero en el momento
mismo en que la carnicería sectaria disminuyó empezó a reafirmarse de nuevo.
Hay una actitud de gran tensión tanto en el gobierno iraquí como entre
los iraquíes normales de a pie. El número de cadáveres que se recogen de las
calles de Bagdad ha disminuido bastante desde hace un año, pero nadie sabe
cuánto va a durar esto. “Por el momento la vida es mejor, pero todo el mundo
sigue lleno de temor”, me dijo una mujer chií. Y el descenso en la violencia
es sólo comparable al anterior baño de sangre. Alrededor de 554 iraquíes
fueron asesinados el pasado mes junio, cifra que aunque fue un 66% más baja
que la del año anterior, sigue haciendo de Iraq el país más peligroso sobre
la tierra. Se ha vuelto a vender abiertamente alcohol, mostrando que los
tenderos que lo venden ya no tienen el miedo que tenían en otros momentos a
los milicianos islámicos. Pero sunníes y chiíes ya no se visitan los unos a
los otros en sus distritos. Bagdad sigue dividida en ghettos sectarios
aislados unos de otros por altos muros de hormigón. Los 2,4 millones de
refugiados que huyeron a Siria y Jordania no están volviendo en cifras
significativas. Cuando lo hacen es a menudo porque cada vez resulta más
difícil obtener visados de residencia en Damasco y Ammán. Los chiíes,
mayoría en Bagdad, se hicieron con gran parte del resto de la capital a
través de una guerra salvaje emprendida hace dos años por asesinos y
escuadrones de la muerte. No hay indicios de que estos cambios demográficos
vayan a alterarse. Cuando sunníes y chiíes intentan volver a sus casas en
zonas que han sido purgadas por la otra comunidad, se encuentran con el
peligro inmediato de que los maten. Cuando un marido y una mujer, ambos
chiíes, fueron a visitar la casa de la que habían escapado en el muy poblado
distrito al-Mekanik en Dora, al sur de Bagdad, se les disparó de inmediato
produciéndoles la muerte y decapitando al conductor que les llevaba. Puede
que las milicias hayan salido de las calles, pero no se han ido muy lejos.
Los dignatarios que visitan la Zona Verde, ya sea George Bush, Tony Blair
o Barack Obama, rara vez son conscientes de la amplitud de las operaciones
militares que hay que desplegar para protegerles, ni del impacto que las
mismas tienen sobre los iraquíes. No es sorprendente que tales visitantes
saquen una impresión exagerada del progreso hacia la normalidad en Bagdad.
El pasado año, los empleados de la embajada estadounidense en el corazón de
la Zona Verde se quejaban de que se le había ordenado no llevar chalecos
antibalas ni cascos si se les fotografiaba o filmaba junto a John McCain,
porque su atavío podría contradecir la proclama de que Bagdad era un lugar
más seguro de lo que se decía. Cuando el vicepresidente Cheney estuvo allí
de visita, se prohibió que en la Zona Verde sonara la sirena que normalmente
avisa unos cuantos segundos antes de la llegada de una serie de cohetes o
morteros. Los funcionarios del equipo de Cheney pensaron que el aullido
amenazante de las sirenas podía sugerir a los televidentes en EEUU que no
todo iba tan bien en Iraq como proclamaba el vicepresidente. En el caso de
la visita de Barack Obama del 21 de julio, gran parte del Bagdad central fue
clausurado para garantizar su seguridad, aunque no iba a moverse de lo más
profundo de la Zona Verde. Un amigo, de nombre Gaylan, había sacado su coche
para recoger un aire acondicionado que le estaban arreglando en el distrito
de Karada, al este de Bagdad, cuando las tropas estadounidenses pararon todo
el tráfico a las 12,15 del mediodía. Atrapado bajo el tórrido calor del
verano iraquí, no se permitió que nadie se moviera de de nuevo hasta las
seis de la tarde. “Había helicópteros sobrevolando nuestras cabezas
controlando todo desde el cielo”, dijo Gaylan. “Bloquearon la calle Abu
Nawas, que está en el lado opuesto a la Zona Verde y registraron todas las
casas de la calle. Después se trasladaron al hotel Babilonia y tomaron
posiciones en lo alto del tejado. Estuve atrapado en medio del tráfico toda
la tarde”. Durante su larga espera, Gaylan tuvo todo el tiempo del mundo
para preguntar a los otros conductores lo que pensaban de Obama y su visita.
Sus opiniones rezumaban amargura, lo que no es precisamente sorprendente.
“¿Qué nos importa a nosotros si un hombre blanco o negro gana las elecciones
presidenciales estadounidenses?”, replicó un airado conductor. “Obama y Bush
son las dos caras de la misma moneda, una moneda estadounidense”. Otro
preguntó: ¿A qué viene aquí? ¿Qué es lo que va a hacer por nosotros? ¿Nos va
a asegurar la electricidad? Tan sólo viene por motivos electorales”. Un
tercer conductor mostró sus dudas sobre el plan de Obama para llevarse a los
soldados estadounidenses. “Dice que retirará las tropas de Iraq, pero no me
lo creo”, dijo. “Los estadounidenses tienen planeado apoderarse de Iraq
durante un tiempo muy largo para así proteger a Israel de Irán y saquear
todo nuestro petróleo”.
No todos los visitantes oficiales llegan siquiera hasta Bagdad. Una
semana antes de que Obama llegara, se esperaba que el Rey Abdullah de
Jordania hiciera su primera visita oficial a Iraq. Este hecho revestía
alguna importancia porque en el pasado se le había advertido a Abdullah del
peligro de que el chiísmo revolucionario barriera todo el Oriente Medio.
Junto con otros gobernantes árabes sunníes, había observado con horror cómo,
tras el derrocamiento del régimen predominantemente sunní de Saddam Hussein,
se establecía un gobierno kurdo-chií en Bagdad bajo protección
estadounidense. Su visita para abrir una nueva embajada en Bagdad que
sustituyera a la dinamitada en agosto de 2003, era una señal importante de
que los dirigentes árabes sunníes estaban empezando a aceptar que el nuevo
gobierno iraquí estaba aquí para quedarse. Pero la visita se canceló en el
último momento por ‘preocupaciones de seguridad’ según dijeron los
funcionarios jordanos. La policía iraquí declaró que la seguridad jordana,
para comprobar la seguridad de la ruta, había hecho circular un convoy de
prueba con cuatro vehículos multirruedas negros blindados especiales a
través del distrito de al-Mansur antes de que el rey llegara. Cuando el
convoy pasaba a toda velocidad por las calles de al-Mansur, los jordanos
escucharon el sonido cercano de un tiroteo y temieron que pudiera ser un
intento de asesinato del rey por parte de pistoleros. “En realidad”, explicó
un oficial del ejército iraquí de la 6ª División encargada de proteger a
Abdullah, “habíamos cerrado herméticamente las calles para que pasara el
convoy del rey cuando apareció un anciano conduciendo su coche desde una
carretera secundaria que se dirigía hacia la calle principal, por eso los
soldados empezaron a disparar al aire para llamar su atención y hacerle
retroceder”. Evidentemente, los jordanos no aceptaron del todo esa benigna
explicación del tiroteo y se apresuraron a cancelar la visita. La confianza
en el gobierno iraquí tiene aún poco camino andado. Hace cuatro meses,
parecía que el primer ministro Nouri al-Maliki estaba a punto de ser
depuesto. “En marzo, la mayor parte de los partidos políticos, incluidos
nosotros mismos, estábamos preparados para deshacernos de él”, dijo un
funcionario kurdo. “Pero entonces consiguió el triunfo en Basora y en Ciudad
Sadr y desde entonces se ha mostrado muy seguro de sí y apenas escucha lo
que tenemos que decirle”. El éxito del gobierno contra los milicianos del
Ejército del Mahdi de Muqtada al-Sadr no fue para tanto como parecía. En los
primeros combates allí del ejército iraquí, algunas de sus unidades se
amotinaron y entregaron sus armas. Fueron las tropas estadounidenses las que
más se encargaron de los combates en Ciudad Sadr y proporcionaron la
logística y apoyo aéreo y de la artillería en Basora. Nadie sabe lo que
hubiera ocurrido si el ejército iraquí hubiera que tenido que combatir al
Ejército del Mahdi por sí solo. Hay todavía mil soldados en Basora y otro
batallón apoyando al ejército iraquí en la provincia de Amara, que fue una
vez el baluarte del Ejército del Mahdi en el sur de Iraq. El punto de
inflexión en esos combates no sólo fue la intervención militar
estadounidense sino el llamamiento de al-Sadr a sus hombres para que
salieran de las calles y el apoyo de Irán al gobierno de Maliki. Ese fue un
tanto que se apuntó Ahmed Chalabi, el muy maligno pero muy astuto oponente
de Saddam Hussein, en sus bien defendidos cuarteles en Bagdad. “La gente no
se da cuenta de que el éxito del ‘incremento’ fue consecuencia de un acuerdo
tácito entre Estados Unidos e Irán”, dice. Esto fue verdad cuando Muqtada,
que necesitaría del apoyo iraní si se dispusiera a emprender una guerra real
contra el gobierno iraquí apoyado por EEUU, declaró una tregua a comienzos
del incremento el pasado año. Irán no quiere hacer nada que debilite o
destruya al primer gobierno chií en el mundo árabe desde que Saladino
derrocara a los Fatimidas en El Cairo de hace ochocientos años.
El comandante saliente estadounidense, el General David Petraeus, sigue
diciendo que el descenso en la violencia y la extensión del control
gubernamental en Iraq son ‘frágiles y reversibles’. Su cautela se basa en la
experiencia. En Mosul, en 2004, Petraus, entonces comandante de la 101
División Aerotransportada, parecía haber pacificado la norteña ciudad de
Mosul. Pero ocho meses después de que se fuera, los insurgentes se hicieron
con la ciudad, la policía y el ejército cambiaron de bando o se fueron a
casa y se capturaron treinta comisarías además de un alijo de armas por
valor de 41 millones de dólares. No es probable que le hubiera ocurrido lo
mismo al gobierno de Maliki. Pero algunos políticos iraquíes creen que el
Ejército del Mahdi está sencillamente reservándose y que podría tomar medio
Bagdad en cuarenta y ocho horas. Por el momento, los sadristas se han ido al
campo. Muqtada está sentado en su casa de la ciudad santa de Qom en Irán
donde dice proseguir sus estudios religiosos. Su estrategia consiste en no
lanzarse a la lucha antes de que los estadounidenses se vayan o disminuyan
sus fuerzas. Cuando las muchedumbres que asistieron en julio a las mezquitas
bajo control sadrista en Ciudad Sadr empezaron a tirar abajo las barreras
colocadas en la calle por el ejército iraquí, fueron los predicadores
sadristas los que les suplicaron que se fueran a casa y evitaran la
confrontación. “Él [Muqtada] no es el tipo de hombre”, dice su portavoz
Salah al-Obaidi, “que arranca la fruta antes de que madure”.
El gobierno iraquí, por su parte, está ansioso por liquidar el movimiento
sadrista, a pesar de sus profundas raíces en las empobrecidas masas chiíes,
mientras que el ejército iraquí está apoyado por el potencial armamentístico
estadounidense. Las divisiones de clase son profundas en la comunidad chií y
a la clase media chií le gustaría ver permanentemente aplastado al
movimiento sadrista. La persecución es implacable. En Basora, la policía ha
dicho a los hombres que solían vender casetes de canciones alabando a
Muqtada que los tiren y vendan en su lugar música gitana. En Amara, el
ejército está bajo continuas presiones del gobierno de Maliki para que
arresten a cualquier sadrista que encuentren. El gobierno sadrista ha sido
arrestado, la provincia está efectivamente bajo la ley marcial e incluso los
sadristas que se beneficiaron de una amnistía están siendo arrestados. Pero
los sadristas y el Ejército del Mahdi dependen finalmente del núcleo de
militantes comprometidos que sobrevivieron a la mucha más feroz persecución
bajo Saddam Hussein. Será difícil eliminarles. El mismo Muqtada es aún
reverenciado en millones de hogares chiíes, aunque su foto resulta menos
evidente. Bashir Ali y Ahmed Mohammed, dos poderosos sheijs tribales
anti-sadristas de Ciudad Sadr, me dijeron que pensaban que “la corriente
sadrista había perdido gran parte de su apoyo en Ciudad Sadr y que no tiene
fuerza para llevar a cabo un levantamiento”. Son apenas observadores
imparciales porque admiten libremente que los sadristas habían reducido el
poder de las tribus y estaban ansiosos por devolverles el golpe. Pero,
mientras proclamaban que los sadristas habían perdido popularidad,
admitieron que no se atrevían a criticarles en público “porque nos
dispararían la próxima vez que vayamos a la mezquita a orar”. El rencor
entre Maliki y los sadristas se profundiza porque fueron sus miembros
parlamentarios los que le hicieron primer ministro. Sus ministros se
retiraron de su gobierno en 2007 porque el primer ministro no le había
pedido a Bush un calendario de retirada de los estadounidenses. Las
muchedumbres sadristas se están manifestando todos los viernes exigiendo una
retirada estadounidense. Paradójicamente, el gobierno de Maliki está ahora
pidiendo una retirada estadounidense para los próximos años siguiendo los
esquemas de Muqtada. El nacionalismo iraquí, junto con la reaparición del
fervor religioso y el populismo socialista, es lo que ha permitido que los
sadristas puedan hacer un llamamiento tan amplio. En gran medida porque
Maliki no quería que le denigraran como títere de EEUU fue por lo que
rechazó tan vigorosamente el nuevo acuerdo militar o SOFA que habría
institucionalizado la ocupación estadounidense y sustituido el actual
mandato de Naciones Unidas. Puede que le ponga nervioso pensar qué haría sin
el apoyo estadounidense, pero no hay otro dirigente iraquí alternativo con
el que sustituirle. Ni tampoco sería esto tan fácil de llevar a cabo como
hace dos años. En aquel momento, el embajador de EEUU ayudó a desembarazarse
del predecesor de Maliki como primer Ministro, Ibrahim al Yaafari, diciendo
que Bush ‘no quiere, no apoya y no acepta’ que Yaafari dirija el gobierno.
Desde entonces, el estado iraquí, con todo lo destartalado que está, ha
recorrido un largo camino para reconstituirse a sí mismo con alrededor de
medio millón de hombres en armas y unos ingresos del petróleo que el próximo
año serán de 150 millones de dólares.
EEUU cometió un error al presionar por un SOFA con Iraq en el momento que
lo hizo. Cuando EEUU presentó su primer proyecto de acuerdo de seguridad en
marzo, contemplaba sencillamente proseguir la ocupación en la que EUU sería
el gran señor colonial. El acuerdo que EEUU tenía en mente fue comparado por
los iraquíes con el tratado anglo-iraquí de 1930, bajo el cual Gran Bretaña
retuvo bastante autoridad en Iraq como desacreditar a los gobiernos
iraquíes, que fueron considerados por muchos iraquíes como títeres del poder
imperial. “Lo que los estadounidenses nos están ofreciendo en términos de
soberanía real es incluso aún menor que lo que los británicos nos ofrecieron
hace ochenta años”, dijo un dirigente iraquí. El acuerdo fue apoyado por los
kurdos e inicialmente por el ala pro-estadounidense del Consejo Supremo
Islámico de Iraq, dos de los apoyos principales del actual gobierno, que
querían encastillarse en el apoyo estadounidense para su actual elevado
estatus. Pero EEUU, junto con muchos de sus aliados en la Zona Verde, ha
tendido siempre a subestimar la amplitud con la que los iraquíes de fuera
del Kurdistán rechazan la ocupación. No es que el gobierno quiera que los
estadounidenses se vayan rápido. “El gobierno carece de fe en sí mismo y
quiere estar abrigado por el ejército estadounidense”, dijo Mahmoud Ozman,
un veterano e influyente parlamentario que admite libremente que sus
sentimientos como kurdo son diferentes de sus sentimientos como iraquí. Se
opuso al SOFA con EEUU diciendo: “Creo que tenían tanta prisa porque EEUU
quería un acuerdo para esta administración a fin de beneficiar con él en las
elecciones al partido republicano”.
El fallido intento de llegar a un acuerdo entre Iraq y EEUU ayudó a
cristalizar el resentimiento iraquí ante la ocupación: las bases militares,
la inmunidad de los contratistas y soldados estadounidenses, los 23.000
prisioneros retenidos por EEUU, la capacidad de las tropas de EEUU para
arrestar iraquíes y desarrollar operaciones militares a voluntad. La
amplitud de la violenta reacción de los iraquíes sorprendió tanto al
gobierno de Maliki como a Washington. Pero había otras fuerzas también en
juego. Los iraníes habían jugado un papel central al mediar en los meses de
marzo y mayo para conseguir el fin de los combates entre el ejército iraquí
y el Ejército del Mahdi. Los iraníes dejaron también claro que no iban
aceptar el nuevo acuerdo de seguridad Iraq-EEUU. Lo que nunca entendieron
los partidarios del ‘incremento’ como John McCain fue que su éxito, en
cuanto a lo que por tal puede entenderse, dependía de la cooperación de
Irán. El nuevo acuerdo de seguridad destruiría esta cooperación. “Los
iraníes se oponen implacablemente al acuerdo”, dijo Chalabi, que acababa de
reunirse con los dirigentes iraníes en Teherán. “Consagra la presencia
masiva de EEUU en Iraq y amenaza su seguridad. Dicen que más que ‘acuerdo de
seguridad’ lo que será es un ‘acuerdo de no seguridad’”. La voluntad
creciente de Maliki de enfrentarse a EEUU a causa del acuerdo puede bien
haber sido consecuencia de las seguridades ofrecidas por Irán de que no
tendrían que enfrentarse a un levantamiento del Ejército del Mahdi en el sur
de Iraq si así lo hacían. La lucha por el poder en Iraq está entrando en una
nueva fase. Puede que EEUU no haya conseguido el acuerdo que querían con
Iraq, pero siguen permaneciendo en el país como poder militar dominante. Los
EEUU siguen controlando en gran medida el ejército iraquí. Ya sea Obama o
McCain quien gane las elecciones presidenciales, la batalla por ver quién
gobierna realmente en Bagdad proseguirá.