Al cumplirse el 20 de marzo cinco años de la invasión anglo-estadounidense a
Irak, más de 150 mil
soldados norteamericanos permanecen en el país árabe con una misión que,
paradójicamente, su presidente George W. Bush dio por cumplida hace casi
un lustro
El próximo 1 de mayo habrán transcurrido también cinco años del
teatral aterrizaje en el portaaviones Abraham Lincoln de un avión S-3
Viking, a bordo del cual viajó Bush para anunciar a toda voz lo que
consideró el epílogo de la agresión armada.
"Mission Accomplished" (misión cumplida), rezaba una gran pancarta
ubicada en la cubierta de la nave, frase que el gobernante acuñó al
etiquetar de terminadas las principales acciones combativas en Irak.
El portaaviones Lincoln estaba fondeado frente a las costas de San
Diego, California, muy lejos del teatro de operaciones militares de Asia
Central, distancia que quizás no le permitió al presidente tener una
apreciación real de lo que sucedería en Irak en el futuro.
Bush llegó a la pista del navío vestido de aviador en un S-3, el cual
en realidad no piloteó. La aeronave, que a partir de ese día se
convirtió en el primer "Navy One", fue conducida por el oficial Skip "Loose"
Lussier.
El S-3 quedó en exhibición en el Museo Nacional de la Aviación Naval
en Pensacola, Florida, el 17 de julio de 2003, donde reposa como el
único avión de la Marina utilizado por Bush, pero también como recuerdo
de un fatídico día de vaticinios para el gobernante.
De haber finalizado realmente las principales acciones combativas, el
grueso de las tropas invasoras ya debía estar en casa.
Casi un lustro transcurrió desde la escena montada en la pista del
Lincoln, sin embargo, brigadas de soldados completas permanecen
desplegadas en Irak sin saber aún cuando emprenderán el viaje de retorno
definitivo. Desde que comenzó la invasión, tres mil 990 militares
estadounidenses murieron en el país ocupado, la inmensa mayoría como
consecuencia de acciones de la insurgencia.
Del total de bajas fatales, tres mil 746 ocurrieron después de que el
mandatario diera por cumplida la misión.
En enero de 2006, Bush dijo que reduciría de 17 a 15 las brigadas de
combate en Irak, pero no excluyó "ulteriores posibles ajustes" y cambios
en la composición de las fuerzas, en sintonía con la apreciación de los
comandantes en el terreno y no en "un calendario político artificial".
El plan preveía disminuir a 100 mil los efectivos, pero el curso de
los acontecimientos en ese país del Golfo Pérsico le jugó una mala
pasada al gobernante y la contraorden no se hizo esperar. En lugar de un
repliegue, el memorando de la Casa Blanca lo que dictaminó fue el envío
de refuerzos.
La fuerza multinacional encabezada por Estados Unidos debería cesar
su mandato en suelo iraquí el 31 de diciembre de este año, a tono con la
resolución 1.723 del Consejo de Seguridad de la ONU, rubricada en
noviembre de 2006.
Empero, Bush reconoció en febrero último que su país pretende
mantener las tropas en Irak durante años, aunque se negó a admitir que
aspire a establecer bases permanentes en esa nación.
"Estoy convencido de que es de nuestro interés y del interés del
pueblo iraquí encontrar un acuerdo sobre la forma en la cual podamos
actuar en los años venideros", comentó el mandatario a la televisora Fox
News.
Lo cierto es que el proyecto inicial de guerra relámpago se esfumó y,
con ella, los mínimos costos financieros estimados por los estrategas
del Pentágono y prometidos al Congreso y a la ciudadanía por el
presidente.
Al acercarse el quinto aniversario de la agresión armada a Irak, el
Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz consideró necesario hacer un
balance del dinero de los contribuyentes norteamericanos gastado en la
guerra en la nación árabe.
Stiglitz calculó en tres millones de millones de dólares el costo de
la embestida bélica, aunque calificó de valoración conservadora el monto
apreciado, luego que el descontrol financiero del Departamento de
Defensa imposibilitó llegar a números más exactos.
De cualquier manera, se trata de un desperdicio de recursos,
suficientes para resolver los problemas sociales de Estados Unidos por
medio siglo, aseguró el académico, quien fuera consejero económico
durante la administración del presidente William Clinton.
Entre los daños universales vinculados al conflicto, Stiglitz señaló
el alza en el precio del barril de petróleo, que en días recientes llegó
a los 112 dólares y amenaza con seguir ascendiendo.
La cifra es cuatro veces superior a la cotización del crudo en marzo
de 2003, cuando Bush dio la orden de atacar a Irak.
Casi dos períodos en la oficina oval no resultaron suficientes al
gobernante para dejar atrás la pesadilla iraquí, que a toda luz
propagará ecos de insomnio en la alcoba del próximo presidente, ya sea
republicano o demócrata.
Consciente de las inquietudes que esa prolongada guerra genera en el
electorado, el candidato del partido oficial, John McCain, viajó a Irak
la semana pasada con la evidente intención de apreciar de primera mano la
situación en ese país.
McCain llegó a Bagdad poco después de haber declarado en Washington
que no le molestaría que fuerzas del Pentágono permanecieran en la
nación del Golfo Pérsico durante 100 años.
"Hemos estado en Japón por 60 años. Hemos estado en Corea del Sur por
50 años más o menos… Mientras que los estadounidenses no resulten
heridos o sean perjudicados o asesinados, a mi no me molestaría", indicó
el senador.
Una encuesta realizada por la televisora CNN y el centro Opinion
Research arrojó que si las elecciones fueran ahora, McCain perdería ante
el candidato demócrata, tanto frente a Hillary Clinton como a Barack
Obama.
Otro estudio reciente del diario The Washington Post y la cadena ABC
News mostró resultados similares, al asociar los votantes la imagen de
McCain a la del presidente Bush y, por consiguiente, a la guerra en Irak.
Según el sondeo, dos tercios de los estadounidenses rechazan la
manera en que el gobernante desempeñó su cometido y la mayoría afirma
que no valió la pena invadir al país árabe, que fallidos vaticinios de
un presidente extranjero condenaron a permanecer ocupado por tropas
foráneas.