Por Gustavo Sierra -
Clarín
Había sido una guerra "blanda". Había caído la dictadura. No
había más víctimas de las que puede provocar cualquier conflicto de este tipo.
La mayoría de la población, los shiítas, se veían contentos. Saddam
había desaparecido pero era cuestión de tiempo que lo encontraran. Caían las
estatuas del dictador y unos cuántos aprovechaban la confusión para algunas
venganzas personales y otros robos sin mayor justificación. No se veía una
gran cantidad de muertos en las calles o las morgues. Los comercios reabrían
en cuestión de horas. Y la vida parecía que iba a volver a una cierta
normalidad en poco tiempo.
Y fue así, en poco tiempo hubo otra normalidad. La del horror cotidiano.
Las matanzas se convirtieron en cosa de todos los días. La vida en Irak bajo
la dictadura de Saddam era muy dura. Ahora, era un infierno. El
ejército de ocupación estadounidense no sabía qué hacer. Estaba preparado para
guerrear, pero no para gobernar. Los generales asumieron la táctica de los
avestruces, se encerraron en sus bases mientras trataban de minimizar las
bajas a toda costa. Bush dijo que la guerra iba a costar 50.000 millones de
dólares. Ahora, eso es lo que gasta cada tres meses. El costo de semejante
aventura es de tres billones de dólares. Algo que sólo se puede pagar
con un enorme déficit en la primera potencia y una recesión infrahumana para
el resto del mundo.
En el medio de ese caos llegó Al Qaeda para reinar. Comenzó la guerra
después de la guerra. Un ataque suicida cada día y medio. Ya son 1.121 los
kamikazes que se hicieron explotar en las calles, mezquitas y cuarteles de
Irak. Estos son los de las cifras oficiales, los que se comprobó que un
suicida disfrazado de transeúnte, ama de casa, zapatero o guardia, estuvo
detrás de la matanza. Hay muchos otros atentados donde lo único que queda es
un enorme charco de sangre colectiva sin ninguna identificación. Y que,
también oficialmente, dejaron 16.612 muertos. El 2,5% del total de
víctimas, porque las cifras reales andan alrededor de los seiscientos mil. Mas
el millón de heridos. Y los dos millones de refugiados dentro de Irak (sin
contar otros dos millones que traspasaron alguna de las fronteras) que son
como muertos en vida.
Todo esto dentro del enfrentamiento que surgió entre shiítas y sunnitas que
tuvo su momento histórico fatal cuando hicieron volar la mezquita sagrada de
Samarra el 22 de febrero del 2006. En los días siguientes siete suicidas se
inmolaron en mezquitas alrededor del país. Un horror que ni Bin Laden
hubiera imaginado en sus sueños más sádicos. La sinrazón más grande sobrevino
cuando una chica de la minoría yazidi (una secta contemplativa y tranquila
dentro del mundo musulmán) se escapó con un muchacho sunnita de un pueblo
cercano. Los padres de la chica la fueron a buscar. El novio y sus amigos, de
un grupo de la resistencia sunnita, se vengaron. Hicieron explotar todo un
pueblo. Dejaron 516 muertos y 525 heridos.
Antes y durante la guerra el "Argentina/Maradona" era un pasaporte de
entrada a cualquier casa, charla de café o cola de verdulería. Cuando regresé
al año ya no había muchos dispuestos a conversar con un extranjero. La tercera
vez, cualquier extranjero era un montón de dólares caminando. Las bandas se
disputaban sus presas para intentar cobrar rescates de los gobiernos. Italia
pagó dos millones por una de sus corresponsales para que unos marines
terminaran matando a los agentes romanos que la habían rescatado. En Irak
desaparecieron todas las reglas -incluidas las pocas que puedan existir en la
guerra—y la vida no vale más que un kebab de la calle Karrada.
La guerra de los 21 días terminó siendo una hecatombe de cinco años. Y no hay
ninguna esperanza de que en otros cinco o diez años ya no haya que hacer otro
recuento anual de muertos, heridos y muertos en vida.
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