Por Alejandra Pataro -
Clarín
Es la obscenidad de sus cifras lo que más perturba. Los miles de muertos. Los
millones de dólares despilfarrados. La inseguridad en todas sus formas. La
cotidianidad de los atentados suicidas. El caos. Los cuerpos mutilados. Los
secuestros. El estado de anarquía. La marea de refugiados... Aún así, a 5 años
de haber comenzado, la guerra en Irak ha perdido la primera plana. La
retórica exacerbada de algún político latinoamericano o los amoríos de un
mandatario europeo hoy son más noticia. Hasta en Estados Unidos la crisis
económica pudo más y se adueñó del centro del debate electoral. Pero el pantano
iraquí -aunque no lo veamos tan seguido- aún existe, es gravísimo y está lejos (lejísimo)
de terminar.
Empezó como "una guerra sencilla", el 19 de marzo de 2003. El capricho bélico de
un George Bush exultante en popularidad, con el discurso antiterrorista en pleno
apogeo. Pero, sobre todo, la guerra en Irak comenzó sobre la base de una
mentira (la de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein), como una
hazaña fantasiosa que terminaría más rápido que pronto (Bush anunció el fin de
las operaciones militares en Irak el 1º de mayo de 2003) y como ejemplo de la
doctrina unilateral norteamericana de defensa preventiva.
Irak no fue un éxito. Fue y es un cementerio de soldados estadounidenses. Más de
3.900 y contando. Un gran fosa de cadáveres iraquíes: más de 80.000, según el
sitio "Iraq Body Count". Unos 600.000 civiles muertos, según otro relevamiento
de un grupo de investigadores de la salud iraquíes y estadounidenses. Un agujero
negro de presupuesto militar. Un país con su infraestructura hecha jirones. Una
marea humana de dos millones de refugiados. Saddam Hussein, casi un detalle, fue
atrapado y ahorcado a fines de 2006.
Irak se convirtió en el patio trasero del conflicto Washington-Teherán, con un
vecino iraní cada vez más influyente en tierras de mayoría shiíta y un Mahmud
Ahmadinejad sacándose fotos en Bagdad, apenas días atrás, en la primera visita
de un presidente iraní, en 20 años.
La guerra, claro, se tornó impopular en EE.UU.. Aun así, 13 veces el Congreso
estadounidense aprobó fondos para destinar al conflicto. "Trece veces el
Capitolio firmó un cheque para esta administración", se quejó Maxime Waters,
diputada demócrata por California, al lamentar un lustro de conflicto. "Por cada
día que pasa, mueren más norteamericanos, se gastan más dólares de nuestros
impuestos, más daño se hace a nuestra credibilidad internacional y el pueblo
iraquí se aleja de una solución pacífica a la violencia que es plaga en el
país", fueron sus palabras.
Ni siquiera el crudo diagnóstico que disparó en 2006 el denominado grupo de
Estudio sobre Irak, liderado por el ex secretario de Estado James Baker, pudo
tentar a la Casa Blanca con un cambio de rumbo. "Las condiciones son graves y se
están deteriorando. Existe la posibilidad de que se deslicen hacia el caos, lo
que podría conducir a una guerra regional", alertó el informe que aconsejó, sin
éxito, la reducción de tropas hacia 2008.
Lo cierto es que tras cinco años no hay plan de salida ni solución a la vista.
Un reciente informe del Pentágono advierte que los progresos registrados en Irak
en materia de seguridad "siguen siendo frágiles" debido a "la amenaza de Al
Qaeda" y a "los extremistas que operan apoyados por Irán". Solo se vislumbra con
fecha cierta (enero de 2009) cambio de guardia en la Casa Blanca. Y las
opciones, según indican los pronósticos, se mueven preferentemente entre un
republicano, John McCain, adicto a los planes bélicos de George Bush, y el
demócrata Barack Obama, que reclama salir del incendio.
Y aunque suene ridículo, con cinco años de muertos sobre los hombros, a los
norteamericanos les gusta mucho más lo que dice McCain que lo que profesa Obama,
cuando de guerra se trata, según dos sondeos realizados el mes pasado: 54%
contra 45%, de acuerdo a una encuesta de CNN, del 1ø de febrero. Y 47%
contra 34%, según una consulta de Los Angeles Times del 21 de ese mismo
mes. Es que al parecer, a los estadounidenses siempre les resulta mucho más
encantador un jefe de Estado con fuertes credenciales de seguridad nacional,
aunque el riesgo sea la guerra.
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