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Por Nikita Petrov -
RIA Novosti |
El 2 de diciembre en Bruselas, la capital de
Bélgica, la OTAN comenzó una cumbre a nivel de ministros de Relaciones
Exteriores, para discutir las relaciones del bloque militar atlántico con Rusia
después de la guerra ocurrida en el Cáucaso.
Como es sabido, la dirección de la OTAN de forma automática expresó su apoyo
al Gobierno georgiano y suspendió todos los contactos militares con Moscú, sin
haber establecido o al menos intentado investigar, las causas que ocasionaron el
conflicto y desvelar cuál fue el país responsable del conflicto.
Incluso, el secretario general de la OTAN Jaap de Hoop Scheffer declaró que
la alianza no desarrollará ningún tipo de cooperación con Rusia mientras que
Moscú no retire sus tropas de los territorios de Abjasia y Osetia del Sur.
Posteriormente, el funcionario modificó un poco su postura al decir que la
OTAN restablecerá las relaciones con Moscú, pero que éstas ya no serán como
antes.
Constatar que las relaciones entre la OTAN y Rusia siempre han sido
complicadas ya no es noticia.
En muchas ocasiones, tanto Moscú como Bruselas han expresado de todas las
formas su inconformidad por el estado de sus relaciones.
En la sede de la OTAN molesta al máximo el categórico rechazo de la élite
política y militar rusa a los planes de invitar a Ucrania y Georgia a
participar en el Plan de Acción de Adhesión a la OTAN (MAP), paso previo a la
incorporación de esos países al bloque militar atlántico.
Según los responsables de la alianza, el ingreso de nuevos países miembros es
un asunto interno de la OTAN y Rusia no tiene ningún derecho a imponer vetos.
Al respecto, Moscú argumenta que la alianza, al aceptar nuevos miembros,
incumple su palabra, en alusión a garantías pronunciadas durante los procesos
que acompañaron la disolución del Pacto de Varsovia y la reunificación de las
dos Alemanias.
Concebido por sus promotores como un organismo en el que cada uno de los
países actuaría a nombre propio y no en bloque, en el Consejo Rusia-OTAN, bajo
la presión de Bruselas, al fin de cuentas se impuso el principio de "solidaridad
atlántica" y las cumbres de ese consejo se desarrollaron bajo el formato 26
contra uno (contra Rusia), y bajo esas condiciones fue imposible que se tuviera
en cuenta los intereses de las partes.
El apogeo de incomprensión entre Rusia y la OTAN coincidió con el inicio de
la agresión emprendida por Georgia contra Osetia del Sur el pasado 8 de agosto.
Y aunque la OTAN como organización no tuvo ninguna relación directa con la
aventura sangrienta emprendida por el régimen de Tbilisi, en Bruselas debieron
ser concientes hacia qué crisis se estaba enfilando la OTAN al apoyar al
Gobierno imprevisible de Georgia que preparó la agresión contra la población
suroseta durante al menos cinco años.
Para poner en marcha esa guerra, Tbilisi aumentó los gastos militares de 15
millones de dólares a 1.000 millones de dólares, utilizados en la compra de
armamento pesado en muchos países de Europa, incluso en países miembros de la
OTAN.
Además, el Gobierno georgiano, rechazó categóricamente firmar con Osetia del
Sur y Abjasia sendos tratados de no agresión y garantizar la solución de los
contenciosos territoriales exclusivamente mediante los medios políticos.
Tras el fracaso de la agresión georgiana contra Osetia del Sur y la exitosa
operación emprendida por Rusia para imponer la paz en la zona, Bruselas no sólo
suspendió toda la cooperación militar con Moscú, sino que de forma demostrativa
apoyó a Georgia y acusó públicamente al Kremlin de ser responsable de todos los
males habidos y por haber.
La OTAN envió ayuda humanitaria a Tbilisi, prometió restablecer la capacidad
combatida del Ejército georgiano y continuó con el proceso para el ingreso del
país caucásico al bloque, pero transcurrido un tiempo relativamente corto, la
dirección de la organización atlántica comenzó a cambiar su política.
Por extraño que parezca, hasta el momento la OTAN no ha establecido qué país
debe ser reconocido agredido y tampoco ha reconocido cuál fue el Gobierno que se
vio obligado a movilizar su Ejército para defender a la población civil y tropas
de paz de los ataques de artillería y bombardeos nocturnos contra la capital
suroseta Tsjinvali, aunque esto ya no es un secreto para nadie.
A propósito, el presidente de Georgia Mijaíl Saakasvili recientemente
reconoció públicamente haber dado la orden de atacar a Tsjinvali cuando la
población dormía, y ahora, en Bruselas crearon una comisión para establecer
todas las circunstancias de lo ocurrido en el Cáucaso.
Algunos países miembros de la OTAN, entre ellos Bélgica, han declarado que
Tbilisi cometió un crimen al agredir Osetia del Sur y exige que Saakashvili sea
juzgado por una corte internacional, pero esa postura no es compartida por
todos los miembros de la alianza.
A juzgar por ciertos indicios, es notorio que la dirección de la OTAN busca
nuevos criterios en su política en el espacio post soviético y en sus relaciones
con Moscú.
Según expertos, los nuevos criterios de la OTAN indican que la cooperación
con Rusia no tiene alternativa. Bruselas y Moscú tienen amenazas comunes que
afrontar, entre ellas el terrorismo internacional, la proliferación de
tecnología nuclear y de misiles, el control de armamento, la lucha contra la
emigración ilegal, el narcotráfico, la piratería y otros.
Sin renunciar a los planes de aceptar nuevos miembros, entre ellos Ucrania y
Georgia, la OTAN debe optar por no forzar ese proceso. En la sede del bloque
consideran que la OTAN debe salvar la cara y la promesa pronunciada en Bucarest
de que Kíev y Tbilisi serán miembros del bloque, debe permanecer inalterable.
Los expertos consideran que la OTAN debe buscar objetivos y tareas de más
peso, por ejemplo, cooperar con los países de Asia Central en la lucha contra el
narcotráfico, la guerrilla Talibán y la organización terrorista Al Qaeda en
Afganistán que a cada momento arrebata posiciones a las tropas de la coalición
internacional que se encuentra dislocada en el territorio afgano.
Además, los expertos aconsejan que la OTAN debe reflexionar sobre potenciar
sus relaciones no sólo con Rusia, sino también con India, China y Brasil y
países africanos importantes.
La lucha contra el terrorismo, el extremismo religioso y la piratería como
demuestran los acontecimientos en Bombay y en golfo de Adén adquieren carácter
global.
Sin el apoyo de Moscú, Nueva Delhi, Pekín, Brasilia, El Cairo, Tokio, Tel
Aviv, e incluso socios como Kíev, la OTAN no podrá combatir con eficacia esos
flagelos.
Para establecer los contactos con estos países la OTAN debe renunciar a su
exagerada autoestima y tener en cuenta no sólo sus intereses corporativos sino
también los intereses nacionales de otros Estados.
Un paso provechoso sería que la OTAN renuncie a obrar bajo las órdenes de
Washington y que tenga en cuenta al Consejo de Seguridad de la ONU, entonces
los problemas similares a los que surgieron con Rusia en agosto se pueden
evitar.