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30-Noviembre-08
Leonor Març transcribió y tradujo para SINPERMISO la charla que Antoni Domènech dio la semana pasada en un acto sobre "Las consecuencias políticas de la crisis financiera" organizado en la Facultad de Ciencias Económicas por la Asociación de Estudiantes Progresistas de la Universidad de Barcelona.
Por Antoni Domènech (*) - Revista Sin Permiso
Uno de los fenómenos que más ha solicitado en los últimos años la atención de
los investigadores académicos es el de la polarización política en países tan
distintos como los EEUU, Alemania, España, Holanda, Italia o las naciones del
Cono Sur iberoamericano.
Dos formas de manifestarse la polarización política
En algunos países –como Alemania y acaso Holanda, en Europa; como Bolivia y
Venezuela en el Cono Sur—, esa polarización del comportamiento político parece
admitir una descripción politológica "normal": en Alemania, por ejemplo, el
progresivo adelgazamiento de las fuerzas del espacio político de centro, visible
en el sostenido retroceso electoral, en votos y en escaños parlamentarios, de la
suma de CDU-CSU (democracia cristiana centroderechista) y SPD (socialdemocracia
centroizquierdista) apunta inequívocamente a una polarización política creciente
de la población alemana. El resultado más evidente de la cual, obvio es decirlo,
es el surgimiento de una nueva formación política de izquierda, la Linke,
que no ha parado de crecer, regional y nacionalmente, en los últimos 4 años.
(Resultados menos evidentes son, en cambio, la derechización del viejo partido
liberal (FDP) y la patética pérdida de norte político –y de base social— de los
Verdes.) En la jerga académica convencional, el paisaje político de la
distribución de preferencias políticas en un espectro que va de la derecha
radical a la izquierda radical estaría pasando de una distribución unimodal (en
forma de dromedario: el grueso de los votante se apiña en el centro del espectro
político) a una bimodal (en forma de camello: el grueso de los votantes se
distribuye en dos montañas, una a la izquierda y otra a la derecha del espectro
político). Y ese cambio de paisaje en la distribución de las preferencias
políticas de la población es lo que explicaría los cambios en la configuración
de la representación política y, consiguientemente, en el sistema de partidos.
Sin embargo, los estudios empíricos más sólidos han descubierto, no sin
cierta sorpresa, que en otros países se dan unas pautas de polarización
distintas, menos "normales", politológicamente hablando. En los EEUU de los
últimos años, por ejemplo, puede constatarse que la polarización, aparentemente,
ha sido un fenómeno que se ha dado sobre todo entre las elites políticas. El
aspecto más visible de eso ha sido la llamada cultural war o guerra
cultural lanzada por una nueva derecha recrecida contra algunas conquistas
"culturales" emblemáticas de los años 60: despenalización del aborto,
discriminación positiva, rubustecimiento de la laicidad del Estado, etc. Es
fácil, entonces, ceder a la tentación de pensar que, en ese caso, la
polarización política ha sido básicamente el resultado de una estrategia de
combate electoral destinada a inducir confusión en el campo adversario y, sobre
todo, a afianzar el voto de unas bases sociales consideradas propias, pero que
seguirían distribuyendo sus preferencias políticas en el marco de un paisaje
todavía unimodal, es decir, en un escenario político en el que todavía tendría
sentido estratégico pelear fundamentalmente por el "voto de centro" o
"moderado". Esa convicción explicaría, por ejemplo –dejando de lado la hipótesis
del cinismo— la insistencia, precisamente por parte de los más conspicuos
instigadores derechistas de las guerras culturales del Partido Republicano, en
que, a pesar de la victoria de Obama, los EEUU siguen siendo un país de
"centroderecha". (También explicaría los repetidos guiños "bipartidistas" de la
campaña de Obama.)
Se diría, pues, que mientras en un caso (Alemania) tenemos una polarización
política genuina, que parece echar sus raíces en una polarización social y
económica que transforma crecientemente el paisaje político de unimodal
(dromedario) a bimodal (camello), en el otro caso (EEUU, España, Italia) lo que
tendríamos es un paisaje político unimodal en el que lo racional seguiría
siendo, ciertamente, la lucha por el "voto de centro", pero en el que,
misteriosamente, los estrategas de una derecha enloquecida y extremista (un Karl
Rove, en EEUU; un Ángel Acebes, en España; un Berlusconi, en Italia) lanzan
guerras culturales destinadas a polarizar "artificialmente" la vida política, a
fin de rentabilizar la crispación causada por la introducción de asuntos
relativamente periféricos en relación con la dinámica básica de la vida
económico-social (creacionismo, confesionalismo, fundamentalismo "familiar",
guerra al terrorismo, patriotismo y unidad nacional, etc.)
Las dos dimensiones de la polarización política
Sin embargo, la polarización política tiene al menos dos dimensiones. Una,
evidente, es la radicalización de posturas en diversos asuntos ubicables en el
espectro político derecha-izquierda: hay polarización en ese sentido cuando,
pongamos por caso, una parte importante de la población sostiene una posición
muy terminante contra cualquier forma de eutanasia (o de despenalización del
aborto, o de laicismo público, o, en el Reino de España, de reconocimiento del
carácter plurinacional de nuestro país), mientras otra parte también importante
de la población es radicalmente favorable a la eutanasia (o a la despenalización
del aborto, o a la profundización del carácter laico del Estado, o al
reconocimiento del carácter plurinacional de España).
La otra dimensión de la polarización, menos evidente y atendida, pero en
cierto sentido más importante y de mayor calado, tiene que ver, no con la
radicalización respecto de uno o varios asuntos de debate político, sino con lo
la coherencia en la alineación de asuntos políticamente debatibles: una cosa es
la radicalización respecto de uno o varios asuntos políticamente debatibles
–pena de muerte, penalización del aborto, creacionismo, interferencia mínima del
Estado, o negativa a reconocer el carácter plurinacional de España, pongamos por
caso—; otra muy distinta, la coherente alineación de esos asuntos. Supongamos
que se es congruentemente conservador, si se está a favor de todo eso, y
coherentemente de izquierda, si se está en contra. Podría, pues, darse una
polarización política en la primera dimensión, porque hubiera gran radicalismo
en las encontradas posturas mantenidas por segmentos importantes de población
respecto de uno o más de esos asuntos, sin que, por otro lado, se registrara la
menor polarización política en materia de alineación de asuntos, es decir, sin
que se hubieran formado bloques congrua y coherentemente enfrentados.
La señora Rosa Díez y su nuevo partido Unión Progreso y Democracia (UPyD),
por ejemplo, aspiran a ser una fuerza "transversal" sobre la base de radicalizar
su hostilidad a los nacionalismos (periféricos), es decir, apostando por una
creciente polarización del electorado español en torno a este asunto, pero
fiando su posible crecimiento futuro a la incogruencia en el alineamiento de las
preferencias políticas del electorado de la izquierda y de la derecha, es decir,
confiando en que no crecerá en España la dimensión de coherencia o alineamiento
de la polarización política.
Obama arrasó en California, particularmente gracias al voto de la clase
obrera blanca, de los afroamericanos y de los latinos (presumiblemente, por
razones económico-sociales centrales); sin embargo, ese mismo día y en ese mismo
estado, se perdía el referéndum sobre el matrimonio gay; la "guerra cultural" de
la derecha logró sacar provecho de la débil coherencia en el alineamiento de las
preferencias políticas de las bases sociales del adversario. Un resultado firme
de la investigación politológica empírica en los EEUU sostiene que uno de los
rasgos más llamativos de la polarización política en los EEUU de los últimos
años es la "disparidad entre la polarización de las elites y la polarización de
las masas": entre los "votantes más ricos y más sofisticados", las dos
dimensiones de la polarización –la radicalización por asuntos políticamente
debatibles y la coherencia en la articulación cognitiva de esos mismos asuntos—
han crecido en paralelo; no así en el resto de la población: "el tercio más rico
de la población norteamericana ha aumentado la coherencia de sus preferencias
políticas (…), mientras que las de los más pobres siguen siendo incongruas. Pero
no observamos ninguna pauta semejante cuando dividimos a la población según la
región en que vive o según su práctica religiosa" (1)
Parece clara la relación entre polarización de la elite e incremento de la
desigualdad. Se ha sugerido que ambas dimensiones de la polarización, la
radicalización en las posturas políticas respecto de determinados asuntos
políticamente debatibles y la coherencia entre ellas, han crecido en el grupo de
los norteamericanos con más recursos y mayor poder: ·"la parte más rica del
electorado sabe bien lo que quiere" y, más aún que en el pasado, "está resuelta
a influir en el proceso político", lo cual, potencialmente, incrementa la
desigualdad en la representación de los intereses políticos, no sólo a través de
la actividad de los lobbies, sino también en el sufragio (2).
Polarización política y crisis económica
No es, seguramente, aventurado generalizar estos resultados de la
investigación politológica empírica en los EEUU y afirmar que buena parte de la
hegemonía ideológica conservadora de las últimas décadas se ha sostenido en ese
proceso de desbaratamiento de la coherencia política cognitiva de las clases
trabajadoras y populares (uno de cuyos indicios empíricos más claros es el
espectacular declive en las tasas de sindicalización) y de paralela
rearticulación del ideario político-ideológico y de la capacidad de organizarse
socialmente, capilarmente, de los estratos dominantes de la población. En ese
contexto, la polarización "artificial" inducida en las campañas políticas por
las "guerras culturales" de la derecha cobra bastante sentido. Substrae del
debate político asuntos económico-sociales centrales, aprovechando, dicho sea de
paso, que una izquierda política completamente desorientada y acomodaticia ha
dejado de ponerlos en cuestión. Y trata de dividir al adversario (o al menos,
según famosamente declarara al Financial Times Gabriel Elorriaga,
estratega de la última campaña electoral del PP español, de "desmoralizarlo") en
asuntos más periféricos. Todo eso en la –fundada— convicción de que las bases
sociales de ese adversario adolecen de problemas de coherencia. Que esa
estrategia de "guerra cultural" pueda ser exitosamente resistida, por ejemplo,
con una contraestrategia "buenista" de "Maternidad y
Desencaje" , como verosímilmente han hecho el "bamby" Zapatero y el
"bipartidista" Obama –a quien el equipo de McCain llegó a presentar como
"becario de Zapatero"— en sus últimas campañas electorales, no afecta mucho al
fondo de la cuestión, que echa sus raíces, como dicho, en la desvertebración de
la coherencia política de las clases populares.
Comencé esta charla hablando de las distintas manifestaciones de la
polarización en países como EEUU, Alemania y España. La terminaré observando
cómo se reflejan esas diferencias en las distintas actitudes de las poblaciones
ante la crisis económica mundial.
Hace unos días, el Financial Times publicó una encuesta de opinión
sobre la crisis económica realizada entre las poblaciones del Reino Unido,
Francia, Italia, Reino de España, Alemania y los EEUU. (3)
Preguntaba por las causas de la crisis financiera, con cuatro tipos de respuesta
posibles: a) se trata de abusos del capitalismo; b) se trata de fallos
intrínsecos del capitalismo; c) Ninguna de las dos cosas; d) No está seguro. He
aquí los resultados:
------------------------------ ING-----FR--- IT------ ESP--
AL-----EEUU
Abusos del capitalismo:-52%----68%--65%---62%---46%---66%
Fallos del Capitalismo:--13%----17%--11%----15%---30%----7%
Nada de eso:--------------7%-----5%----8%------9%----13%---10%
No está seguro:----------28%---10%---16%----14%---10%---16%
Se pueden sacar varias conclusiones de esta encuesta, algunas enjudiosas. Por
ejemplo, ésta: la enorme desorientación de la población británica tras más de
una década de "tercera vía" y "nuevo laborismo" (28% de los encuestados "no
están seguros"). O esta otra: a pesar de tener el gobierno más derechista desde
el final de la II Guerra Mundial, con un presidente que ganó abrumadoramente las
elecciones prometiendo "americanizar" la vida económica francesa (aunque ahora
dice querer nada menos que "refundar el capitalismo" mundial), el formato
republicano de la vida política gala parece todavía lo bastante robusto como
para que un 17% de la población culpe directamente de la crisis a los males
endémicos del capitalismo.
Pero lo que me importa destacar aquí es ésto: se da la coincidencia de que el
país en donde la "guerra cultural" y la consiguiente polarización "artificial"
inducida por la derecha en las campañas electorales ha sido más baja –Alemania—
es también el país en el que el potencial de crítica al capitalismo como sistema
económico intrínsecamente irracional y desastroso es más alto (30% de la
población). Por el contrario, las actitudes más conformistas (¡en pleno suicidio
del capitalismo financiero, sólo un 7% de la población norteamericana, un 11% de
la italiana y un 15% de la española culpan al sistema!) se dan entre las
poblaciones de países que cuentan con una derecha (los Bush, los Berlusconi, los
Aznar) entregada a feroces "guerras culturales" y enterquecida en una crispante
polarización elitista de la vida política, capaz de anestesiar políticamente el
debate, o de distraer al menos la atención sobre la tremenda polarización
socio-económica objetiva a que se ha asistido en las últimas décadas, y por lo
mismo, capaz hasta ahora de frenar la polarización política de masas que esa
situación objetiva debería normalmente propiciar. Se diría, pues, que las
"guerras culturales" de la derecha son posibles sobre todo en países en los que
las clases populares han perdido buena parte de la coherencia política
cognitiva, y les resulta más fácil a las elites conservadoras buscar estrategias
de polarización basadas en la radicalización de asuntos políticamente debatibles
más o menos periféricos, pero capaces de dividir al adversario.
Se insiste estos días en España en el fiasco y aun el suicidio de Izquierda
Unida y, en menor medida, de EUiA e Iniciativa per Catalunya-Verds, los restos
de una izquierda que, aun si tremendamente disminuida por sus graves errores
estratégicos en la llamada Transición democrática española, fue relativamente
fuerte hasta hace poco, y a la que todavía se asigna razonablemente un potencial
de voto superior a los 2 millones de votantes. A mí me parece fuera de duda que
sus fracasos recientes, además de con el esperpéntico cainismo político de unos
dirigentes sin otro oficio ni otro beneficio que el medro logrero
programáticamente inane, tienen que ver también con la incapacidad para entender
el peculiar modo en que se manifiesta la polarización política en el Reino de
España. Una incomprensión que les ha llevado a oscilar epilépticamente entre, de
un lado, la miopía de la subordinación a la (eficaz) estrategia reactiva del
PSOE a las chillonas "guerras culturales" desencadenadas por los aprendices de
neocon del PP (y por los "transversales" de UPyD) y sus poderosos altavoces
mediáticos y, del otro lado, la ceguera de la atrabiliaria confrontación con un
PSOE poco menos que vituperado como enemigo principal.
Las dimensiones y la profundidad de la crisis del capitalismo en España, que
ponen un abrupto final a décadas de prosperidad ilusoria, a los odiosos alardes
propios del pésimo gusto de los nuevos ricos y, sobre todo, a las ridículas
fantasías neoimperiales en América Latina (¡había que ver a Zapatero pidiendo en
San Salvador apoyo a Lula y a la señora Kirchner para lograr una silla en la
reunión del G-20! ¡Hay que ver estos días al santo y seña del neoimperialismo
español, la compañía Repsol –neciamente privatizada en su día— a pique de quedar
a merced de los intereses geoestratégicos de Rusia!), deberían augurar unas
perspectivas razonables a la izquierda anticapitalista española. Pero el futuro
de una izquierda parlamentaria capaz de representar dignamente a cerca de tres
millones de potenciales votantes, capaz de consolidarse como tercera fuerza
política del Reino y capaz de crecer aupada por la evidente polarización de la
vida social y económica de la España actual –casi un 60% de asalariados "mileuristas";
la mayor tasa de desempleo de la UE; la mayor tasa de crecimiento de millonarios
en la última década— pasa, entre otras cosas, por comprender la peculiar
dinámica de la polarización política en nuestro país.
******
NOTAS: (1) Delia Baldassarri y Andrew Gelman, "Partisans
without Constraint: Political Polarization and Trends in American Public Opinion",
en American Sociological Review, Vol. 114, Nº 2 (Septembre, 2008):
408–46. (2) Larry M. Bartels, Unequal
Democracy: The Political Economy of the New Gilded Age, New York/Princeton,
N.J.: Russell Sage Foundation/Princeton University Press, 2008. (3)
Fuente: Harris Interactive / Financial Times.
Metodología: entrevistas online con 6.276 adultos en EEUU, Alemania, Francia,
Italia, España y Gran Bretaña, realizadas entre el 1 de octubre y el 13 de
octuibre de 2008.
(*)Antoni Domènech es catedrático de Filosofía de las Ciencias Sociales y
Morales en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona. Su último
libro es El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista,
Barcelona, Crítica, 2004. Es el editor general de SINPERMISO.
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