ños atrás, parecía la panacea: el instrumento del “cross border leasing”
(leasing transnacional) prometía dinero fácil, sin grandes esfuerzos. Diversas
ciudades alemanas cayeron en la tentación de utilizar este recurso para mejorar
el estado de sus arcas municipales o traspasar las ventajas financieras a sus
habitantes, rebajando por ejemplo el precio de determinados servicios. Werner
Rügemer, autor de varios libros sobre temas de corrupción en la economía mundial
y experto en el complejo tema del
cross border leasing, señala a DW-WORLD que se trata de un fenómeno que se
presenta sobre todo en el mundo anglosajón. Por ejemplo, el modelo también se ha
aplicado en países como Suecia y Gran Bretaña, con consorcios estadounidenses
como contraparte. Y en Alemania comienzan a verse ahora las consecuencias.
El asunto es complejo pero, expuesto en términos simples, se trata de aprovechar
las ventajas tributarias derivadas de las diferentes legislaciones existentes en
la materia en distintos países. La operación, en el caso de los municipios
germanos, consistió en “vender” virtualmente bienes de infraestructura a
“inversionistas” estadounidenses, y tomarlos simultáneamente en arriendo con un
sistema de leasing. El negocio consiste en que el “inversionista” –por lo
general bancos u otras entidades estadounidenses- podía deducir ciertos items de
sus impuestos. Y este “ahorro tributario” se traduce en dinero contante y
sonante. Un porcentaje de esa suma (entre el 4 y el 5%) era la “ganancia” del
vendedor, en este caso los mencionados municipios.
En Magdeburgo fueron
vendidos virtualmente los autobuses y tranvías.La lista de
transacciones de este tipo realizadas en Alemania es bastante larga. Por citar
sólo un par de ejemplos, en Dresde se vendieron vagones de tranvía y plantas
depuradoras de agua, en Düsseldorf, el sistema de alcantarillado. Dortmund, por
su parte, “vendió” virtualmente el famoso estadio cerrado Westfallenhalle, y
Bonn sus tranvías. Y suma y sigue.
Lo que parecía la gallina de los huevos de oro, amenaza sin embargo con
convertirse ahora en pesadilla. Diversos factores han provocado el ingrato
despertar de este sueño del dinero fácil. Entre ellos, desde luego, el estallido
de la crisis financiera en Estados Unidos. Según indica Rügemer, el monto del
precio de compra que pagó el inversionista es depositado por el municipio en
cuestión en un banco. Con ese dinero, el banco paga al inversionista
norteamericano las cuotas de leasing. En general se trata de bancos europeos,
como el suizo UBS. Si bien no están contra las cuerdas en la misma medida
que algunos de sus pares en Estados Unidos, “basta con que una agencia de rating
les rebaje el puntaje, para que la parte alemana tenga que cambiar de banco”, de
modo de que las garantías no se vean afectadas, explica el especialista. Y hace
notar que esto “no es gratis, sino que cuesta millones”, sobre todo por concepto
de “asesoramiento”.
Y hay otro ingrediente a estas alturas muy
inquietante: para cubrir los riesgos, se han contratado seguros. Por ejemplo,
con el consorcio AIG, que pese a la gigantesca operación de rescate de que fue
objeto, ha quedado muy magullado. En este panorama turbulento, las pólizas
suben, lógicamente. Y son los municipios los que deben asumir esos gastos. El
negocio, en suma, se vuelve en contra de ellos. Pero es difícil salir del
embrollo. Werner Rügemer intenta organizar una iniciativa en busca de una forma
de poder rescindir los contratos correspondientes antes del plazo estipulado (en
torno a unos 30 años), sin que ello suponga pagar siderales sumas
de indemnización. No se puede vaticinar si tendrá éxito, pero sí que el panorama
se presenta turbulento, máxime porque la Justicia de Estados Unidos ha
dictaminado que estos negocios no son más que una argucia para evadir impuestos
y les ha puesto coto. En consecuencia, esta forma de
cross border leasing ha perdido
atractivo para los “inversionistas” estadounidenses que, sin embargo, intentarán
asegurarse de no salir perdiendo.