People’s Daily (29/10/08) exulta el “nuevo capítulo en la
cooperación entre Asia y Europa” y exalta la “importancia de la ASEM que no
puede ser desestimada. Fue la primera vez que líderes de 45 países miembros se
reúnen desde su segunda ronda de ampliación de 2006. Los miembros de la ASEM
cuentan con 50 por ciento del PIB mundial, 58 ciento de la población global y 60
ciento del volumen comercial total”. Y eso que aún no se han adherido en su seno
los países que asisten como “observadores”: India, Irán, Mongolia y Pakistán.
ASEM, dependiendo de la voluntad de la UE, puede resultar mucho más efectivo
que la dispersa y más publicitada APEC, totalmente avasallada al unilateralismo
de EU.
Más allá del mercantilismo procaz, ASEM puede convertirse en la matriz
euroasiática que le brinde estabilidad a la región, que ha perturbado y
depredado la codicia energética de las petroleras anglosajonas.
No se inventa nada nuevo, sino que se rescata la fase de gran cooperación
euroasiática (la mirífica ruta de la seda), cuando EU aún no existía y
Gran Bretaña todavía no daba comienzo a su imperio bélico y devastador.
ASEM no contó con la presencia de EU, a la que no tenía por qué acudir, ya
que no cuenta siquiera con el estatuto de “observador”. Cabe señalar que la
cumbre ASEM fue ampliamente escamoteada por la prensa anglosajona, cuyos
intereses van en camino opuesto a la integración euroasiática.
People’s Daily abunda sobre la presencia relevante de 10 jefes de
Estado, 26 jefes de gobierno y por representantes de organismos regionales, que
“rompieron el récord de asistencia”, y comenta sus “grandes logros (sic) que se
dice (¡supersic!) son de importancia estratégica, conforme a las expectativas de
la comunidad internacional y los países miembros”. Al no haber sido explicados
ni detallados, ¿cuáles habrán sido tales “grandes logros” de “importancia
estratégica”?
Al parecer, se alcanzó “una serie de consensos para manejar las turbulencias
económicas y así ayudar a recuperar la confianza en el mercado global”.
Es evidente el imán de atracción que ejerce en estos momentos China, el país
menos averiado por el contagio estadunidense, al contar con el mayor crecimiento
económico y las mayores reservas de divisas del orbe (casi 2 billones de
dólares, es decir, 27 ciento del total) gracias a su prudencia regulatoria.
A Francia, Alemania e Italia, y hasta el portugués José Manuel Barroso
(presidente de la Comisión Europea) no se les escapó la vital relevancia de
China para instituir un nuevo Bretton Woods, lo cual desea impedir el régimen
torturador bushiano con el fin de eternizar la insustentable hegemonía del
dólar, cuyos avatares especulativos han causado estragos en la periferia de los
países valetudinarios.
ASEM no habló únicamente sobre finanzas, abordó también la necesidad de
“lograr un desarrollo común” al enfrentar “problemas similares de desarrollo
sustentable como la seguridad energética y de granos, el cambio climático y la
protección ambiental”.
En un tercer nivel, ASEM apreció las bondades del enfoque “diplomático
multilateral”. Como se desprende, todas las decisiones de ASEM son veneno puro
para el unilateralismo del régimen torturador bushiano.
Por fin los líderes europeos entendieron que el nuevo orden económico global
debe contar necesariamente con la participación de las nuevas potencias
financieras asiáticas, a las que faltaría agregar las potencias petroleras del
Golfo Pérsico que, con la excepción de Irán, brillan por su ausencia.
Antes y después del ASEM, quizá con el objetivo de llegar como el gran
triunfador a la cumbre del G-20 en Washington el 15 de noviembre, China desplegó
una intensa actividad diplomática en tres vectores: uno, en el ámbito regional,
mediante la mayor cooperación financiera entre los 10 países del sudeste
asiático (ASEAN por sus siglas en inglés), y los tres grandes del noreste
asiático (China, Japón y Sudcorea), que se conoce como el “ASEAN-10 más tres”,
pero que se ha quedado rezagado al no haber osado implantar una divisa común
regional, al menos que el yuan y el yen acaben por digerir a los pequeños en
forma darwiniana; dos, la reunión bilateral en Moscú entre el premier chino, Wen
Jiabao, y el zar ruso, Vlady Putin, quienes concretaron
acuerdos trascendentales en materia energética (el célebre oleoducto ESPO;
Stratfor, 27/10/08), y el intercambio comercial pagadero en rublos y yuanes que
deja fuera al dólar (Ria Novosti, 30/10/08), y tres, la reunión del Grupo de
Shanghai (SCO, por sus siglas en inglés) durante la cual el premier Wen urgió
una ambiciosa profundización de los lazos mediante la facilitación del comercio
y las inversiones, la creación de “zonas económicas especiales”, la construcción
de redes de infraestructura interconectadas con prioridad al desarrollo de
proyectos de energía, transporte y comunicaciones, la cooperación financiera y
empresarial, y el establecimiento de mecanismos de cooperación en ciencia y
tecnología: ¡ni más ni menos que la transformación de la añeja ruta de la
seda en términos modernos!
Cabe destacar que en el marco del la reunión del Grupo de Shanghai en Astana
(Kazajistán), el primer Wen se reunió con Parviz Davoodi, primer vicepresidente
de Irán (que cuenta con el estatuto de “observador”), lo cual valió los
titulares de la prensa china.
Después de dar vuelo a la reunión de Wen con su “docena de amigos rusos” en
Moscú, People’s Daily (29/10/08) reporta las severas declaraciones de
uno de éstos: Andrei Kokoshin (primer vicepresidente del Comité de Ciencia y
Tecnología de la Duma), quien reclamó la necesidad de “reformar el sistema
monetario global, mejorar la supervisión financiera y manejar de manera
apropiada la relación entre las economías ficticia y real”.
Los feroces críticos de China, que abundan en la sesgada prensa anglosajona,
imprecan que promete muy poco y otorga mucho menos. Sucede que la cosmogonía
china, más armónicamente prudente y de largo plazo, colisiona con la visión
impetuosamente temeraria y cortoplacista de la dupla anglosajona, de lo que se
derivan desencuentros y equívocos semánticos y metafísicos.
Ante el despliegue del tsunami financiero de EU, que apenas va en su
segunda fase –cuando aún no se exhuman los ominosos “derivados financieros” de
su “contabilidad invisible” en sus “paraísos fiscales”–, China espera en el
pórtico de su casa ver pasar el cadáver de su enemigo. El diapasón financiero
global está en manos de China.