(IAR
Noticias)
02-Septiembre-08
 |
|
Dos buques rusos en el puerto de Sukhumi,
capital de Abjacia, región independentista en Georgia. (Foto AFP) |
El conflicto en Georgia alimenta viejos fantasmas sobre el
enfrentamiento entre potencias que rigió desde la Segunda Guerra hasta la caída
de la URSS. ¿Podría reeditarse ese choque en un mundo globalizado y donde reina
el libre mercado?.
Por Hinde Pomeraniec -
Clarín
"No tenemos miedo de nada, tampoco a la posibilidad de una nueva Guerra Fría.
Rusia es un Estado que tiene que asegurar sus intereses a lo largo de todas sus
fronteras. Esto debe quedar absolutamente claro". La frase fue pronunciada esta
semana por el presidente ruso, Dimitri Medvedev, luego de anunciar el
reconocimiento de la independencia de Osetia del Sur y Abjazia, las dos regiones
separatistas de Georgia. Las relaciones entre Moscú y los países de la OTAN
pasan por un tiempo en el que lejos de apaciguarse, el choque se pronuncia cada
día, pero ¿se puede hablar hoy de una nueva Guerra Fría?
Hasta el 7 de agosto, el día en que el presidente georgiano, Mijail Saakashvili,
lanzó un ataque para recuperar a la rebelde Osetia provocando la iracunda
respuesta rusa, en el Cáucaso venía desarrollándose una guerra de baja
intensidad. La revuelta de 2003 conocida como la Revolución de las Rosas que
llevó a Saakashvili al poder fue el primer capítulo de la "desobediencia" al
tradicional poder ruso. Un año después llegó la hora del más mediático episodio
de la "Revolución Naranja" en Ucrania. Tanto en Georgia como en Ucrania (los dos
con impetuosas ambiciones de ingreso a la Unión Europea y a la OTAN) hubo
manifestaciones populares masivas, fogoneadas por gobiernos y organizaciones no
gubernamentales occidentales que, montadas en la insatisfacción de poblaciones
hartas de viejos sistemas de enquistada corrupción, creían ver en el modelo de
las democracias de Occidente el camino a seguir.
Pese a las fantasías ancladas en Praga, 1968, no hubo entonces tanques rusos
reprimiendo levantamientos. La revancha, en ambos casos, llegó después, en el
terrreno económico y en forma helada.
Fue cuando el Kremlin decidió aumentar los precios del gas a esos países con una
idea clara: si quieren libertad de mercado, que paguen, fue entonces la
consigna.
Hasta entonces, luego de la caída de la URSS, con la debilidad y la humillación
consiguientes y con los oligarcas (empresarios enriquecidos en la era Yeltsin)
en el poder, Occidente venía negociando sin grandes dificultades en materia de
hidrocarburos. Con la consolidación de Putin, Rusia dejó de sentirse "de
rodillas" y llegó la expulsión de los oligarcas del poder, por lo que la
cuestión comercial con Occidente cambió de manos y de tono. El Estado comenzó a
resurgir con la fuerza de un ciclón, pero ya no con ambiciones socialistas sino
para garantizar que la riqueza fuera a las manos de los nuevos elegidos.
"Autoritarismo de mercado" lo llaman algunos, "autoritarismo con rostro humano",
prefieren otros. Identificados con un capitalismo hasta años atrás enemigo, el
precio de los hidrocarburos le permitió a Rusia tener a mano una herramienta
formidable para la presión política.
Absolutamente dependiente en materia energética, Europa pasó a ser un personaje
mendicante de las provisiones rusas y las críticas por la represión en materia
de derechos humanos se hicieron susurros. Precisamente, bajo tierra georgiana
pasa un tramo del clave oleoducto que, sorteando territorio ruso, provee
millones de barriles a Europa, originados en Azerbaiján.Vilipendiado en secreto
y celebrado en público, Putin consiguió incluso sumar a Rusia al exclusivo G7
que reúne a las naciones más industrializadas y hasta se comenzó a imaginar un
posible ingreso de los rusos a la Organización Mundial de Comercio (OMC),
siempre bloqueado por EE.UU. Las relaciones de Putin con George Bush fueron un
capítulo aparte. Mientras Bush se refería a su par ruso como a "un amigo", Putin
respondía a las citas con posteriores demostraciones de fuerza retórica y hasta
desdén, sobre todo desde que Washington comenzó a diseñar un escudo antimisiles
a las puertas de Rusia que, sumado a las bases existentes en ex repúblicas
soviéticas, fue percibido como "mojada de oreja" con perdón de la grosería.
Sin embargo, como señaló Robert Marquand en un artículo del Christian Science
Monitor, en un mundo globalizado, "para Occidente hoy Rusia es un competidor, un
socio y un oponente", y ya no hay lugar para que sea un enemigo a destruir.
Rusia sabe que entre los miembros de la Alianza Atlántica hay diferencias, que
mientras Gran Bretaña urge por armar un bloque que enfrente a Moscú, Alemania
pide diálogo. El Kremlin hace uso de esa interna en su beneficio y de hecho
ayer, en un giro estratégico, Medvedev llamó al premier británico Gordon Brown
para asegurarle que buscan "un diálogo constructivo con Europa sobre el Cáucaso".
Hoy nada es como era cuando dos sistemas se disputaban el mundo, porque el
sistema es uno solo, el comercio de Rusia con gran número de naciones es
poderoso, hay libertad de acceso a la información, la gente viaja mucho más y
China -que busca mantenerse neutral en este conflicto- es uno de los grandes
protagonistas del TEG mundial. Ni amigos ni enemigos, para Rusia y Occidente hoy
todo pasa por los negocios. Así lo señalaba un artículo del británico diario The
Independent días atrás, que aseguraba que intentar cooptar países de la zona de
influencia rusa es un esfuerzo estéril y sugería a EE.UU. y Europa ver a Rusia
como lo que es, un competidor comercial. Las ambiciones imperiales deberían
quedar para la literatura. Muchas veces Occidente parece olvidar que Rusia
también fue un imperio.
|