na tesis que nadie puso en duda porque en los diez años siguientes al fin
del comunismo, Rusia perdió su protagonismo en la palestra internacional, y sus
antiguos satélites e incluso provincias, se convirtieron en aliados de EEUU y la
OTAN.
Pero la situación cambió, y el primer campanazo que anunció ese cambio sonó
el 11 de septiembre de 2001, cuando de repente, quedó claro que el dominio
ostentado por EEUU no le garantizaba su seguridad absoluta.
Es más, por primera vez desde el colapso de la URSS, EEUU se vio frente a
una situación en la que tuvo que pedir y negociar para obtener el respaldo de
sus aliados.
Posteriormente, tras el inicio del conflicto iraquí, el dominio de EEUU se
puso en entredicho, a pesar de los éxitos de la política norteamericana en el
espacio postsoviético donde logró el ingreso de los Estados bálticos a la OTAN
y el emplazamiento de bases militares estadounidenses en Asia Central.
Después, el primer decenio del nuevo milenio se caracterizó por una nueva
tendencia, el fortalecimiento de Rusia, condicionado por una coyuntura económica
favorable y una sólida estabilidad política.
Esta situación, de nuevo planteó procesos para la delimitación de la esfera
de influencia entre interlocutores fuertes, al menos en el espacio postsoviético
y en Europa Oriental.
La serie de "revoluciones de colores" que se sucedieron en los Estados que
antes formaron parte de la URSS fue interpretada como el rechazo definitivo a la
solución pacífica de los conflictos entre Rusia y Occidente, pero era una
interpretación equivocada, porque Rusia nunca renunció a tener buenas relaciones
con los gobiernos incondicionalmente proestadounidenses en algunos de los
Estados vecinos.
Se considera que Occidente "cruzó el Rubicón" con los planes de emplazar el
escudo antimisiles estadounidense en Europa y cuando impuso su solución a la
problemática serbia. Al ignorar de plano la postura de Rusia en estos dos
asuntos, Occidente provocó una reacción de respuesta que implicó en primer lugar
el riesgo del uso de la fuerza y segundo, de que Moscú optara por soluciones
propias a los asuntos conflictivos en el espacio postsoviético sin tener en
cuenta la opinión de Occidente.
Desde el momento en que Mijaíl Saakashvili asumió el poder en Georgia, muchos
observadores consideraron que ese país caucásico sería el escenario más probable
para un conflicto en el que se verían involucradas las Fuerzas Armadas de Rusia.
Las premisas estaban a la vista, el conflicto entre Georgia, Osetia del Sur y
Abjasia en donde vivían muchos ciudadanos rusos habitantes de esa republicas, y
la manifiesta intención de Georgia de someter por todos los medios a las
repúblicas rebeldes.
Describir por centésima vez los cinco días de guerra en el territorio
georgiano no vale la pena. Lo importante es constatar que su consecuencia
geopolítica no es que Rusia reconoció a Osetia del Sur y Abjasia, sino que hemos
vuelto a la confrontación entre Rusia y Occidente.
¿Cómo podrá evolucionar esa confrontación?
Por supuesto que nadie recurrirá a las armas para resolver los problemas
porque las consecuencias podrán ser fatales para todo el mundo.
Por lo visto, las partes intentarán imponer sus argumentos utilizando
recursos políticos y económicos, y aquí llegamos a una situación interesante: la
integración de Rusia a la economía mundial ocurrida los últimos quince años,
impedirá a que Occidente pueda perjudicar a Moscú seriamente en el campo
económico porque al hacerlo, puede salir perdiendo en la misma medida o incluso
más.
Los principales defensores de los intereses económicos de Rusia ante los
círculos gubernamentales occidentales serán las grandes compañías y consorcios,
porque la imposición de sanciones y otro tipo de medidas contra Moscú, supondrá
pérdidas sensibles para cada una de esas compañías.
Además del petróleo y el gas, cabe recordar los acuerdos para el suministro
de piezas de titanio para los consorcios internacionales de la industria
aeronáutica, y el riesgo de que los gigantes de la industria automotriz se vean
desplazados del mercado ruso, actualmente, el más receptivo del mundo para
autos extranjeros y también de otros productos tanto de consumo masivo como para
consumidores exclusivos.
También, debe tenerse en cuenta otros aspectos políticos, como la
cooperación de EEUU y Rusia en el sector del cosmos, la utilización del corredor
aéreo ruso para los aviones de la OTAN que desarrollan su misión en Afganistán y
otros programas importantes cuya interrupción tendrá consecuencias notables.
¿Y cómo será la confrontación global?
Está claro que en las relaciones entre Occidente y Rusia ya no pueden ser
como eran antes. Rusia ya no está dispuesta a ceder en sus posturas como lo hizo
en la década de los años 90.
Desde el punto de vista de los países occidentales, esa postura puede ser
"indignante", pero muy pronto se verán obligados a tenerla en cuenta porque será
muy costoso mantener la situación en suspenso.
Inevitablemente, también se producirá una revisión de ciertos valores y
postulados políticos.
Algunos países considerados antes como "sujetos" pasarán a convertirse en
"objetos" o moneda de cambio en el juego entre las potencias más poderosas.
Esta perspectiva lógicamente preocupa a las élites gobernantes, probablemente
esto explica el pronto e incondicional apoyo expresado a Georgia por parte de
algunos países de Europa Oriental y la zona del Báltico.
¿Y donde ocurrirá el próximo round de confrontación?
En un 100 % es difícil afirmar, pero teniendo en cuenta los últimos
acontecimientos y su perspectiva de evolución, esa confrontación puede ocurrir
en el territorio ucraniano, donde se decidirá el destino no sólo de la Flota
rusa del mar Negro, sino también la influencia de Moscú en Europa Oriental.
Posiblemente, esa confrontación no será violenta, al menos si se cuenta con
la cordura y buen juicio de las autoridades ucranianas de que no opten por
expulsar a la fuerza a la Flota rusa de Crimea.
Sin embargo, la tensión de la guerra informativa y propagandista seguramente
será mucho más intensa que en el recién conflicto con Georgia, porque esa es la
tendencia que se impone en la actualidad.
Ahora, los acontecimientos de alcance mundial no son aquellos en donde estén
implicadas diez mil personas, sino donde se puedan reunir al menos diez cámaras
de televisión.