John Saxe-Fernández
- La Jornada, México
Según Pat Buchanan, ex consejero de Nixon, Ford y Reagan, el manejo tras
bambalinas lo hizo Randy Scheunemann, principal consejero de política exterior
de McCain, que cabildea por el ingreso de Georgia a la OTAN. Buchanan revela
que Randy recibe jugosos pagos de Saakashvili, quien dice estar en contacto de
“hasta dos veces al día” con el candidato republicano. Esa ventaja electoral
bajó al empate cuando, al interrogársele en público, McCain no pudo enumerar
las muchas casas que posee: desliz electoral que es pecado mortal en tiempos
de grave crisis hipotecaria.
Lo que queda es la conflictividad entre Europa y Rusia, instigada por Bush
desde Tiflis en un escenario que incluye operativos antirrusos,
encabezados por Sarkozy, el penoso sucesor de Blair en estas tareas. Permanece
también una estridente campaña de propaganda impregnada de una rusofobia que
evoca atmósferas y episodios infames de la guerra fría: Rusia es la
agresora y Occidente debe defender a la caperucita georgiana desde una OTAN
que, a decir de Robert Gates, jefe del Pentágono, está “en grave riesgo de
implosión en Afganistán”.
Desde la caída soviética, la OTAN sufre la ausencia de un enemigo
estratégico, cemento de la Alianza. Pero ya la Casa Blanca fabricó una nueva
guerra fría por medio de una peligrosa y multifacética instigación
estratégica que puede costar cientos de millones de vidas. Por ejemplo,
después de oponerse, la opinión pública polaca azuzada por el operativo
en Osetia, presentado como agresión rusa contra Georgia, apoya el Sistema
Nacional Antibalísitico de Estados Unidos (SNA) en su territorio. El SNA fue
acordado por Estados Unidos y Polonia en medio del rugir de los cañones, en
las narices de una Rusia que, usando sus recursos humanos y naturales,
flexiona su poderío económico, militar y energético como potencia mundial: ya
advirtió a Washington que si usa armamento convencional de alta precisión,
responderá con armas nucleares tácticas. Es un ascenso que Estados Unidos
trata de frenar y, como antaño, incita las precondiciones de guerra general en
Eurasia de cara a su atasco militar en Irak. Por lo que, junto al provocador
despliegue del SNA, Estados Unidos incita la desactivación geoestratégica de
Rusia. Como recuerda Michael T. Klare en su lúcido Blood and Oil (Metropolitan,
NY, 2006; hay versión española), se concretó en el endoso de Clinton y luego
de Bush, al oleoducto que va desde Bakú, en Azerbayán, a Cyhan en Turquía,
atravesando Georgia. ¿Objetivo?: romper “… el actual monopolio ruso sobre el
flujo energético del Caspio y facilitar futuros envíos –de crudo– hacia
Estados Unidos” (p. 119). ¿Existe una nueva ecuación de poder en esa región?
Moscú contesta con ironía diplomilitar (y Kosovo en mente), reconociendo la
independencia de Osetia del Sur y Abjasia, y por los diputados de la Duma,
Boris Gryzlov sintetizó: “El Cáucaso siempre ha sido y será la zona de los
intereses estratégicos de Rusia”.
El riesgo de guerra es serio: esto ocurre en medio de las aventuras
diplomilitares de líderes poco cautelosos en Washington y París. Y el Cáucaso
es un polvorín geoestratégico.