ese a que Prometeo significa “previsor” en griego, la metáfora energética de
Prometeo Encadenado, obra inigualable del dramaturgo heleno Esquilo,
que tanto fascinaba a Marx, vuelve a planear en el Cáucaso, tránsito de los
hidrocarburos del mar Caspio a los mares Negro y Mediterráneo.
Esta vez el castigo de los nuevos dioses del siglo XXI puede ser aniquilante
para el género humano, cuando han arreciado los fantasmas de una tercera guerra
mundial nuclear, con la que coquetean los halcones y águilas
de Estados Unidos: Baby Bush, Dick Cheney, Condie Rice y hasta
el candidato presidencial John McCain (F. William Engdahl; Asia Times,
13/8/08; y Steve Weissman, “La guerra de McCain: Jugando con fuego nuclear”,
Truthout/Perspective, 20/8/08).
En medio del colapso financiero del modelo neoliberal anglosajón, es probable
que una nueva guerra fría en el Cáucaso le asiente más al panameño McCain que a
Obama (ver Bajo la Lupa, 17/8/08).
Con su réplica genial en Georgia al aventurerismo militar israelí-anglosajón
en Kosovo, Vlady Putin, quien comienza a emular las hazañas de Bismarck,
regresó la historia 20 años. Claro, hoy ni Estados Unidos, en plena disolución
financiera, ni la ex URSS, balcanizada, son las mismas de antaño, pero ambas
conservan sustanciales dotaciones nucleares para exterminarse mutuamente.
La “revolución rosada (sic)” de Mikheil Misha Saakashvili,
instrumento del megaespeculador George Soros y los halcones
neoconservadores straussianos, resultó demasiado escarlata para sus vecinos y
propios ciudadanos. Misha no es Prometeo, aunque lo haya pensado en
algún momento, cuando se atrevió a despertar al oso ruso de su letargo, y al
contrario del épico Titán cultivó por encargo las semillas que pueden cosechar
las bombas atómicas en Eurasia.
El mundo cambió en el Cáucaso, mientras Eurasia se encuentra en una nueva
correlación de fuerzas cuyas reverberaciones se empiezan a sentir en la
“periferia inmediata” y lejana de Rusia: en Transnistria (república separatista
en Moldavia), Azerbaiyán, Ucrania, Polonia y hasta en Líbano, en forma
folclórica, donde el líder de la secta druza, Walid Jumblat, jefe del Partido
Progresista Socialista, “pro occidental y pro israelí”, abandonó a Estados
Unidos para aliarse a Hezbolá (Debka, 13/8/08).
Los llamados “conflictos congelados” se descongelan: los rescoldos de los
Balcanes, como consecuencia de la independencia unilateral de Kosovo, han
incendiado las flamas del Cáucaso al otro lado del mar Negro.
Pakistán, en plena convulsión geopolítica, donde acaba de ser obligado a
renunciar el presidente Pervez Musharraf, representa otro “superfuego” que se
puede conectar en cualquier momento a la pirotecnia bélica a los dos lados del
mar Negro.
El diplomático indio M.K. Bhadrakumar (MKB; Asia Times, 19/8/08)
afirma que “una convulsión geopolítica que mide seis puntos en la escala Richter
está destinada a producir ondas de choque posteriores”.
Los halcones de Kosovo y las águilas del Cáucaso, soltados
por el eje israelí-anglosajón, comparan la represalia rusa en Osetia del Sur con
el aplastamiento libertario, hace 40 años, en Checoslovaquia por los tanques
soviéticos. No es lo mismo: es mucho más profundo en términos estratégicos,
porque Checoslovaquia, Polonia y Hungría eran satélites soviéticos; ni siquiera
se parece a Afganistán, la expedición fallida de la URSS; tampoco son Daguestán
ni Chechenia, en la etapa restringida rusa. Se trata de la primera expedición
triunfal de Rusia en el nuevo orden multipolar, que con un mínimo costo militar
y un sencillo movimiento de ajedrez, al estilo Putin (quien practica
estupendamente el judo), ha puesto en evidencia el desasosiego geoestratégico
anglosajón en el Cáucaso.
La lucha será por el alma de la Unión Europea (UE), susceptible de
fracturarse en dos bloques: uno, más sensato (que los halcones y
águilas de la Casa Blanca desprecian como “apaciguadores”), conformado por
Alemania, Francia e Italia; y el otro, totalmente sometido a los intereses
anglosajones y que evidentemente jefatura Gran Bretaña, dispuesta a llegar hasta
una tercera guerra mundial nuclear. El resto de los países de la UE y la OTAN se
sumarán en torno a estos bloques internos, de por sí quebrantados por el “euro”
y la Constitución.
A la genial jugada geoestratégica de Putin en el Cáucaso, los
superhalcones de la Casa Blanca han respondido vigorosamente con la ominosa
incorporación de Polonia al controvertido sistema balístico misilístico de
defensa (BMD), mediante la instalación de 10 interceptores y cohetes Patriot.
El premier polaco, Donald Tusk, exclamó jubiloso, sin ser Julio César, que
“hemos cruzado el Rubicón”.
No es poca cosa. A medio año de su despedida definitiva, el régimen
torturador bushiano levanta la puja con armas nucleares.
Engdahl aduce que “desde el fin de la guerra fría, Estados Unidos y la OTAN
han proseguido en forma sistemática lo que los estrategas militares denominan
“primacía nuclear” (Ver Bajo la Lupa, 15/7/07): “si una de dos potencias
nucleares antagónicas es capaz de desarrollar primero un operativo sistema
antimisiles de defensa, aunque fuese primitivo, puede debilitar dramáticamente
un contragolpe potencial del arsenal nuclear de su adversario; el lado con la
defensa misilística habría entonces ganado la guerra nuclear”.
La réplica de Rusia no se hizo esperar. Su presidente, Dimitri Medvedev,
declaró que el movimiento hostil de Estados Unidos en Polonia estaba dirigido
contra Rusia y no contra Irán (como pregonan los cuentos texanos). ¿Con quién
pretende querellarse la católica Polonia, que parece no haber aprendido nada de
sus tragedias geopolíticas anteriores? ¿Contra Alemania o Rusia, o las dos, o
contra Irán? ¡Demencial!
El subjefe del Estado Mayor ruso, Anatoli Nogovitsyn, puso en perspectiva las
represalias por venir de la nueva Rusia: “al desplegar el sistema estadounidense
(el BMD), Polonia encara un ataque nuclear”, y agregó que el acuerdo entre
Estados Unidos y ese país “no podía quedar sin castigo”.
Con o sin el contencioso de Rusia y Georgia en Osetia del Sur, el despliegue
nuclear de los halcones de la Casa Blanca era imparable. La
balcanización de Georgia acelera el proceso de una decisión tomada de antemano
por el régimen torturador bushiano, que quizá empujó al abismo a su ingenuo
aliado georgiano para conseguir su objetivo nuclear en Polonia.