a OTAN y la ONU comienzan a realizar consultas sobre la situación en el
Cáucaso. Anteriormente, las efectuó la Unión Europea.
En Naciones Unidas se desarrollarán, como siempre, unos largos debates en
torno al conflicto georgiano-oseta. Pero los ministros de Asuntos Exteriores de
la Alianza Atlántica, a exigencia de Washington, decidieron convocar una reunión
urgente el 19 de agosto, para decidir cómo seguir coexistiendo con Rusia y en
qué lenguaje hablar con ella. George Bush, quien ansía dejar una huella
significativa de la existencia de su Administración, tiene una sola receta: es
necesario hacer parar (castigar, dar lección, poner en su lugar) al Moscú de
Medvédev y Putin, el que arremetió contra la Georgia independiente. Al proteger
a Georgia, protegemos a todos los Estados pequeños y a la democracia en el
mundo entero. Es un estribillo que se repite sin cesar.
Antes se pretendió imponerles a los aliados otro estribillo, a estilo del
famoso dicho de Kennedy: "Desde ahora soy un berlinés" (Ich bin ein
Berliner), pero en una variante actualizada: "Ahora somos
georgianos", pero tal intento fue rechazado. Incluso The Washington Post, que
aunque critica a la Administración, pero tampoco trata con simpatía a Rusia,
observó: "Ello es demasiado" (Are we all Georgians now? Not too fast).
En vísperas de las consultas otanianas, también Alemania y Francia -
consideradas los últimos tiempos como un contrapeso a la posición de la Casa
Blanca, poco sopesada y no siempre bien enfocada en Europa - decidieron atacar
al Kremlin.
Angela Merkel, inmediatamente después de visitar Tbilisi y reunirse con
Saakashvili, manifestó el 17 de agosto que ella apoya el ingreso de Georgia en
la OTAN. Nicolas Sarkozy exigió en Le Mond el 18 de agosto que Moscú empiece a
retirar sin dilaciones sus tropas de Georgia, de acuerdo con los "principios
Medvédev - Sarkozy", declarando que si ello no se hace, él se verá obligado a
convocar una reunión extraordinaria del Consejo de Europa. Todavía no era un
ultimátum, pero algo parecido, algo muy brusco.
Medvédev declaró que la retirada de las tropas rusas comenzaría el 18 de
agosto, y se lo había dicho a Sarkozy en una conversación telefónica ya el 17 de
agosto. O sea que el escrito en cuestión apareció en Le Mond después de ello. Y
no podía menos que aparecer, porque sobre Sarkozy ya empezaron a llover críticas
de la derecha tanto de Francia como de EEUU y de los novatos ultraderechistas
del "bloque de Europa del Este" dentro la OTAN y la UE, por su viaje a Moscú y
la elaboración junto con Medvédev de los seis principios de arreglo en el
Cáucaso. Al presidente francés lo empezaron a acusar de que él está perdiendo la
orientación correcta, por lo cual la carta de Sarkozy estuvo llamada a refutar
esas acusaciones.
La postura de Merkel a primera vista parecía ser más complicada, pero más
tarde se averiguó que todo era muy sencillo. A los periodistas alemanes les
desconcertó en un comienzo la frase de la canciller de que ella apoya el ingreso
de Georgia en la OTAN y que "Georgia llegará a ser miembro de la OTAN, si lo
desea, y es que realmente lo desea". Cuando los reporteros intentaron averiguar
cuándo ella cambió de parecer, pues en la cumbre otaniana de abril en Berlín, al
parecer, se manifestaba en contra de la admisión de Tbilisi en la Alianza,
Merkel explicó que ella nunca estaba en contra del ingreso de Georgia como tal,
que sólo se trataba de los plazos en que ello podría realizarse.
Merkel confirmó aquello que sucedió en la cumbre de Bucarest: la admisión de
Georgia y Ucrania se enfocó allí sólo como cuestión de tiempo, en principio
nadie les negó el ingreso. En la reunión extraordinaria del 19 de agosto, los
ministros otanianos retomarán ese tema. La Casa Blanca presiona con el fin de
que se apruebe el Plan de Acción para Afiliación a la OTAN para Georgia o, por
lo menos, que se tome la decisión concreta de hacerlo.
Pero de decirse oficialmente un "sí" a la admisión de Georgia en la Alianza
Atlántica como un tributo a las insistencias de Bush, el ingreso real de Tbilisi
en la OTAN llevará unos cinco o más años. Kíev a su vez no podrá ingresar hasta
el año 2017, mientras rija el tratado ruso-ucranio de la base naval rusa de
Sebastópol (Crimea). Es que la OTAN no admite en sus filas a los Estados que
tienen en su territorio bases que no son de la Alianza. O sea que Rusia tendrá
tiempo para dar una respuesta a la ampliación de turno de la OTAN, la que es
inevitable ya.
Según unos datos, Washington insistirá en la reunión de los ministros
otanianos en que se satisfaga la solicitud de Saakashvili de dirigir a Georgia
observadores militares de la Alianza, con el fin de realizar el monitoreo de las
acciones que emprende Rusia. Pero le será difícil fundamentarlo, pues existiendo
el precedente de los bombardeos a Yugoslavia, Rusia difícilmente aceptará la
presencia de la OTAN en Abjasia u Osetia del Sur.
También existe la propuesta de liquidar el Consejo Rusia - OTAN, el que
funciona desde 2002, cumpliendo tareas insignificantes de "coordinación" de la
lucha contra el terrorismo y cooperación de carácter general. La anulación del
Consejo no sería más que un acto simbólico.
Es probable que en la reunión se tome la decisión de comenzar los países de
la OTAN a prestar la "ayuda humanitaria" a Georgia, así como ayudarle en el
restablecimiento y modernización de la estructura militar y las Fuerzas Armadas
de Georgia.
Si a Tbilisi lo invitan oficialmente a ingresar en la OTAN, ello sólo
confirmará lo correcto de los pasos que da Rusia. Actualmente, tres países del
mar Negro - Turquía, Bulgaria y Rumania - son miembros del bloque, y con el
ingreso de Ucrania y Georgia ya serán cinco. Basta con ver en el mapa el mar
Negro, para convencerse de que en tal caso ya será un mar de la OTAN. Incluso en
el Mediterráneo queda más espacio no controlado por la Alianza. La división de
las "áreas habitacionales" - realizada tras el desmoronamiento de la URSS por
poco en estado de embriaguez política (la cual todavía podría cuestionarse,
aunque sea en parte) - ya quedará fijada con rigidez. Moscú tendrá que olvidar
tras ello todas las pretensiones que podría formular a sus vecinos.
Pues la situación se desarrolla obviamente hacia una confrontación entre la
OTAN y Rusia. En ello estriba el quid del problema. Rusia, en esencia, no tiene
ningunos problemas con la independencia de Ucrania ni con la de Georgia como
tales. El problema consiste en quién y hacia dónde está orientando esas
independencias. Además, no se trata de un fenómeno nuevo puramente ruso, sino de
unos principios básicos y hasta elementales de la política exterior de cualquier
Estado.