La guerra desatada en Georgia utiliza una disputa de soberanía
territorial para forzar una reconstrucción de los enfrentamientos de la Guerra
Fría entre Rusia y los EE.UU.
Por Oscar Raúl Cardoso - Clarín
El historiador militar británico Correlli Barnett sentenció en uno de sus
escritos que "la guerra es el gran auditor de las instituciones". Una
observación sagaz que es posible aplicar al conflicto en el Cáucaso después que
Georgia invadiera la pequeña república rebelde de Osetia del Sur y Rusia
devolviese la gentileza ocupando militarmente partes de Georgia.
El estallido de agosto en aquella región está volviendo transparente el estado
de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, los riesgos de una impensable
colisión de armas entre esas potencias y un estado de cosas en el que es muy
difícil apuntar el dedo acusador contra una de las partes, a pesar de que la
preferencia alentada por Washington ha sido la de demonizar al primer ministro
ruso Vladimir Putin y, por extensión, aunque oscurecida su figura por el
anterior, al presidente ruso, Dimitri Medvedev.
En la superficie uno podría pensar que la confrontación entre Moscú y Tiblisi
puede inscribirse en un molde más o menos clásico en el que compiten el reclamo
de soberanía territorial y el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Después de todo Georgia reclama como parte de su territorio soberano tanto
Osetia del Sur como la otra república escindida, Abjazia. Rusia sostiene, en
cambio, que sus acciones están destinadas a proteger a sus ciudadanos en ambas
repúblicas, donde los nacionales rusos son muchos y otros cuentan con pasaporte
emitidos por Moscú.
Pero ésta es apenas una de las dimensiones del problema y quizá no la más
importante. La recuperación de Osetia del Sur por un golpe de mano georgiano
estaba destinada de antemano al fracaso por la asimetría militar con la
"potencia protectora", esto es Rusia. Y aunque aún no se sabe qué llevó al
presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, a emprender la aventura, no es
extraño que haya creído que no sería abandonado por Occidente en la estacada.
A su vez el argumento ruso es difícil de digerir. Sobre todo porque hay
denuncias que Moscú entregó numerosos pasaportes a la población de Osetia hasta
mediados de este año, lo que hace pensar que Putin pudo estar creando
condiciones para una crisis como la que finalmente se materializó.
Saakashvili pudo haberse engañado hasta ignorar que por todo lo que se dice del
ruso, dictador, oportunista (incluyendo el adjetivo de "confiable" que usó
George W. Bush y ahora no sabe dónde poner) Washington no quiere una
confrontación abierta y masiva con Putin. La Unión Europea por su parte tiene
gran dependencia del petróleo ruso -que parece estar comprando a Putin su pasaje
a líder de una potencia- y menos que Estados Unidos está dispuesta a trasladar
una crisis en el Cáucaso al territorio de su acceso a la energía.
Aunque la visión que más alienta ahora Estados Unidos es que el alto el fuego
implica un insoportable triunfo ruso que "no debe ser tolerado", hay que
preguntarse quién ganó y quién perdió al menos hasta aquí. Saakashvili tiene
ahora más territorio nacional perdido a la ocupación rusa y Putin podrá haber
enviado un duro mensaje al mundo advirtiendo que su país no tolerará más
intentos occidentales por "cercarlo", especialmente con la expansión de la
alianza militar OTAN hacia el este.
¿Pero es este el único resultado? No, porque Moscú puede haber acelerado el
proceso que está tratando de detener. Después de los combates, Polonia y Estados
Unidos concluyeron con celeridad un tratado que venía moroso y que permitirá a
Washington instalar en ese país baterías antimisiles. Otros equipos asociados a
este proyecto irán a la República Checa.
La OTAN podría apurar el ingreso de Ucrania a su seno, lo que plantea un riesgo
grande. En la región ucraniana de Crimea están los puertos donde amarra la flota
de guerra rusa. Además ya hay demandas para volver al Grupo de los Siete como
foro de las potencias económicas, excluyendo a Rusia.
Saakashvili y Putin han obtenido hasta ahora tan solo el regreso de algunos
vientos que traen el olor a lluvia de Guerra Fría lo que parece un saldo
negativo si uno tiene en cuenta los miles de muertos que los días de combate en
el Cáucaso ocasionaron. Esto es algo que está destinado a complicar la evolución
de litigio entre Occidente e Irán por el plan nuclear de Teherán, entre otros
saldos.
Por lo demás hasta aquí esta es una historia sin "buenos". Putin encaja con
comodidad en buena parte de las acusaciones que se le hacen, pero Saakashvili no
es el cuasi perfecto demócrata que describen ahora para reforzar su condición de
presunta víctima. En su historial hay una elección denunciada como fraudulenta,
respuestas violentas a los opositores y la declaración de la ley marcial.
En cuanto a Washington, la defensa de la soberanía de Georgia suena
irremediablemente hueca. ¿O acaso lo de Moscú no es lo mismo que George W. Bush
hizo en Irak en el 2003?
Quizá sea necesario estar atento a la evolución de este conflicto esperando, eso
sí, que la "auditoría de la guerra" que mencionaba Barnett no demuestre que el
sistema de seguridad internacional es tan defectuoso como para no absorber las
consecuencias.