En 1971 John Conally, secretario
estadounidense del Tesoro, lo dijo con toda
claridad: “el dólar es nuestra moneda y su salud es el problema del resto
del mundo”. Hoy comienza a desplegarse la peor crisis financiera en 60 años,
y la estructura macroeconómica en la que estuvo basada la hegemonía del
dólar estadounidense está llegando a su fin. Pero la sentencia de Connally es
más certera que nunca.
Por Alejandro Nadal -
La Jornada
Nadie sabe a ciencia cierta cuánto durará la crisis económica y
financiera. Lo que sí sabemos es que está por concluir el reinado del dólar
como única moneda de reserva en el mundo. De ahora en adelante tendrá que
compartir ese papel con el euro. Los beneficios de ser banquero del mundo ya
no serán exclusivos para Estados Unidos, lo que sin duda tendrá que
reflejarse en cambios estructurales en su economía.
Para analizar el proceso de ajuste monetario a escala mundial es
importante tomar en cuenta el mandato de la Reserva Federal. Por ley, su
misión es “mantener el crecimiento de los agregados monetarios compatibles
con el potencial de crecimiento económico de largo plazo, promoviendo
efectivamente las metas de máximo empleo, estabilidad de precios y tasas de
interés moderadas de largo plazo”.
Para una moneda de reserva internacional, este triple mandato es un
problema. Por definición, cualquier divisa que aspire a desempeñar el papel
de moneda de reserva debe estar vinculada a un mecanismo que le permita
conservar su valor. Si la Fed aumenta la oferta monetaria y reduce la tasa
de interés, eso puede estimular la inversión y el empleo en Estados Unidos.
Pero puede llevar a depreciar el dólar y eso ya no es buena noticia para los
tenedores del billete verde o de activos denominados en esa moneda. En ese
caso se desencadenan ajustes en la cartera de inversiones y reservas hacia
otras monedas juzgadas fuertes. Algo de esto ha estado sucediendo en los
últimos 20 meses.
En el contexto de la crisis financiera y la recesión en Estados Unidos,
el problema para la Fed se complica. Por una parte debe pensar en estimular
la economía para que la recesión no sea tan larga o profunda, y debe
asegurar la liquidez del sistema bancario. Eso conduce a una expansión de la
oferta monetaria y a debilitar todavía más al dólar. (De hecho, eso es lo
que ha hecho la Fed en años recientes, alimentando burbujas como la del
mercado de bienes raíces.)
Ahora bien, una devaluación puede ser saludable para corregir un
desequilibrio en las cuentas externas. Pero cuando se trata de una moneda de
reserva, la devaluación afecta a todos aquellos que confiaron en el sistema
y detentan reservas en esa moneda. Las cosas se complican si el país que
emite la moneda de reserva se ha convertido en el deudor de última instancia
para la economía mundial. En ese caso, los acreedores sufrirán el ajuste
devaluatorio y tratarán de evitar pagar el costo.
En los pasados doce meses los inversionistas privados se han alejado del
dólar, buscando diversificar sus carteras de inversiones. Algunos bancos
centrales también: Rusia e India son dos ejemplos importantes. Divisas como
el euro, la libra y el franco suizo han visto aumentar su demanda, con su
consiguiente apreciación.
En cambio, los bancos centrales que mantienen una política cambiaria
vinculada al dólar han aumentado sus reservas en esa divisa: es una forma de
ayudar a mantener el valor de sus activos. Estos bancos centrales y los
llamados fondos soberanos de riqueza (constituidos con los excedentes
petroleros de los principales exportadores de crudo en el golfo Pérsico) son
los que hoy compran bonos del Tesoro para financiar el colosal déficit en
cuenta corriente de Estados Unidos. Su comportamiento responde más a
consideraciones políticas que a un análisis financiero riguroso. ¿Hasta
cuándo van a seguir la estrategia de tragar más agua para no ahogarse?
Estamos en el inicio de un complejo proceso de ajuste en la composición
de reservas y en el modo de financiar el déficit externo de Estados Unidos.
Esto abrirá el camino para consolidar el euro como moneda de reserva, pero
nadie dice que el viaje será fácil. De hecho, la apreciación del euro ya es
un problema serio para la economía europea. Alemania, por ejemplo, ya acusa
los síntomas recesivos debido al efecto de la apreciación sobre sus
exportaciones.
La guerra entre dólar y euro apenas está comenzando. Quizás concluya con
un ajuste ordenado que permita a las economías capitalistas otro ciclo de
expansión. Pero la expansión desorbitada del sector financiero en las
últimas tres décadas puede llevar en otra dirección: hacia una pesadilla de
estancamiento, inflación y desorden monetario universal. Si éste es el caso,
recuerden la primera lección de los mercados financieros: si va a cundir el
pánico, es mejor ser el primero en salir corriendo.