La postura bélica de Georgia hacia la
región autónoma de Ossetia del Sur reflejó un triunfo de las
tendencias militaristas y autoritarias en un país que no ha sabido
manejar la presión de Rusia.
Por Zoltán Dujisin (*) - IPS
Moscú cesó el martes
12 las acciones militares,
tras cinco días de duros combates.
Los enfrentamientos comenzaron cuando efectivos de Georgia
intentaron el viernes tomar el control de esa región --protegida
desde 1992 por fuerzas rusas de mantenimiento de paz-- mediante un
ataque contra su capital, Tskhinvali, 100 kilómetros al noroeste de
Tbilisi.
Los combates dejaron numerosas víctimas y obligaron a miles de
personas a abandonar sus hogares.
La incursión georgiana pretendió burlar el papel de Rusia como
garante de la seguridad en Ossetia del Sur y provocar la
internacionalización del conflicto, con el objetivo de cambiar la
integración de la misión de paz.
Rusia respondió a la agresión georgiana con una amplia operación
militar que se extendió más allá de la región.
Tblisi pidió a la comunidad internacional que frenara la agresión
rusa y asumiera la responsabilidad por los acontecimientos ocurridos
en la zona.
La misión de paz en esa región fue creada tras la guerra de 1992 y
está conformada por efectivos de Rusia, Ossetia del Sur, la rusa
Ossetia del Norte y Georgia, pero Tbilisi alega que el equilibrio de
las fuerzas es injusto.
La otra región autónoma de Abkhazia, en el oeste de Georgia, que
también proclamó su independencia en 1992, apoya a Rusia.
El presidente georgiano Mikheil Saakashvili acusa a su vecino del
norte de tratar de derrocarlo mediante una acción premeditada.
Presionado por sanciones económicas rusas y el apoyo de Moscú a las
regiones separatistas, Saakashvili se inclinó por la opción bélica y
una postura nacionalista, esperando contar con apoyo de Occidente.
El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas
(ONU) se reunió el lunes para discutir una propuesta de resolución
que exhortara a Rusia, miembro permanente con poder de veto, a que
interrumpiera el uso de la fuerza, pero no se alcanzó un acuerdo.
El embajador estadounidense en la ONU, Zelmay Khalilzad, y su par
ruso Vitaly Churkin tuvieron un duro intercambio de palabras.
Poco antes, el presidente estadounidense George W. Bush había
criticado duramente a Moscú en una breve declaración difundida por
la Casa Blanca.
Rusia anunció que terminaría las acciones militares, lo que
finalmente ocurrió este martes tras cinco días de bombardeos y
destrucción de ciudades y bases militares en Georgia, con un saldo
de más de 2.000 muertos.
Georgia, con 4,6 millones de habitantes, acusa a Rusia de servirse
de las regiones autónomas para poner piedras en el camino de Tbilisi
hacia su integración a la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN), a la que se opone duramente Moscú.
Muchos georgianos subrayan su compromiso con la "democracia" y con
la "civilización occidental".
En los últimos meses, los políticos más conservadores de Georgia
adquirieron mayor relevancia al presentar la opción militar como más
realista, pese a las advertencias de Occidente de evitar una
retórica agresiva y abstenerse de una acción militar.
Georgia carece "de discusión política y de debate abierto sobre cómo
resolver el problema de forma pacífica", escribió en mayo el
analista Archil Gegeshidze, de la Fundación Georgiana para Estudios
Estratégicos e Internacionales.
Por su parte, el ministro georgiano de Reintegración, Temur
Iakobashvili, había advertido que sería una "locura lanzar un ataque
contra Tskhinvali porque se vería afectada de inmediato la población
civil".
Pero Tskhinvali fue atacada y, si las denuncias rusas de catástrofe
humanitaria son ciertas, Georgia puede olvidarse de su anhelo de
reintegración de las regiones autónomas.
Permitir la reunificación de Georgia a la fuerza pudo representar
para Rusia un gran costo por el flujo de refugiados que se hubiera
creado y las acusaciones que le hubieran llovido por no proteger a
sus propios ciudadanos.
Moscú entregó pasaportes rusos a 80 por ciento de los habitantes de
Ossetia del Sur en reconocimiento por los fuertes vínculos que esa
población aislada tuvo con la hoy disuelta Unión Soviética y,
posteriormente, con la Federación Rusa.
A lo largo de los años, la desconfianza mutua de las partes
enfrentadas impidió avances significativos.
Georgia sostuvo que Moscú era el único impedimento para la
resolución del problema, y acusó a ese gobierno de no hacer mucho
por mejorar su imagen en las regiones autónomas.
La población de Ossetia del Sur y de Abkhazia, por lo general, suele
respaldar a sus políticos y se opone en forma abrumadora a
reintegrarse a un estado que no considera capaz de darles seguridad.
Se estima que 70 por ciento de los 62.000 habitantes de Ossetia del
Sur son ossetios y el restante 30 por ciento, georgianos, aunque no
hay cifras oficiales.
Líderes y ciudadanos de las regiones autónomas también temen el
regreso de cientos de miles de refugiados georgianos en caso de una
reunificación, lo que podría exacerbar las tensiones étnicas.
Ellos prefieren aumentar su dependencia con Rusia al tiempo que
rechazan los proyectos europeos de recuperación económica y de
reconciliación étnica.
Los habitantes de las regiones autónomas dependen en gran medida de
remesas, de la asistencia rusa e internacional y del contrabando,
que alcanzó una proporción tal que los líderes locales se benefician
de la falta de resolución del conflicto.
Ossetia del Sur rechazó la propuesta que le hizo Georgia en 2005 de
amplia autonomía porque iba acompañada de medidas contra su
economía, e incluía la creación de estructuras de poder georgianas y
la presencia de sus servicios de seguridad y paramilitares.
La promesa de Saakashvili de una exitosa economía tipo liberal y una
democracia estilo occidental no hizo más atractiva la oferta, pues,
de hecho, muchos georgianos están descontentos con su presidente.
El argumento de Saakashvili de que la intervención rusa tiene el
objetivo de sacarlo del gobierno se asemeja a las justificaciones
que él mismo dio para reprimir con violencia unas manifestaciones
pacíficas en noviembre pasado.
El presidente georgiano acusó a activistas y líderes opositores de
conspirar para derrocarlo, y los vinculó con el espionaje ruso.
Su triunfo en las elecciones presidenciales de enero fue opacado por
acusaciones de fraude, pero los resultados contaron con el visto
bueno de Occidente.
Más que nunca, los habitantes de Ossetia del Sur y Abkhazia
sospechan que las promesas de Saakashvili de fomentar la armonía
entre las distintas comunidades forman parte de un discurso retórico
dirigido a un público occidental "ingenuo".
La población de Ossetia del Sur aspira a ser anexada por Moscú y
quedar unida a la relativamente rica república rusa de Ossetia del
Norte.
Pero de concretarse, esto significaría una carga económica para sus
parientes étnicos del norte y también para Rusia, que con frecuencia
teme las consecuencias regionales e internacionales de tal
desenlace.
Para evitar una crisis humanitaria en la zona de conflicto, el
Programa Mundial de Alimentos (PMA) comenzó a brindar asistencia a
los más de 2.000 desplazados.
El PMA ya tiene una operación humanitaria en ese país para asistir a
unas 121.000 personas de comunidades rurales pobres, niños y niñas
escolares, enfermos de tuberculosis y personas con VIH/sida.
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(*) Con aporte de Omid Memarian desde la sede de la ONU.