Una de las primeras conclusiones que
vienen a la mente a raíz del conflicto en Osetia del Sur es que el presidente de
Georgia, Mijaíl Saakashvili, sobrestimó mucho el potencial combativo de su
Ejército.
Por Alexandr Jramchigin -RIA Novosti
Es cierto que el Ejército georgiano a día de hoy tiene poco que ver con la
gentuza armada del período de Zviad Gamsajurdia, primer presidente de Georgia
tras el colapso de la URSS. Y aunque el nivel de su preparación combativa es
aceptable, el número de los efectivos militares en Georgia es muy limitado, como
lo es también la cantidad de equipos bélicos, anticuados en más del 90%.
Saakashvili perseguía un plan muy claro: tomar la capital suroseta, Tsjinvali,
situada cerca de la línea fronteriza; instalar allí un Gobierno leal con Dmitri
Sanakóiev al frente; y proclamar que es la única autoridad legítima en Osetia
del Sur mientras que las demás zonas de esta república permanecen ocupadas por
agresores rusos. Si la conquista de Tsjinvali hubiera sido un éxito, los
separatistas surosetas se habrían sentido totalmente desmoralizados y las tropas
georgianas habrían podido continuar su ofensiva hacia el norte.
El plan se vio abortado. Georgia empezó con una acción claramente bárbara,
ataque con lanzamisiles múltiples Grad contra los barrios residenciales de
Tsjinvali, lo cual debería catalogarse, sin lugar a dudas, como un delito de
guerra. Más tarde, las tropas georgianas se fueron arrastrando en largos
combates callejeros con las fuerzas surosetas. Después de que el Ejército ruso
introdujo sus unidades regulares en Osetia del Sur, a Georgia no le quedó
siquiera un chance mínimo para lograr la victoria militar. De hecho, todo el
Ejército georgiano es equivalente a una sola división rusa de infantería
motorizada.
Es evidente que Georgia perdió una operación militar al estilo de guerra
relámpago pero consiguió, al parecer, éxito político. Es muy probable que Rusia,
a los ojos de la comunidad internacional, tenga la imagen de agresora.
La invasión georgiana en Osetia del Sur colocó a Moscú en una situación muy
embarazosa. El dilema era traicionar a los osetas, tanto a los del sur como a
los del norte, que viven en Rusia, o convertirse en un "agresor" con respecto a
Georgia, dado que las tropas rusas entraron en el territorio georgiano e
iniciaron operaciones militares contra el Ejército georgiano sin tener mandato
de las Naciones Unidas.
No había alternativa y Moscú se decantó por la segunda variante que, sin
lugar a dudas, representaba el mal menor, precisamente, porque Rusia figura entre
los cinco países afortunados que son capaces de escapar al calificativo oficial
de agresor. Tienen derecho al veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, el
único organismo autorizado a catalogar una agresión como tal.
¿Cuál será la ulterior evolución de los acontecimientos? Georgia no podrá
organizar un movimiento de resistencia contra las tropas rusas en Osetia del
Sur, a falta de un porcentaje considerable de ánimos anti-rusos en esta
república.
En teoría, Georgia podría optar por un relanzamiento de la "guerra regular",
emprendiendo un nuevo ataque contra Tsjinvali y las zonas adyacentes. Ahora
bien, semejante ofensiva fracasó cuando el Ejército georgiano estaba desplegado
al cien por ciento y todavía sin bajas, mientras que Rusia aún mantenía una
presencia militar muy limitada en Osetia del Sur. Si los combates se reanudaran
ahora, los efectivos y equipos militares georgianos serían expulsados en poco
tiempo.
Tampoco será posible reemplazar en breve por nuevas armas el material ya
inutilizado que se importaba desde la Europa del Este, al menos, por razones
geográficas. Conste que, además, se requieren varios meses para instruir al
personal en el manejo de estos equipos.
Que las tropas de la OTAN se vean involucradas en este conflicto es
totalmente descartable. Los Ejércitos europeos tienen un miedo visceral a las
bajas, de modo que una guerra contra Rusia resulta inconcebible para ellos. Lo
mismo se refiere a EEUU cuya atención, además, se centra en Afganistán e Iraq.
El único país miembro de la OTAN que, en teoría, podría acudir en ayuda de
Georgia es Turquía: se encuentra cerca del hipotético teatro de operaciones
bélicas y, a diferencia de sus aliados, no teme tanto a las bajas.
Semejante perspectiva, sin embargo, podría parecer inaceptable a Tbilisi,
dado que tal ayuda podría derivar en cierta forma de ocupación, ya en la
totalidad del territorio georgiano. Es de esperar, además, que Turquía exigirá
una recompensa colosal por esta operación que puede arrastrarla en un conflicto
militar directo con Rusia. Ankara pediría a EEUU asistencia económica y militar
a gran escala; y a los europeos, garantías para el ingreso en la UE. Sospecho
que el futuro de Georgia no tendrá importancia tan crítica para Washington y,
menos aún, para Bruselas para que acepten pagar tal precio.
Además de sobreestimar su propio potencial militar, Tbilisi se equivocó mucho
al calibrar la disposición de EEUU y otras naciones occidentales de
proporcionarle ayuda real. Una cosa son las retumbantes declaraciones que se
escuchan en diversas tribunas; y otra, muy distinta, una guerra contra Rusia.
Es más: al embarcarse en la aventura suroseta, Mijaíl Saakashvili redujo
drásticamente las posibilidades del ingreso de su país en la OTAN. Presentó a
Rusia en calidad de agresora y así demostró a los líderes occidentales que, si
admiten a Georgia en la Alianza del Atlántico Norte, tendrán que enviar sus
tropas al Cáucaso, a una guerra muy cruenta contra Rusia. Seguro que las
naciones de Europa Occidental harán lo posible ahora por que Georgia permanezca
al margen de la OTAN.
De esta manera, el conflicto volverá
obligatoriamente al terreno de la política. Eso sí, Rusia ya tiene en su
frontera meridional más que un país inamistoso: se encara ahora con un enemigo
directo, con el que le será mucho más difícil sostener la inevitable
negociación.