(IAR Noticias)
12-Agosto-08
Los tambores que anunciaron la guerra entre Rusia y Georgia deben haber
tenido un sonido que -pese a la distancia y a la diferencia de culturas-para
los argentinos sugirió una melodía ya escuchada hace más de dos décadas, cuando
todavía eran gobernados por una dictadura militar.
Por Oscar Raúl Cardoso -
Clarín, Argentina
Si uno se pregunta ¿en qué pensaba el presidente de Georgia, Mijail Saakashvili,
cuando decidió lanzar el limitado potencial militar de su país contra el
gigantesco oso ruso? ¿Acaso algo similar a lo que musitó en 1982 Leopoldo
Fortunato Galtieri --entonces presidente argentino-- cuando puso en marcha la
invasión de las islas Malvinas?
¿Esto es que sus espaldas --las de Galtieri entonces, las del georgiano hoy--
estarían cubiertas por Washington?
Es interesante este paralelo porque las versiones periodísticas indicaron en las
últimas horas que Saakashvili pudo haber "malentendido algunas señales de
Estados Unidos" que lo llevaron a pensar que contaría con el respaldo de ese
país. Después de la guerra de Malvinas varios protagonistas argentinos
aseguraron que altos portavoces del gobierno de Ronald Reagan sugirieron que
Estados Unidos mantendría, cuanto menos, neutralidad en el caso de un conflicto
Buenos Aires-Londres. Washington negó siempre esta versión argentina.
Las situaciones históricas tienen algunos paralelos también. Si Galtieri se
sentía importante para Estados Unidos por estar operando en forma
semiclandestina contra el régimen sandinista en Nicaragua, Saakashvili está
autorizado a creer que participar en lo que ya aparece como un mal disimulado
intento de cerco geopolítico a Rusia le otorga un valor especial para
Washington. Los trazos de sobrevaloración están en ambos lienzos políticos, el
de los 80 y el de hoy.
Para entender lo del cerco político basta pensar en la forma en que la OTAN
(Organización del Tratado del Atlántico Norte) está incorporando antiguos
miembros del difunto Pacto de Varsovia (la alianza militar prosoviética) y cómo
Washington ensaya expandir su despliegue militar con proyectos de colocar
misiles en la República Checa. Apenas en abril pasado la OTAN decidió postergar
el inicio de una negociación con Osetia del Sur sobre el ingreso de esta pequeña
república a la alianza militar ante la ira rusa.
Otra cuestión inquietante para Moscú ha sido el proceso de transferencia de
armamento a Georgia que lideró Estados Unidos, pero del que también participaron
países como Ucrania e Israel.
Las situaciones de los 80 en el Atlántico Sur y el presente vuelven a encontrar
puntos de contacto porque en ambos conflictos está en carne viva la cuestión de
la soberanía territorial. Georgia considera que Osetia del Sur y Abjazia, en el
Cáucaso --dos repúblicas rebeldes--, son parte de su territorio, y Saakashvili
ha hecho de su recuperación el principal objetivo de su gobierno. Pero en el
caso del Cáucaso está en juego la certeza con que Moscú ve a esa región como su
muy propia área de hegemonía y está dispuesta a mantenerla a cualquier costo. La
entonces Unión Soviética ocupó Georgia desde 1921 hasta los 90, resistiendo
inclusive un alzamiento en 1924. La operación militar rusa que primero ocupó
Osetia del Sur y ahora prosigue en territorio de Georgia parece, además de todo,
un recordatorio ruso de la voluntad de Moscú de no ser desafiado en su rol de
potencia militar.