El liderazgo de Brown un año
después de hacerse con la confianza del Parlamento presenta un derrumbamiento
inédito en la historia reciente de Gran Bretaña, ya que pasó de disfrutar en
agosto de la mayor distancia respecto a los conservadores desde la invasión de
Irak al peor nivel desde que las encuestas comenzaron en las islas en 1943.
Por Eva Martínez Millán
- Europa Press
El primer ministro británico, Gordon Brown, cumple su primer aniversario en el
número 10 de Downing Street con un panorama desolador en el que, según todos los
sondeos, las posibilidades de lograr la cuarta victoria consecutiva son remotas
y su sucesión es debatida abiertamente en el Partido Laborista, cuya evolución
se compara en Reino Unido con la que experimentaron los 'tories' en los 90,
cuando Margaret Thatcher entregó el poder a un John Major que acabó derrotado en
las urnas por el empuje del 'Nuevo Laborismo' encarnado por Tony Blair.
El liderazgo de Brown un año después de hacerse con la confianza del Parlamento
presenta un derrumbamiento inédito en la historia reciente de Gran Bretaña, ya
que pasó de disfrutar en agosto de la mayor distancia respecto a los
conservadores desde la invasión de Irak al peor nivel desde que las encuestas
comenzaron en las islas en 1943. Actualmente, de celebrarse unas elecciones
obtendría un 25 por ciento de los votos, 20 puntos por debajo de los que el
líder de la oposición, David Cameron, obtendría para sus filas tras once años
desalojados del poder.
Por ello, el primer ministro ha descartado la organización de cualquier tipo de
celebración para marcar sus primeros doce meses en la residencia oficial y su
principal acto para esta jornada será la participación en el multitudinario
concierto de homenaje al ex presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, que con
motivo de su 90 cumpleaños se celebra en el parque londinense de Hyde Park.
Sin embargo, la efeméride no ha pasado desapercibida en Reino Unido, donde un
año después de la salida de Tony Blair el consenso generalizado diagnostica como
principal error de Brown su decisión de descartar el adelanto electoral que se
daba por seguro para certificar la transición en las urnas.
Una apuesta que, además, se vio agravada por las especulaciones que el propio
mandatario alentó con su silencio cuando los sondeos le eran más favorables y
que, finalmente, se volvió en su contra cuando el pasado octubre anunció que las
generales se celebrarían en la fecha prevista, 2010.
Evolución
Entretanto, el dirigente escocés ha visto cómo el prestigio que se forjó como
gestor en sus diez años al frente del Ministerio de Hacienda se diluía tanto por
circunstancias ajenas a su mandato, la evolución alcista de los precios de crudo
y alimentos y la crisis financiera internacional, como por decisiones polémicas
que abanderó incluso pese a la oposición de su propio partido, como la supresión
del tramo mínimo del 10 por ciento del IRPF o la ampliación del plazo de
detención sin cargos de 28 a 42 días.
Además, Brown ha tenido que lidiar con la sombra de Tony Blair y una forma de
gobernar diametralmente opuesta a su perfil político, que frente a la retórica y
las grandes demostraciones del actual enviado especial para Oriente Próximo
presenta un cariz marcadamente técnico presidido por la sobriedad.
Un contraste al que se suma la disparidad de caracteres entre el extrovertido
Blair y el, en ocasiones, rudo Brown, a quien se le critica como uno de sus
principales puntos débiles una falta de enganche que él mismo reconoce: "Yo no
soy encantador".
Con todo, esta carencia no afectó a sus ambiciones políticas, que apuntaban al
número 10 de Downing Street desde que comenzó su carrera en su Escocia natal y
que lo llevaron a emprender una campaña de presión interna sobre Blair para
forzarlo a abandonar el poder como había prometido tras obtener su tercera
victoria consecutiva en las generales.
Perjuicios
Sin embargo, un año después de lograr su aspiración profesional sus propios
compañeros de partido y hasta de gabinete se preguntan el porqué de su urgencia
por mudarse a la residencia oficial a la vista de la evolución de su liderazgo,
que ha llevado al laborismo a la mayor debacle electoral en la historia, al
quedar relegado el pasado mes de mayo en las locales como tercera fuerza
política con un raquítico apoyo del 24 por ciento.
Desde entonces, tanto el mandatario como sus más fieles aliados ministeriales se
han esforzado en responsabilizar de esta evolución a la economía y, además de
incidir en que la raíz del problema es ajena a Gran Bretaña, han subrayado que
tras su experiencia al frente de las arcas públicas en una de las décadas más
prósperas de la economía, Brown es "la persona adecuada" para dirigir al país
hacia la superación de la actual crisis financiera.
No obstante, el primer ministro ha sido también abiertamente cuestionado en su
teórico punto fuerte a raíz de las dudas que generó su tardía intervención en la
quiebra de Northern Rock, que condujo a la primera nacionalización de un banco
en 30 años, o las compensaciones de última hora introducidas para los afectados
por la supresión del 10 por ciento, que no impidieron, aún así, una severa
derrota en los comicios Crewe y Nantwich, en donde los laboristas perdieron por
primera vez desde 1978 unas elecciones parciales a manos de los conservadores.
Futuro
Por todo, el reto de Brown un año después de su toma de posesión se centra en
recuperar tanto la confianza de los británicos como de su propio partido, que
ante la maltrecha imagen de su líder se encuentra en la encrucijada de
diagnosticar el mal menor ante las trascendentales legislativas de 2010. La duda
se centra en los perjuicios aún mayores que podría ocasionar una salida
precipitada de Brown, para muchos una declaración oficial de alerta que
conduciría de forma automática a David Cameron al número 10 de Downing Street.
En este contexto, el próximo trance para el primer ministro tras superar 'in
extremis' la votación de los 42 días de detención, que le hubiese granjeado su
primera derrota en el Parlamento, será el congreso que los laboristas celebrarán
en septiembre en Manchester, considerado un punto de inflexión para el futuro a
medio y largo plazo, puesto que decantará casi definitivamente la balanza en
torno a las posibilidades del dirigente escocés de concurrir a las generales.
El debate se reparte entre cerrar la crisis que desencadenaría la pérdida del
poder con la construcción de un nuevo liderazgo desde la oposición, o promover
una alternativa antes de 2010 que aumente las opciones de mantener la mayoría
que los laboristas ostentan en el Parlamento desde 1997. No obstante, esta
opción queda difuminada por el daño inherente que este candidato debería
gestionar por un cambio de cartel precipitado, frente a un Partido Conservador
que ha cerrado filas en torno a su líder.
En cualquier caso, las especulaciones de nombres para tomar el testigo son una
constante en la que existen dos corrientes diferenciadas: la de los miembros del
Gabinete experimentados como el ministro de Justicia, Jack Straw, o el de
Sanidad, Alan Johnson, o los más jóvenes, que se encargarían de tomar las
riendas para un período más a largo plazo en el que intentar conducir de nuevo
al laborismo al poder y entre quienes destacan el titular de Exteriores, David
Miliband, el secretario de Estado de Trabajo y Pensiones, James Purnell, o el
parlamentario Andy Burnham.
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