Segundo
acontecimiento: la mayoría roji-negra [socialdemócrata y cristianodemócrata] en
el Parlamento federal pasa a la acción en materia de cambio climático. Hay que
promover el acoplamiento energía/calentamiento, la proporción de energías
renovables en el cómputo energético global tiene que doblarse de aquí a 2020, la
emisión de gases de efecto invernadero tiene que reducirse un 40%. Un tímido
pasito para salir del capitalismo del dióxido de carbono; pero ¿en qué
dirección? La Agencia Internacional de Energía –y este es el tercer
acontecimiento— tiene una respuesta para esta pregunta. La que difundió
precisamente el día en que se perfilaba el paquete climático roji-negro era,
literalmente, una bomba. Según la AIE, hay que sumar a la red mundial, cada año,
40 centrales nucleares nuevas. La era fósil, con sus modos de producir, sus
formas de consumir, sus sistemas de tráfico y sus estructuras granempresariales
desembocaría, merced a esa reestructuración del sistema energético, en un Estado
atómico globalizado.
Ahora se
entiende mejor lo que el economista jefe de la AIE, Fatih Birol, quería decir
cuando declaró recientemente: “Creo que tenemos que abandonar el petróleo, antes
de que el petróleo nos abandone a nosotros”. Y lo ciertos es que el pico de la
extracción petrolífera no se halla en un lejano futuro, sino en el pasado. Más
petróleo solo puede llevarse al mercado a costes crecientes. La curva de
demanda, en cambio, apunta hacia arriba: los aspirantes a potencias
industriales, China, India y otros “países en el umbral de desarrollo”, están
tan hambrientos de energía como los EEUU y la UE.
Es verdad que
se buscan desesperadamente reservas no exploradas, y que se da con petróleo “no
convencional” en las zonas abisales de los mares tropicales, en las aguas
polares o en las arenas bituminosas del Canadá y en el alquitrán venezolano;
pero los costes de extracción y las cargas medioambientales son extremadamente
elevados. Tampoco el aseguramiento militar de las regiones petrolíferas y de las
rutas de transporte hace precisamente que la materia prima sea más barata, ni
hace más agradable la vida a los habitantes de esas regiones del planeta.
Hasta ahora,
los oleoductos y las rutas de suministro se encaminaban primordialmente a
Norteamérica, Europa occidental y Japón. Eso está cambiando. Ahora se construyen
oleoductos en el “Oleoductistán” centroasiático también en dirección hacia el
Este. De modo que, con la nueva infraestructura de la logística de las materias
primas, cambia también la situación geopolítica. En tiempos de escasez de
fuentes energéticas, las grandes potencias dejan de confiar en el mercado y en
las restricciones “neutrales” del mismo, y se disponen a poner de su parte,
política y militarmente: en Irak, en Sudán, en el Tchad, en el Hindukush. Hasta
qué punto el régimen energético fósil atiza los conflictos, puede verse también
en el final de la cadena energética, en las consecuencias del cambio climático.
Así pues, el
fin de partida podría llevar a un escenario absurdo. Se emplean medios militares
para la provisión de energía y materias primas. El uso de la energía fósil es
corresponsable del efecto invernadero. Las consecuencias del cual –meteorología
inhabitual, sequías, inundaciones, malas cosechas, extinción de especies—
fuerzan a los seres humanos a la migración. Contra la cual se utilizan también
medios militares, como ya hoy en las fronteras de la “Fortaleza Europa”.
Ante tamaño
desjarretamiento, la nueva novia nuclear de los políticos de la energía fósil
promete verdaderas alegrías. En vez de “¿Energía nuclear?, no, gracias”, es sólo
cuestión de tiempo que el propio gobierno federal alemán vuelva a jugar de nuevo
la carta de la energía nuclear en la partida del clima contra la energía. Por
eso se hace política energética a boca llena y política climática con la boca
pequeña. Lo que está en juego no es moco de pavo: el futuro de la humanidad.
Aun
prescindiendo de las limitaciones de las reservas de uranio, aun considerando
despreciable el riesgo de catástrofe en las centrales nucleares y aun pensando
que no hay que preocuparse por el problema del almacenamiento definitivo de los
desechos radioactivos, queda el peligro de la proliferación y de los conflictos
de ella dimanantes. Jugar al va-banque: “Crear uno, dos, muchos Irán”,
es cínico. Lo que anda en juego en la partida final entre clima y energía es
también la paz en el mundo. Por eso es tan urgente apearse del régimen fósil y
subirse a la economía de lo renovable. Y apearse no puede significar subirse al
tren de un régimen nuclear, porque eso podría llevar a una catástrofe. Con 1300
nuevas centrales nucleares de aquí a 2050, nadie puede excluir un nuevo
Chernóbil.