Es verdad que tres
referendos negativos no prueban que una mayoría de europeos sea hostil a
la Unión. Pero también es cierto que la mayoría de los países optaron
por un procedimiento parlamentario para evitar la derrota en un
referendo.
Por Thomas
Ferenczi - Le Monde / La Nación, Chile
Después del doble No de Francia y los Países Bajos al proyecto de
Constitución europea, el rechazo de Irlanda al tratado de Lisboa muestra,
una vez más, que una gran parte de las opiniones públicas desconfía de
Europa.
Por cierto, los pueblos no votaron en contra de la idea europea sino
contra una reforma de las instituciones que estimaban, a lo menos,
incomprensible y, a lo más, peligrosa.
Ello no impide que, más allá del texto que se les presentó, los pueblos
expresaron sobre todo, a juzgar por los debates en las campañas por la
aprobación, su rechazo a Europa tal como ella está o tal como la perciben.
Es verdad que tres referendos negativos no permiten afirmar que una
mayoría de europeos sea ahora hostil a la Unión. Pero sabemos bien que la
mayoría de los países que optaron por un procedimiento parlamentario
quisieron evitar, por temor a una derrota, la prueba de una consulta
popular.
Sabemos también que en todas partes del viejo continente ascienden
fuerzas que cuestionan las orientaciones de la construcción europea.
Olivier Rozenberg, investigador del centro de estudios de la vida
política francesa (Cevipof), recuerda que en Francia el proyecto europeo es
el blanco de cuatro ideologías críticas.
La primera es la eurofobia de la extrema derecha, fundada en la defensa
de un "nacionalismo firme" y el temor a la inmigración e islamización. La
segunda es el soberanismo republicano que, tanto en la derecha como en la
izquierda, defiende a la nación como sitio exclusivo de la democracia. La
tercera es el "localismo ruralista", que combate a Europa en nombre de la
región o de la aldea. Y la cuarta es el "antiliberalismo altermundista", que
recusa la lógica de mercantilización.
Esas corrientes de ideas están igualmente presentes, bajo formas
diversas, en muchos países europeos, donde se conjugan para alimentar la
sospecha respecto de Europa.
No desarrollan el mismo argumento, no obedecen a las mismas convicciones,
no se apoyan sobre la misma visión del mundo, pero si encuentran tanto eco
en una parte de la población, es porque ésta se encuentra desorientada por
la construcción europea y opta por decir No para expresar su malestar.
Destaca la hipótesis del catedrático belga Paul Magnette, convertido hace
seis meses en ministro de Clima y Energía de Bélgica, para quien Europa
padece hoy una incertidumbre. No es ni será jamás un Estado, pero pretende
al mismo tiempo sobrepasar a los Estados.
Alterada su relación con su nación, los ciudadanos deben aprender a
apropiarse de este nuevo tipo de organización.
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